La buena noticia

Ser para los demás

No dejarse dominar por el egoísmo exige un esfuerzo consciente. Supone proyectar esa vocación social en “el ser para los demás”.

El ser humano posee una profunda vocación social; comparte su vida, su cultura y sus sentimientos desde que nace. Sin embargo, esta realidad coexiste con otra: su naturaleza herida por la imperfección. Esto se refleja en actitudes egoístas, como la búsqueda del interés personal, la indiferencia al sufrimiento ajeno, las injusticias, la violencia, tanto física como moral, entre otras muchas. Frente a esta realidad, afortunadamente, son muchos los que se proponen contrarrestarla, aunque no siempre acierten en el intento.


No dejarse dominar por el egoísmo exige un esfuerzo consciente. Supone proyectar esa vocación social en “el ser para los demás”. Así, la conocida frase “el que no vive para servir, no sirve para vivir” va abriéndose paso en las acciones de la ciudadanía. Esto se observa en las varias instituciones de inspiración secular o religiosa que dedican esfuerzos por mitigar el sufrimiento ajeno; tales son los casos de entidades como Cáritas de Guatemala, Remar Guatemala, El Refugio de la Niñez y World Vision Guatemala, o a nivel mundial, la ONU, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y Médicos sin Fronteras, entre otras.


La ayuda al prójimo no se limita a estas entidades; también a nivel personal encontramos numerosos testimonios. Pensemos en los ciudadanos de distintas condiciones sociales que, sin ser perfectos, se sienten conmovidos por los sufrimientos de otros. Pensemos en las múltiples ayudas que se prestaron ante los terremotos acaecidos en el presente mes en Colombia, Indonesia y Perú, así como frente al devastador deslave e inundación en Nepal. Estas tragedias, que han dejado dolorosas cifras de fallecidos y miles de desplazados, han despertado la asistencia inmediata de ONG, familias y ciudadanos individuales.

Pasar por el mundo haciendo el bien


Asimismo, podemos citar el caso de varios misioneros, tanto religiosos como laicos, que en las últimas décadas han dejado “familia y hogar” para ofrecer su servicio evangelizador en nuestra nación, llegando incluso a donar su vida en algunos casos. Ejemplos de ello son los mártires beatificados en años recientes, así como la de fray Augusto Rafael Ramírez Monasterio, quien será beatificado el próximo 7 de noviembre. Destaca también la labor de los sacerdotes logroñeses que, desde los años 80, llegaron a Guatemala para desempeñar su labor pastoral en la Diócesis de Sololá-Chimaltenango y, desde allí, hacia otras regiones del país. En estos días asistimos a la despedida del último de ellos, tras pasar más de 40 años en esta diócesis: nos referimos al padre Abelardo Pérez Ruiz, quien integró aquel recordado grupo de misioneros junto con los padres Javier Pereda, Ángel María Pascual y Luis Antonio Foncea.


Sin cerrar los ojos a las distintas realidades que hacen sufrir a los pobladores de nuestra nación —tantas veces por omisión de responsabilidades—, y sin pretender canonizar cada uno de los servicios de estas entidades o personas, seculares o religiosas, hemos de reconocer que estos testimonios constituyen un gran ejemplo que nos invita a aprehender lo noble de sus actos. Del mismo modo, esto nos recuerda una feliz verdad: la inagotable capacidad del ser humano de hacer el bien.


Siendo esto una realidad innegable, cabe cuestionarnos: ¿cómo reaccionamos ante el sufrimiento ajeno, ya sea el de los más cercanos o el de aquellos que sufren en tierras lejanas? Todos y cada uno de los ciudadanos estamos invitados a sumar esfuerzos en esta causa; a gastar y donar, si es necesario, nuestra propia vida para aliviar, en parte, los padecimientos del prójimo. Esta es una de las acciones más humanizadoras de las que es capaz una sociedad.

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