Meta humanos
Momento de activar la empatía
La verdadera justicia no termina cuando se abre una puerta. También exige reparar el daño que se haya causado.
Hoy quiero escribir desde lo más profundo de mi corazón, porque la historia de los hermanos Choc Toz me ha dejado un nudo en la garganta.
Dos hermanos indígenas, dos hombres humildes, dos hijos de esta tierra que un día salieron de su pueblo en Alta Verapaz y llegaron a la Ciudad de Guatemala cargando una maleta que seguramente no llevaba muchas cosas materiales, pero sí estaba llena de sueños, esperanzas y ganas de salir adelante. No vinieron a pedir limosna. No vinieron a quitarle nada a nadie. Vinieron a trabajar.
Y entonces llegó ese día que jamás olvidarán. De pronto, aquellos muchachos que habían salido a trabajar terminaron detenidos, señalados públicamente por un crimen terrible.
Imaginen por un momento el miedo. Imaginen querer explicar su inocencia y sentir que nadie los escucha. Pero lo que más me partió el alma fue ver aquella imagen. Dos hermanos de rodillas, inclinados hasta tocar el suelo, abrazados a su fe en medio de la desesperación. No sé qué palabras le dijeron a Dios en ese momento. Quizás le pidieron que los ayudara. Pero estoy segura de algo: ningún ser humano debería tener que vivir semejante angustia por un delito que no se le ha demostrado.
Hoy los hermanos Choc Toz han recuperado su libertad, según las noticias difundidas. Pero yo me pregunto: ¿quién les devuelve la tranquilidad? ¿Quién les borra de la memoria el miedo de aquella detención? ¿Quién les devuelve la dignidad después de haber sido expuestos públicamente como sospechosos de un asesinato? ¿Quién consuela a sus familias por las horas de angustia? ¿Quién les garantiza que mañana podrán salir nuevamente a repartir comida sin sentir miedo cuando una patrulla se acerque?
¿Quién les devuelve la dignidad después de haber sido expuestos públicamente como sospechosos de un asesinato?
Ser indígena no es motivo de sospecha. Ser pobre no es un delito. Hablar una lengua maya no hace a nadie menos guatemalteco. Y vestir humildemente jamás debería valer menos que vestir de traje y corbata.
No estoy diciendo que la muerte de las víctimas de este terrible crimen deba quedar impune. Al contrario. Sus familias también merecen verdad, justicia y respuestas.
Pero precisamente por respeto a quienes perdieron la vida, las investigaciones deben ser serias, transparentes y basadas en pruebas, no en la necesidad de presentar culpables ante las cámaras. Si hubo abusos, si se fabricaron pruebas o se cometieron irregularidades, que se investiguen y que los responsables respondan ante la justicia.
Hoy, al ver a estos dos hermanos inclinados en el suelo, pienso que quizás llegaron a la capital buscando una vida mejor y terminaron conociendo uno de los rostros más dolorosos de nuestro país. Qué duro es ser pobre y tener que luchar no solamente por el pan de cada día, sino también por demostrar que uno merece respeto.
Le pido a Dios que sane sus corazones, que abrace a sus familias, que les devuelva la paz y que nunca permita que esta experiencia les robe la fe ni las ganas de seguir adelante. Y ojalá que algún día estos hermanos puedan mirar hacia atrás sin sentir miedo, y recordar que, cuando todo parecía perdido, hubo un pueblo que no los dejó solos.
Hoy están libres. Pero la verdadera justicia no termina cuando se abre una puerta. También exige reparar el daño que se haya causado. Que esta historia no se nos olvide mañana, cuando aparezca otra noticia. Porque hoy fueron ellos. Mañana podría ser uno de nuestros hijos. Uno de nuestros hermanos. O alguien que amamos con toda el alma.