BBC NEWS MUNDO

Qué sentí el día que conocí a Ratko Mladić, el fanático militar que luego se convirtió en el “carnicero de Bosnia”

El corresponsal especial de la BBC Allan Little conoció al "carnicero de Bosnia" en los primeros meses de la guerra de los Balcanes de los años 90.

El general Mladić en 1994.

Getty Images

El general serbobosnio Ratko Mladić, apodado el “carnicero de Bosnia” por sus acciones durante las guerras de los Balcanes en la década de 1990, murió en prisión el pasado jueves a los 84 años.

Comandante del ejército serbobosnio durante la guerra de Bosnia (1992-1995), Mladić fue condenado en 2017 a cadena perpetua por genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, incluido su papel en la matanza de más de 8.000 musulmanes bosnios en Srebrenica.

El corresponsal especial de la BBC Allan Little estuvo presente durante toda la desintegración de la antigua Yugoslavia y conoció a Mladić en los primeros meses de la guerra de Bosnia.

A continuación, su relato en primera persona.

Las víctimas de la masacre

Por la noche se podían contemplar las llamas de la limpieza étnica que asolaba el paisaje.

El fuego era la única luz bajo el cielo nocturno y el valle negro centelleaba con destellos anaranjados.

Se podía observar a los hombres de nuestra aldea moverse en silencio entre las sombras de sus casas, cada uno provisto de algún arma antigua rescatada de guerras lejanas que, al igual que los miedos, las sospechas y la desconfianza, se transmitía de generación en generación.

Una mañana vi una procesión de hombres y mujeres que emergían de un bosque.

Habían sido expulsados de sus hogares dos días antes y habían huido con lo poco que pudieron llevar consigo.

La mayoría iba a pie. Algunos viajaban hacinados en la parte trasera de antiguos vehículos agrícolas tirados por burros. Eran quizás 40.000.

Su ciudad natal había caído ante un avance serbio que llegó sin previo aviso.

Entre ellos, un hombre parecía a punto de desmayarse. Se detuvo a hablar con nosotros.

Todo el pueblo había huido, aseguró.

Se había separado de su esposa durante la larga caminata hacia un lugar seguro y ahora temía que ella no hubiera sobrevivido.

Su piel pálida, casi translúcida, se extendía sobre los huesos de su rostro como un pergamino. Su frente tenía un tono azul lívido a causa de una caída.

Le pregunté cuántos años tenía. Dijo que tenía 80.

Y agregué: “¿Puedo preguntarle si es usted croata o musulmán?”.

El recuerdo de aquello me avergüenza incluso ahora, al escuchar en mi mente el eco de su respuesta a través de los años.

“Soy músico”, respondió.

Nuestra pragmática clasificación étnica los reduce a serbios, croatas y musulmanes.

Pero también eran músicos, científicos, médicos, fontaneros, agricultores, madres, padres, hermanos, hermanas y, muy a menudo, niños.

El encuentro con Mladić

Ratko Mladić comparece ante el tribunal de La Haya en 2021, antes del fallo definitivo que confirmó su condena a cadena perpetua por el genocidio de Srebrenica y otros crímenes.
Getty Images
Ratko Mladić ante el tribunal de La Haya en 2021, antes del fallo definitivo que confirmó su condena a cadena perpetua por la masacre de Srebrenica y otros crímenes.

Conocí a Mladić durante aquel primer verano caluroso de la guerra de Bosnia.

Estábamos en el cuartel de Lukavica, en las afueras del sur de Sarajevo. El cuartel estaba cargado de armas y de la amenazante presencia de los paramilitares.

Se podía comprar un Kaláshnikov por US$200 y una granada de mano por tan solo un dólar: el mismo precio, como pronto descubriría, que el de un huevo fresco en la ciudad sitiada.

Le estreché la mano y él me la apretó con fuerza, atrayéndome hacia sí.

Me contó que acababa de regresar del frente, en el centro de Sarajevo, y pude ver que estaba eufórico por la emocionante cercanía de los combates.

Me sostuvo la mano durante varios minutos, me miró fijamente y me dijo que era el gran defensor de la fraternidad y la unidad en la antigua Yugoslavia, y que soñaba con un mundo sin armas ni guerras.

En aquel momento me pareció un fanático, peligrosamente fanático.

El general serbobosnio Ratko Mladić sale de una reunión en el aeropuerto de Sarajevo, Bosnia y Herzegovina, el 13 de abril de 1993. Lleva una gorra militar verde y dorada.
Reuters
Mladić en 1993, en plena guerra de Bosnia.

En los años siguientes, las fuerzas bajo su mando cometieron los peores crímenes de guerra en suelo europeo desde los nazis.

E introdujeron en el lenguaje bélico un nuevo y sombrío eufemismo: la limpieza étnica.

Cometieron asesinatos en masa, exterminios, violaciones masivas y expulsiones forzadas; incendiaron pueblo tras pueblo, todo en nombre de la creación de un territorio serbio étnicamente puro en Croacia y Bosnia.

Finalmente, en Srebrenica, perpetraron un genocidio.

Dos días después de haber conocido al viejo músico en aquel camino embarrado, me vi inmerso en las pasiones de la guerra de una manera personal y, en aquel momento, devastadora.

Mi camarógrafo, Tihomir Tunukovic, a quien conocía y con quien había trabajado durante los últimos 18 meses, murió a manos de un artillero serbio apostado en una cresta sobre la carretera por la que circulaba.

Nos habíamos despedido esa misma mañana. Tenía 25 años y era un talentoso y ambicioso joven cineasta de Zagreb.

Trasladamos su cuerpo por los senderos montañosos llenos de baches hasta la ciudad costera de Split. Su funeral nos rompió el corazón.

El dolor nos conectaba con los sentimientos de la guerra —el impulso de la venganza y la represalia— que caracterizaban lo que presenciábamos.

El general Mladić no apretó el gatillo, pero su mando creó una atmósfera de temeraria permisividad que costó decenas de miles de vidas.

ESCRITO POR: