En el oeste de Ucrania, un campamento fuertemente custodiado alberga a hombres que fueron capturados mientras combatían del lado de Rusia.
Bajo la sombra que ofrecen los muros del patio de la prisión, varios de ellos permanecen en cuclillas.
Muchos fueron reclutados en grandes ciudades como San Petersburgo y Ekaterimburgo, a diferencia de los primeros meses de la invasión, cuando predominaban quienes procedían de regiones más remotas y empobrecidas.
Pero no todos los prisioneros son rusos.
Entre ellos hay soldados que nacieron en Ucrania y que terminaron combatiendo en contra de su país natal.
Entrevistar a prisioneros de guerra no es fácil.
Primero, hay que asegurarse de que no están siendo intimidados. Después, hay que valorar con qué grado de franqueza pueden hablar dadas las circunstancias en las que se encuentran.
Pero, sin acceso a las fuerzas militares dentro de Rusia, esta es una oportunidad para entender mejor la dinámica del conflicto y qué motiva a los hombres que luchan en él, incluidos algunos nacidos en Ucrania que combaten del lado ruso.
Ofrecimos a todos la posibilidad de rechazar la entrevista y hablamos solo con quienes aceptaron, lejos de los guardias y sin cámaras.
Además de las entrevistas formales, pude conversar directamente con los prisioneros en ruso, en distintos momentos y lugares.
Anton tenía 10 años cuando su región natal de Donbás, en el este de Ucrania, quedó bajo el control de fuerzas leales a Moscú.
En 2022, cuando Vladimir Putin lanzó la guerra a gran escala, Anton cumplió 18 años y se alistó de inmediato para combatir del lado de Rusia.
“No me arrepiento de mi decisión. Fui a defender mi tierra”, insiste Anton, que asegura que sus amigos también se ofrecieron como voluntarios. “Luego empezaron a llegar los mensajes SMS: muerto, muerto, muerto”.
Otros prisioneros dicen lo mismo: que todos aquellos con los que fueron a la guerra han muerto.
También afirman que cada vez menos personas se ofrecen como voluntarias para reemplazarlos, pese a los grandes bonos de reclutamiento. Esto sugiere que Putin podría tener cada vez más difícil evitar una movilización masiva en su país.
Cuando Ucrania captura a sus propios ciudadanos en el campo de batalla, los procesa por traición.
Pero luego son enviados a campos de prisioneros de guerra junto a los rusos.
Oficialmente, Kyiv sigue considerándolos ucranianos y sostiene que el control ruso de sus territorios es temporal.
Pero sobre el terreno la realidad es más compleja.
“Son muy prorrusos y su identidad nacional es muy difusa”, resume Petro Yatsenko, de la coordinación ucraniana para prisioneros de guerra.
“Un país no significa nada”
Anton, desde luego, no se considera un traidor.
“Me considero ruso. Un país no significa nada, todo tiene que ver con la nacionalidad. Toda mi familia es de Rusia. Todas mis raíces están allá”, asegura.
Cuando le preguntamos por qué tiene un apellido ucraniano, dice que es irrelevante.
Toda una generación nacida en Ucrania ha crecido bajo ocupación rusa, con un sistema escolar ruso y unos medios de comunicación completamente controlados por Moscú.
Tanto el sistema escolar como los medios llevan años insistiendo en que las autoridades de Kyiv son “nazis” e ilegítimas.
Desde la invasión a gran escala, más territorio ha quedado bajo esa misma realidad.
Anton ha asimilado ese discurso y ahora habla casi exclusivamente con consignas rusas.
Se refiere a Putin como “mi presidente” y cree que las fuerzas rusas deberían seguir avanzando para tomar el resto del Donbás, aunque cientos de miles de personas ya han muerto intentándolo.
“Es una lástima que la gente haya muerto, especialmente gente inocente”, afirma Anton. “Pero así es la guerra. Ya podría haberse terminado, pero nadie ha querido hacerlo”.
En el hospital de la prisión, Artiom yace en una cama en una esquina, con el cuerpo lleno de metralla tras apenas dos meses de combate.
Originario de Donetsk, como Anton, también fue a la guerra voluntariamente, no solo por el dinero.
“Tenemos cuentas pendientes”, dice Artiom, recordando cómo su región fue bombardeada en 2014, cuando las fuerzas ucranianas intentaron evitar que se separara de Kyiv.
Su experiencia militar le ha dejado amargura. Afirma que su comandante era “malo” y que nunca recibió su bono de alistamiento de 400.000 rublos (unos US$5.000).
Para añadir más a su dolor, el soldado ruso herido que se encuentra en la cama de enfrente recibió cinco veces más dinero que él.
