Registro akásico

De chairos a perroflautas

Nuevos calificativos de grupos con análisis y demandas irreales

La ciencia política ha descendido a lo jocoso, reflejo de la decadencia ideológica. Las discusiones del siglo pasado utilizaban los epítetos de populismo e izquierdismo para referir endebles posiciones de reforma social. Las pretensiones de los políticos de beneficiar a la población con el empleo público eran calificadas como populismo. Mientras el izquierdismo consistía en hacer caso omiso de las dificultades de controlar la corrupción e ineficiencia en las empresas públicas.

Teorías conspirativas y condenas sesgadas no ayudan a la formación de ciudadanía responsable.

Con la disolución de la URSS, quedó un remanente sentimental e intransigente. Centrado en el rechazo al afán de lucro y la actuación gubernamental. Anclados en las modas de los años 60 del siglo pasado, fueron calificados como chairos, primero en Perú. Luego, en la Ciudad de México, alcanzó popularidad el epíteto. El chairo era el izquierdoso, no izquierdista. Repetía algunas ideas de los regímenes socialistas del siglo XX y despreciaba la modernización. Era fácil obtener su voto, con llamar a la solidaridad con Maduro, y necesitaba de la continuación de una dicotomía mundial como en la Guerra Fría. Le viene bien odiar a Trump, pero no a Putin; odia a Israel, pero no al terrorismo fundamentalista. No tiene capacidad de concebir economías de transición cuando hay agotamiento de los modelos de gestión de partido único, mucho menos de modificación en los regímenes políticos con excesivo control de la oposición.

Una nueva etiqueta ha surgido en situaciones recientes. Referidas al activista, subvencionado por muchos canales de oenegés, que le permite dedicarse a tiempo completo en acampadas en plazas públicas. También exigen ingresos sin ninguna contraprestación, denominados renta universal. Ahora, especialmente en Madrid y otras ciudades, hay una agrupación en la Puerta del Sol, donde los acampados desean que les otorguen apartamentos gratis. Obvio, el partido de gobierno, interesado en votos en próxima elecciones, ha declarado aceptar la demanda, a pesar de ocho años de inactividad en ese asunto. A estos peticionarios se les llama perroflautas. El calificativo evoca al primer naipe del tarot. Aunque se llama el loco, se trata de un joven observando el cielo, acompañado de un perro faldero llamando su atención, cuando camina desentendido al precipicio. Aparte de esta relación, otros afirman que se refiere al músico callejero en las ciudades españolas, casi siempre acompañados por un perrito.

El calificativo vendría bien a alguna autoridad de la banca central y la mayoría de diputados. Estos perroflautas hacen crecer el Presupuesto sin medida ni control, además de la deuda pública. Autorizan la emisión de bonos del tesoro sin posibilidad de adquisición por la ciudadanía. Es más, los subastan en el extranjero, para obtener fondos para pagos por servicios administrativos. Mientras tanto, vociferan apoyando el buenismo, como base para otorgar rebajas a los dueños de varios automóviles. Mientras tanto, se desentienden del transporte colectivo y de mercancías. El crecimiento de la burocracia sin contrapartida en los servicios ni obras públicas está claro. Véase el deterioro de la educación pública, como prueba.

Estamos lejos de la crítica política de inicios del siglo XX, cuando Lenín (1870-1924) escribió La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, para burlarse de las posiciones sectarias donde se abusaba del purismo contra cualquier inclinación democrática. No se valoraba la lucha por el Estado de derecho. Se defendía la infalibilidad de la dirigencia y la represión a los disidentes. A pesar de ser tiempos pasados, enseña la necesidad de ser crítico.

ESCRITO POR:

Antonio Mosquera Aguilar

Doctor en Dinámica Humana por la Universidad Mariano Gálvez. Asesor jurídico de los refugiados guatemaltecos en México durante el enfrentamiento armado. Profesor de Universidad Regional y Universidad Galileo.