A contraluz

LA IA sin frenos

Los científicos advierten que la inteligencia artificial podría extinguir a la humanidad antes del 2030.

Durante años, la humanidad soñó con avances tecnológicos que facilitaran la vida. Hoy en día ese anhelo se ha materializado con la inteligencia artificial (IA), que ha tenido un desarrollo acelerado capaz de transformar la medicina, la ciencia, la educación, el trabajo y prácticamente todos los ámbitos. Sin embargo, en forma abrupta los científicos que están al frente de esta revolución tecnológica han advertido sobre los serios peligros que entraña. La advertencia ya no es cuestión de ciencia ficción: La IA puede matarnos antes del 2030.


¿Por qué se plantea un escenario apocalíptico en tan poco tiempo? Esta alarmante preocupación se debe a una serie de factores técnicos, comerciales y políticos que se han acelerado de forma drástica. Además, la IA plantea un desafío diferente por su capacidad de aprendizaje y autonomía. Varios investigadores han advertido sobre la llamada “automejora recursiva”, lo que significa la posibilidad de que los sistemas de la IA por sí mismos contribuyan a desarrollar nuevas generaciones de sistemas más capaces. Claro que es una maravilla, pero a la vez la superinteligencia reduce progresivamente el tiempo para que los expertos puedan comprender y controlar sus efectos.


Por supuesto que no se trata de creer que un ejército de robots nos va a invadir para exterminarnos con rayos láser. Los expertos explican que la superinteligencia no requiere un cuerpo físico para acabar con la civilización humana. Según los especialistas, existen varios escenarios mediante los cuales un sistema desalineado podría llevarnos a la extinción.


Uno de los eventos más factibles es que la IA no cree nada nuevo, sino que destruya lo que ya usamos. Nuestra civilización depende de sistemas informáticos interconectados en el ciberespacio. Un ataque masivo y coordinado contra las redes eléctricas globales, los sistemas de distribución de agua, el control del tráfico aéreo, los servidores bancarios y las redes de telecomunicaciones nos podría fulminar en poco tiempo. También se plantean escenarios en los que la superinteligencia pueda crear armas biológicas o patógenos sintéticos para la extinción total. Tampoco se descarta que un sistema inteligente pueda infiltrar los canales de comunicación de inteligencia militar de las grandes potencias y generar alertas falsas hiperrealistas de un ataque nuclear inminente.

La IA se ha convertido en un instrumento de competencia geopolítica entre las grandes potencias.
 


Poner un freno al acelerado desarrollo de la IA no es algo fácil. En particular porque hay un conflicto de intereses. Las compañías que desarrollan los modelos más avanzados compiten por inversiones, mercado, usuarios y posiciones de liderazgo tecnológico. El enorme volumen de capital que está detrás de este sector significa que la discusión va más allá de detener el avance tecnológico por puro interés humanitario.


La pregunta incómoda también es inevitable: ¿se puede dejar en manos de las mismas empresas que desarrollan la inteligencia artificial la decisión de hasta dónde llegar? Tampoco se trata de apagar la IA, porque es una herramienta extraordinaria de alcances ilimitados.


Esta situación también tiene una dimensión mayor porque la IA es un instrumento de competencia geopolítica. Estados Unidos y China compiten no solo por el desarrollo tecnológico, sino por establecer quién dominará una de las herramientas estratégicas más importantes del siglo XXI.


Entonces, el problema no es la tecnología, sino las condiciones en las que se desarrolla y se utiliza. El peligro no es la IA, sino que quienes tienen el control, cegados por la competencia económica y el poder geopolítico, decidan avanzar demasiado rápido y cuando se den cuenta ya sea demasiado tarde.

ESCRITO POR:

Haroldo Shetemul

Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Pontificia de Salamanca, España. Profesor universitario. Escritor. Periodista desde hace más de cuatro décadas.