Imagen es percepción
Violencia desatada; y ahora, ¿cuál es la excusa?
Cada día, miles de guatemaltecos salen de casa sin saber si volverán. El gobierno, totalmente desconectado de esta situación.
Son las cinco y media de la mañana y, en una parada de la calzada Roosevelt, una mujer esconde el celular entre la ropa. Lleva el pasaje contado y un billete doblado dentro del zapato, por si acaso. Sabe que en cualquier momento pueden subir dos muchachos, sacar una pistola y recorrer el pasillo pidiendo todo. Sabe también que, si alguien se resiste, ese bus puede terminar en la página de sucesos. No es paranoia. Es la rutina de miles de guatemaltecos que cada día salen a trabajar sin la certeza de volver.
Así se vive hoy en Guatemala. El piloto que paga extorsión para poder trabajar su ruta. La tienda de barrio que baja la persiana antes de que oscurezca. El padre que no deja salir a sus hijos después de las seis. El joven que aprendió a caminar sin mirar a nadie a los ojos. Cada moto con dos pasajeros que se acerca despacio provoca el mismo reflejo: apretar la mochila y contener la respiración.
Lo ocurrido el domingo en Huité, Zacapa, confirmó que el miedo ya no es asunto solo de la capital. Hombres fuertemente armados entraron a un pueblo y dejaron siete muertos, entre ellos, una menor de edad. Durante unas horas, la autoridad fue de ellos. Cuando un grupo criminal puede hacer eso, la discusión deja de ser policial y se vuelve elemental: ¿quién manda en Guatemala?
Frente a esto, la respuesta oficial suena cada vez más lejana. Se anuncian operativos, se muestran fotos de capturas y se promete que ahora sí. Pero el ciudadano no vive en las conferencias de prensa; vive en la parada, en el mercado, en la colonia donde las maras cobran “renta” y nadie llega cuando se marca al 110. Peor todavía, la propia Policía admitió que buena parte de los detenidos por asaltos en motocicleta ya recuperó su libertad. El mensaje que baja a la calle es devastador: en Guatemala, delinquir sale barato y denunciar sale caro.
El peor evaluado de América Latina. ¿Por qué será, presidente? En Guatemala, delinquir sale barato y denunciar sale caro.
Al otro lado de la frontera, la historia es distinta. Hace una década, El Salvador era sinónimo de pandillas y funerales. Hoy promociona sus playas, atrae turistas y conversa con inversionistas que antes ni lo consideraban. Se puede y se debe discutir el costo que ese modelo ha tenido para las libertades y el debido proceso. Pero su gente recuperó algo que aquí se perdió: la sensación de que la calle vuelve a ser suya. Guatemala, mientras tanto, exporta miedo. Ningún turista elige un destino donde asaltan buses, y ningún inversionista instala una planta donde el primer socio es el extorsionista.
Bernardo Arévalo llegó a la Presidencia con un enorme capital de esperanza. Durante más de dos años tuvo a mano una explicación para casi todo. Con Consuelo Porras al frente del Ministerio Público, decía, era imposible avanzar contra la corrupción y el crimen. Muchos le creyeron. Pero en mayo esa etapa terminó y el propio mandatario nombró a un nuevo fiscal general. El obstáculo que justificaba la parálisis ya no existe. Entonces, ¿cuál es ahora el pretexto?
Los ciudadanos ya respondieron. La medición de septiembre de CB Global Data lo colocó en el último lugar entre 18 presidentes de América Latina, con dos de cada tres guatemaltecos opinando mal de él. No es una campaña de la oposición ni un ataque en redes. Es el veredicto de quien se sube cada día al bus y no ve a un solo agente, de quien denuncia una extorsión y nunca recibe respuesta, de quien ve salir libres a los mismos que lo asaltaron.
El gobernante que prometió una nueva primavera administra hoy un invierno de miedo. Al guatemalteco ya no le interesan planes con nombres sonoros ni anuncios oficiales. Quiere subirse al bus sin esconder el celular. Quiere que sus hijos regresen a casa. Quiere, en fin, un Estado que actúe. Arévalo ya no tiene a quién culpar. O trabaja o que renuncie.