De mis notas
El precio de la vida
Guatemala registró 3,138 homicidios en 2025. Según el Cien, solo el 7% llegó a acusación o sentencia.
El asesinato del abogado Juan Francisco Solórzano Foppa nos recuerda, con el negro color del luto, la tragedia del desprecio por la vida humana. Morir por causas naturales es parte de nuestra existencia. Pero la muerte violenta, que arrebata súbitamente y con saña la vida de un ser humano por motivos perversos, golpea profundamente la conciencia. El olor a azufre e infierno a todo color. El demonio hecho pólvora, sangre y bala. La inconsciencia absoluta del valor de la vida humana.
La violación del mandamiento “no matarás” tiene un fundamento profundo: el respeto a la vida. Porque la vida es un obsequio del Creador, y quien la arrebata con saña, con el Creador se mete. Por eso, más allá de su origen religioso, es también un mandamiento elemental de convivencia humana.
Tenemos demasiada inconsciencia de esa elemental obligación deambulando por las calles del país. Las cifras nos estrellan contra una realidad que asusta. Durante 2025 se registraron tres mil 138 homicidios en Guatemala: más de ocho vidas arrebatadas diariamente. Según un análisis del Cien, entre 2018 y 2025, apenas el 7 % de las salidas procesales por homicidio simple y calificado correspondió a acusaciones o sentencias. El restante 93% no tuvo esos resultados. ¡Vaya manera de combatir la impunidad! ¿Cómo no va a haber impunidad si el castigo es tan incierto?
Como advierte la Cámara Guatemalteca de Periodismo en su comunicado sobre este crimen, “la violencia y la impunidad cobran un precio devastador para Guatemala: destruyen el tejido social, paralizan el desarrollo y someten a la sociedad al miedo constante”.
Cuando la impunidad vuelve incierto el castigo, la vida humana pierde valor.
Esta situación demuestra el desafío que enfrenta Guatemala porque es el sistema entero el que anda mal. Faltan fiscales que investiguen eficazmente, jueces que resuelvan conforme a derecho y policías que prevengan. Es un sistema circular que ahorca todo porque, cuando no existe certeza del castigo, el crimen paga, se repite y hace metástasis.
Un país como Guatemala necesita salir de este Estado semifallido donde, con mucha dificultad, operan los poderes republicanos. Cada uno tiene profundas grietas de ineficiencia, corrupción, despilfarro y desorden. Cuando los elementos más importantes de la República no cumplen a cabalidad su función, el Estado opera a medias. Y cuando a medias opera, lo que produce es un caos a medias permanente. Como este de la inseguridad, la violencia y el asesinato de ciudadanos.
La realidad está a la vista: presidios repletos de presos con procesos inconclusos, mareros operando a todo vapor con su industria de extorsión y sicariato, una Policía Nacional Civil vulnerable a la penetración del crimen organizado y un Congreso incapaz de impulsar soluciones idóneas y factibles. Mientras tanto, la bancada Raíces propone un estado de excepción focalizado. Otra curita para una enfermedad que exige cirugía mayor. Ninguna medida extraordinaria sustituye la obligación de prevenir, investigar y juzgar.
El asesinato de Foppa y el de Gustavo Adolfo Aguilar Gamarro, q. e. p. d., no pueden convertirse en dos expedientes más destinados a engrosar las estadísticas de impunidad. Hay que esclarecer ambos crímenes y llevar a sus responsables ante la justicia. No basta con condenar públicamente la violencia mientras sus causas permanecen intactas.
Algún día viviremos en paz.