Nota bene

¿Hacen el bien las empresas privadas?

La empresarialidad cumple una función social relevante

Persisten los prejuicios sobre el rol que juegan las empresas en la sociedad, a pesar de que, hace 89 años, el premio Nobel de Economía Ronald Coase nos explicó qué son y cómo funcionan, en su artículo “La naturaleza de la empresa”. La empresa se forma para reducir los costos de transacción involucrados en la búsqueda de colaboradores, clientes, proveedores y aliados comerciales, explicó Coase. Él definió la empresa como un sistema de coordinación jerárquica que suplanta los contratos de mercado y el sistema de precios, con una coordinación dirigida por el emprendedor-coordinador. Es más barato organizar estas actividades internamente que depender de contratos y transacciones en cada paso. Dentro de la empresa, el emprendedor-coordinador puede dirigir la asignación de recursos según su visión particular. La empresa convierte a los dueños del capital, a los gerentes y a los empleados en colaboradores, no rivales.


La empresa es una comunidad de personas. No se emprende en solitario. Los miembros del grupo se potencian unos a otros cuando el ambiente dentro del negocio es de mutuo respeto.


La imagen que pinta Coase nos permite apreciar lo mucho que las empresas contribuyen a la cooperación entre personas con talentos variados, y al manejo eficiente de los recursos escasos disponibles a la sociedad. Pero los negocios hacen más que eso. En la carta que el arzobispo de Santiago de Chile, cardenal Fernando Chomali, dirigió a los empresarios en agosto de este año, con el significativo subtítulo “La empresa promotora del bien común”, él afirma que las empresas privadas son fuente de desarrollo. Sirven a los clientes, crean riqueza, innovan, generan empleos, pagan impuestos y más. Su principal contribución a la sociedad es cumplir con excelencia las tareas para las cuales fueron diseñadas.

Podemos vivir la empresarialidad como vocación.


La prosperidad es esencial para el bienestar de la persona y la sociedad, y resulta del trabajo de personas laboriosas, honestas, valientes, ordenadas y prudentes, quienes se esfuerzan por sacar adelante los emprendimientos. Un buen trabajador mejora su condición sirviendo, no lastimando a otros. Los empresarios hacen como las campanas, “dan, dan, dan…”, repetía mi abuelo. El mercado premia a los que identifican y satisfacen la necesidad ajena, y están pendientes de los clientes, proveedores y compañeros de trabajo en su medio.


Algunos individuos desprestigian la labor empresarial. Hay elementos avaros, codiciosos, egoístas, ensimismados, haraganes, mentirosos y traicioneros. Pero en todos los ámbitos de la vida humana podemos encontrar personas faltas de ética. El hecho es que los mercados libres desalientan la práctica habitual de acciones viciosas, ya que una buena reputación es importante para afianzar las relaciones comerciales.


El trabajo dentro de la empresa se vive como un llamado o una vocación. En otras palabras, cobra un significado más allá de sus características materiales. Podemos vincular nuestro diario quehacer a elevados ideales, y a través de él, nos vamos perfeccionando. El cocinero de McDonald’s, el contador, el gerente y el artista que cumplen a cabalidad con sus responsabilidades completan su misión. Monseñor Chomali exhorta a nuevos emprendedores que recién empiezan un negocio a establecer, desde un principio, una cultura “auténticamente humana” dentro de sus respectivos negocios, una cultura respetuosa de la dignidad de cada colaborador. Otra forma de expresar esta idea es que todo trabajo legítimo tiene un valor intrínseco de cara a Dios; todos estamos llamados a servir a Dios en distintas maneras. El trabajo empresarial no es la excepción.

ESCRITO POR:

Carroll Ríos de Rodríguez

Miembro del Consejo Directivo del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES). Presidente del Instituto Fe y Libertad (IFYL). Catedrática de la Universidad Francisco Marroquín (UFM).