Meta humanos

Que valga la pena nacer aquí

Una forma de medir el amor que sentimos por nuestro país es preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer por quienes todavía no han llegado.

Hay momentos en la vida en los que el futuro deja de ser una palabra abstracta y adquiere un rostro. La llegada de una nueva vida nos obliga a mirar adelante de otra manera. De pronto, preguntas que durante años parecieron demasiado grandes, como qué país queremos, qué sociedad estamos construyendo y qué significa vivir con dignidad, dejan de pertenecer solamente a los discursos y se convierten en preguntas personales. Porque, cuando una nueva vida está por nacer, uno ya no piensa solamente en el mundo que existe.


Y entonces aparece una pregunta inevitable: ¿qué Guatemala quiero que conozca mi hija?


Las nuevas generaciones no deberían recibir nuestras desigualdades como una herencia inevitable. Tampoco deberían acostumbrarse a instituciones débiles, servicios públicos insuficientes, violencia, corrupción o a esa frase que tantas veces escuchamos: “Las cosas son así”. Un país también se construye cuando una generación decide no transmitirle sus resignaciones a la siguiente.


Por eso, hablar del futuro de Guatemala no debería ser un ejercicio de ingenuidad. La esperanza no consiste en cerrar los ojos frente a lo que está mal; consiste en mirarlo con suficiente honestidad para decidir que no tiene por qué permanecer así.


Quizá necesitamos recuperar ideas que alguna vez parecieron sencillas, como que Guatemala puede ser un proyecto colectivo. Que las instituciones pueden funcionar. Que la justicia puede ser independiente. Que la educación puede abrir caminos. Que la democracia puede significar mucho más que elecciones. Que el desarrollo puede medirse también por la posibilidad de que una niña crezca segura, educada, libre y capaz de elegir la vida que quiere construir independientemente del contexto en donde nació.


Ese es, para mí, el verdadero sueño guatemalteco: no tener que abandonar el país para encontrar oportunidades, sino conseguir que las oportunidades también puedan encontrarse aquí.


No se trata de construir una Guatemala perfecta —ningún país lo es—, sino una Guatemala que siga siendo capaz de transformarse, de corregirse y de ofrecerle a cada nueva generación más posibilidades de las que tuvo la anterior.

Hablar del futuro de Guatemala no debería ser un ejercicio de ingenuidad.


No sé cómo será Guatemala cuando mi hija sea adulta. Nadie puede saberlo. Pero sí sé qué quisiera que encontrara: una Guatemala que comprendió que cada generación tiene una responsabilidad con quienes todavía no pueden hablar, votar ni reclamar sus derechos.


Quisiera que algún día pueda mirar atrás y descubrir que quienes estuvimos antes que ella no fuimos perfectos, pero sí tuvimos el valor de construir algo mejor de lo que recibimos.


Una forma de medir el amor que sentimos por nuestro país es preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer por quienes todavía no han llegado.


Mi hija todavía no conoce Guatemala. Todavía no conoce sus paisajes, sus contradicciones ni sus heridas. Todavía no sabe cuánto puede doler este país ni cuánto puede enamorar, pero pronto abrirá los ojos y será parte de él. Y entonces esta reflexión dejará de ser solamente una idea: tendrá nombre.

ESCRITO POR:

Meybel Amaya

Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales, con especialización en Migración, Abogacía Comunitaria. Además, formación en Gobierno Abierto y Derechos Humanos

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