De mis notas

El país del “ya mero”

Tranquilos. Los molinos del Señor muelen lentamente, pero muy fino.

En Guatemala hemos perfeccionado un túnel del tiempo: el “ya mero”. Una ley ya mero se aprueba. El reglamento ya mero sale. La carretera ya mero se licita. El puente ya mero se repara, aunque el río no exista. La institución ya mero comienza a funcionar. Tengamos paciencia: ya merito…


Nuestro “ya mero” puede durar meses, años y gobiernos enteros. Y no se trata únicamente de incapacidad para ejecutar. El problema empieza mucho antes. Hay reformas indispensables atrapadas en el Congreso porque no hay acuerdos, porque chocan con intereses bien atrincherados o porque no ofrecen suficiente rédito electoral. En ese juego, la urgencia suele llegar de último. Los privilegios tienen bancada, operadores y tiempo; el país espera.


Cuando finalmente se aprueban, quemamos cohetes como si el trabajo hubiera terminado. Pero entonces comienza la segunda parte del “ya mero”. Falta el reglamento. Falta integrar el directorio. Falta personal. Falta presupuesto. Falta diseñar procedimientos. Y, ad infinitum, entre publicar una ley y verla funcionar puede existir un abismo politiquero y clientelar.


La realidad acaba de ofrecernos un ejemplo: la Ley de Infraestructura Vial Prioritaria. Creó la Dipp y estableció plazos para echarla a andar. ¡Magnífico! Solo que faltaba un pequeño detalle: hacerla funcionar. El reglamento lleva cerca de 11 meses de atraso y la Dipp continúa sin estructura administrativa para operar. La Presidencia asegura que está en “revisión jurídica y atendiendo observaciones”. Es decir: ya mero.

Entre aprobar y ejecutar puede caber una eternidad.


Al encontrar ese caso me puse a revisar si era una excepción. Distintas instituciones han señalado reformas necesarias para elevar productividad, inversión y crecimiento. El Banco de Guatemala identificó 13: 10 ya cuentan con aprobación legislativa y tres están pendientes. Algunas están vigentes; otras atraviesan reglamentación, desarrollo institucional o implementación. Las tres pendientes son contrataciones públicas, mercado secundario de valores y medios de pago electrónicos. Así pues, tenemos dos variedades del mismo fenómeno: unas están en el “ya mero” de aprobarse y otras en el “ya mero” de funcionar.


Aprobar un presupuesto no construye una carretera. Crear una dirección no repara puentes. Aprobar una ley de puertos no moderniza un puerto. Crear una superintendencia no garantiza que funcione. Y anunciar miles de millones para infraestructura no sirve de nada si el dinero y los proyectos continúan atrapados en el papel de la burrocracia electorera.


Mientras discutimos, reglamentamos, integramos comisiones y buscamos consensos, el tiempo sigue corriendo. Y cuesta caro. Una carretera que no se construye encarece el transporte. Un puerto ineficiente resta competitividad. Una obra postergada suele costar más. Alooo, estadio Mateo Flores y aeropuerto de San José, ya convertidos en el dedo acusatorio preferido de esta columna.


Nuestro problema no es la falta de diagnósticos. Diagnósticos tenemos de sobra. Debemos aprender a decidir, implementar y ejecutar. Tres verbos sencillos difíciles de conjugar con nuestra realidad politiquera. Porque un país no se desarrolla con buenas intenciones, decretos publicados ni conferencias de prensa. Se desarrolla cuando aquello que era necesario hacer finalmente se hace. Y preferiblemente antes de que el eterno “ya mero” se convierta, otra vez, en “demasiado tarde”.


Cuesta creer eso de que “nunca es tarde” con tantos “ya meros”.

ESCRITO POR:

Alfred Kaltschmitt

Licenciado en Periodismo, Ph.D. en Investigación Social. Ha sido columnista de Prensa Libre por 28 años. Ha dirigido varios medios radiales y televisivos. Decano fundador de la Universidad Panamericana.