Todos los prisioneros de guerra nacidos en Ucrania con los que hablamos provienen de zonas que han estado ocupadas por Rusia desde 2014. Casi todos se unieron al ejército ruso de forma voluntaria.
Pero un hombre de la región de Donetsk nos dijo que había sido obligado a combatir.
Mientras hablaba, sus ojos se movían nerviosamente, como si no supiera en quién podía confiar.
Una estimación oficial, que cita un servicio de inteligencia, sugiere que más de 50.000 ucranianos han sido reclutados contra su voluntad en las zonas ocupadas. Otras fuentes elevan la cifra aún más.
Este hombre nos contó que, cuando llegaron los rusos, su familia se quedó allí, no por lealtad política o nacional, sino porque Donetsk era su hogar.
Ahora, su único objetivo es volver con su esposa y sus hijos y evitar regresar al frente.
“Voy a esconderme”, confesó.
Cobertizos y ataudes
Bajo las ventanas del hospital y los muros recién pintados de blanco hay hileras de fresas y pepinos que han sido plantados por los prisioneros.
A pocos metros, el fuerte olor a barniz procedente de un anexo resulta abrumador.
Un funcionario saca de una bolsa cerca de la puerta una manija dorada de plástico. “¿Adivinan qué se hace aquí?”, nos pregunta con una sonrisa.
Ya una vez adentro, me detengo en seco. Los hombres que trabajan allí ensamblan ataúdes de madera.
Me explican que el último contrato que recibió la prisión fue para ensamblar cobertizos de jardín. Este, en cambio, resulta macabro.
Al otro lado del patio, en otro taller, un grupo de prisioneros de guerra fabrica árboles de Navidad artificiales, con adornos que cuelgan de sus máquinas.
Como los que hacen ataúdes, dicen que usan sus salarios para comprar más comida y cigarrillos.
Sergei nació en la ciudad ucraniana de Lugansk, pero dice que es ruso, como sus padres, que se trasladaron al Donbás cuando ambos países formaban parte de la Unión Soviética.
Se unió al ejército ruso hace una década “para defender mi patria”, pero asegura que se retirará cuando regrese a casa, y no volverá al frente. “Ya he cumplido”.
La mayoría no tendrá esa opción.
Junto a Sergei, apilando ramas de plástico, hay un traficante de drogas que se alistó, como muchos otros, “exclusivamente” para evitar una larga condena de prisión.
“Para mí, 15 años de cárcel eran demasiado”, explica Konstantin. “Sé que quizá no lo justifica, pero es un hecho. Ahora tengo 44 años, tendría 60 [luego de 15 años]. No”.
Los vshniki, o soldados convictos, solo son liberados si sobreviven hasta el final de la guerra. En las tropas de asalto, las probabilidades no juegan a su favor.
Tres asesinos convictos nos dijeron que pensaban que quedarían libres tras un año de combate, pero sus contratos fueron renovados automáticamente.
Al plantearle si ha matado a compatriotas en el campo de batalla, Sergei califica la pregunta de “provocadora” y se niega a responder.
“No veo nada bueno en ninguna guerra, y en una guerra como esta no puede haber nada bueno a priori”, responde Konstantin con cautela.
“No digo que seamos lo mismo que los ucranianos, pero somos cercanos. Tenemos familiares allí”.
Aun así, sigue pensando que su decisión de combatir fue la correcta.
Ni él ni Sergei creen que la guerra vaya a terminar pronto. Ambos consideran que Putin no se detendrá hasta controlar todo el Donbás.
“Pero todos los que conozco allí ya están hartos”, afirma Konstantin. “Solo quiero que esto acabe, lo antes posible”.
A la hora de comer, los prisioneros, vestidos con monos azul marino, entran en el comedor con la cabeza gacha y las manos entrelazadas a la espalda.
Mientras comen sopa y estofado, un video titulado “Mitos sobre Crimea” se reproduce en bucle, desmontando la reivindicación de Rusia sobre la supuesta pertenencia histórica de la península que arrebató a Ucrania en 2014, pero nadie parece prestarle la más mínima atención.
Los esfuerzos de reeducación parecen poco entusiastas. Para Kyiv, el objetivo real es utilizar a estos prisioneros como moneda de cambio para repatriar a sus propios soldados. Pero a la hora de negociar las listas de intercambio, los hombres del Donbás resultan ser una prioridad baja para Rusia.
“Este año solo han sido trasladados una docena”, se queja Konstantin. “Parece que no quieren intercambiarnos. Creo que seremos los últimos en salir”.
Información adicional de Anastasia Levchenko
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