Construyendo ideas
El narco ya se sienta en la mesa
Hoy muchos se escandalizan por la incursión del narcotráfico en la política.
En Guatemala estamos cansados de que el narcotráfico y su incursión en la política nos sigan robando la paz, debilitando las instituciones y condicionando el rumbo del país.
El narco no llegó solo. No construyó su poder solo. No convirtió millones en influencia solo.
Buena parte de los retrocesos que padecemos no pueden entenderse sin hablar de corrupción, de instituciones permeables al crimen organizado y de estructuras delictivas que aprendieron a convertir dinero ilícito en influencia y la influencia en poder.
El narcotráfico dejó hace mucho de ser únicamente un problema de drogas, rutas clandestinas o capturas. Cuando el dinero criminal logra acercarse a la política, influir en decisiones o proteger intereses, deja de ser solamente un problema de seguridad.
Se convierte en un problema de Estado.
Porque el narco no llegó solo.
Para construir el poder que hoy nos escandaliza necesitó puertas abiertas, silencios convenientes y demasiada gente dispuesta a no preguntar. Necesitó que el dinero circulara, que las propiedades pudieran comprarse y que fortunas inexplicables dejarán de provocar preguntas.
El narcotráfico puso el dinero. Alguien tuvo que abrir las puertas.
No nos hagamos los sorprendidos. El problema no comenzó cuando aparecieron señalamientos sobre vínculos entre narcotráfico y política. Comenzó mucho antes: cuando ciertos poderes territoriales se volvieron parte del paisaje, cuando el lujo sin explicación dejó de incomodar y cuando resultó más conveniente callar que averiguar.
El silencio también construye poder criminal.
Detrás de cada cargamento hay millones. Y esos millones necesitan convertirse en casas, fincas, vehículos, empresas, negocios, influencia y poder. El narcotráfico no puede construir todo eso escondido en una montaña. Necesita economía formal, operadores, protección y contactos.
Y cuando acumula suficiente poder económico y territorial, tarde o temprano busca poder político.
Por eso quizá hemos formulado mal la pregunta. No deberíamos preguntarnos únicamente cuántos políticos podrían tener relación con el narcotráfico, sino cuántas personas, empresas, funcionarios y estructuras han permitido que el dinero ilícito se transforme en poder.
Porque quien busca comprar influencia necesita encontrar a alguien dispuesto a venderla. Quien busca lavar millones necesita mecanismos para hacerlo. Y quien opera durante años necesita silencio.
No se trata de acusar sin pruebas. Se trata de investigar, seguir el dinero, perseguir el lavado, fiscalizar patrimonios inexplicables, fortalecer la inteligencia financiera y dejar de conformarnos con contar kilos incautados y capturas.
La Policía puede decomisar droga. El Ejército puede interceptar embarcaciones. Los tribunales pueden condenar a narcotraficantes. Todo eso es indispensable.
Pero si el dinero sobrevive, el poder criminal también sobrevive.
Guatemala debe decidir si quiere combatir solo al narcotraficante o también al ecosistema que le permite convertirse en empresario, financista, benefactor, operador y actor de poder.
Perseguir al que transporta la droga mientras nadie toca las estructuras que convierten sus millones en influencia es combatir solo la mitad del problema.
Hoy muchos se escandalizan por la incursión del narcotráfico en la política. A mí me preocupa todavía más que haya quienes apenas descubran algo que Guatemala lleva años viendo frente a sus ojos.
El narco no llegó solo. No construyó su poder solo. No convirtió millones en influencia solo.
Y mientras sigamos mirando únicamente al narcotraficante y no a quienes le abren las puertas, podremos incautar toneladas, capturar capos y celebrar extradiciones.
Pero el negocio seguirá encontrando dónde sentarse.
Porque el narcotráfico no destruye un Estado únicamente cuando lo enfrenta. También lo destruye cuando logra hacer negocios dentro de él.