Godot ha llegado
La política exterior pasa factura
La política exterior del gobierno de Donald Trump tendrá un efecto en las próximas elecciones de medio término del 3 de noviembre.
Las elecciones de medio término son una prueba del gobierno de turno y se miden contra el mandato bajo el cual este fue electo. Temas como la economía, la seguridad, el empleo y la salud suelen ser los dominantes, mientras que la política exterior rarísima vez asume un rol de protagonismo con los votantes, pero cuando lo hace es porque sus efectos son inmediatos.
En el caso de Los Estados Unidos, la última vez que la política exterior pasó factura en las urnas fue en las elecciones de medio término del 2006, con George W. Bush. El cambio de una política exterior realista y estratégica de llevarse la guerra contra el terrorismo de su primer período (2001–2025) bajo el entonces secretario de Estado, Colin Powell, cambió radicalmente para su segundo período (2025–2029) con la nueva secretaria de Estado, Condoleezza Rice. En este período, miles de millones de dólares se gastaron en el ya demostrado fallido e idealista objetivo de “State Building”, que se puede entender como la construcción de repúblicas democráticas en países como Irak y Afganistán.
Veinte años después, la política exterior está por pasarle una factura muy alta a Donald Trump. Según un sondeo de Reuters/Ipsos citado por Reuters, el 78% de los estadounidenses atribuye a las políticas de Trump el aumento de los precios por encima de sus ingresos. La guerra contra Irán, emprendida junto con Israel, ha encarecido la energía, mientras la ofensiva arancelaria presiona los costos de los bienes importados. Para muchas familias, la política exterior ya no es una discusión distante: aparece al llenar el tanque o hacer el súper.
El electorado puede convertir la factura económica en sanción política.
Trump llegó al poder prometiendo evitar nuevas guerras y aliviar el costo de vida. La prolongación del conflicto iraní choca con ambas promesas. El presidente sostiene que los sacrificios son necesarios para impedir que Irán desarrolle armas nucleares; pero esa justificación pierde fuerza cuando los consumidores no perciben beneficios concretos y sí facturas más altas. Los aranceles agravan el dilema. La Casa Blanca los presenta como herramientas para proteger la producción nacional y negociar desde una posición de fuerza. Sin embargo, sus costos pueden trasladarse a empresas y consumidores, debilitando la promesa de productos más asequibles. En una elección dominada por la economía, las decisiones de Washington se reflejan en los precios cotidianos. El malestar por los precios amplía el riesgo y no hace falta seguir los detalles diplomáticos para identificar quién gobierna cuando sube la gasolina.
Esta inquietud también se percibe dentro del Partido Republicano. Algunos candidatos se han distanciado de Trump por la guerra y los conflictos comerciales. En distritos competitivos, defender cada decisión presidencial puede ser menos rentable que marcar diferencias y hablar de asuntos locales. Trump necesita movilizar a su base, pero su protagonismo puede perjudicar a candidatos que buscan defender el bolsillo de sus electores. Una derrota republicana limitaría la agenda interna de Trump, aunque no necesariamente su margen de maniobra exterior. El Congreso puede fiscalizar y bloquear iniciativas, pero no siempre frenar las decisiones presidenciales en política exterior.
En el caso actual resulta imposible separar indefinidamente su estrategia mundial de las consecuencias que soportan sus ciudadanos. Cuando la promesa de fortaleza internacional coincide con gasolina cara y alimentos costosos, el electorado puede convertir la factura económica en sanción política. Para los republicanos, el 3 de noviembre será una prueba de cuánto cuesta, en votos, la política exterior de Trump. ¡Feliz domingo!