Nota bene
Dañino prejuicio contra el mercado
En defensa del individualismo metodológico
¿Conoce a personas que desaprueban de la economía? Quisieran desaparecer la disciplina académica y, si fuera posible, las actividades mundanas que implican industria, intercambio, comercio y dinero. En el fondo, asumen que quienes pueblan los mercados se aprovechan despiadadamente de los demás, sin ponderar las ramificaciones éticas de sus actos. Quienes estudian los mercados son tenidos por apologistas de estas conductas cuestionables.
Ellos parten de un diagnóstico equivocado y peligroso. Por un lado, los experimentos sociales que intentan erradicar los mercados, como el totalitarismo comunista, fracasan siempre. Los seres humanos espontáneamente recurren a la producción y al intercambio para sostener sus vidas y prosperar. Es utópico pensar en un mundo sin actividad económica, o en una economía divorciada del mercado. Además, dado que todos somos partícipes de los mercados en una u otra medida, es irracional sostener que la avaricia y el egoísmo es nuestra motivación generalizada.
Sí existen personas que priorizan su propio interés a costa de los demás y que sienten poca empatía. Operan en modo de “sálvese quien pueda”, como si fueran seres aislados. Tratan a otros como instrumentos o estorbos. El egoísmo es un vicio: es un amor propio desordenado que deforma las relaciones con los demás y con Dios. Sin embargo, no se combate este mal reprimiendo la actividad económica, pues egoístas pueblan las esferas políticas y sociales, no solo los mercados. El egoísmo no es la gasolina del motor económico.
El egoísmo no mueve al mercado.
De hecho, en el mercado suelen triunfar los empresarios que identifican las necesidades ajenas y sirven a los demás. Forman equipos, se comunican constructivamente, negocian escenarios de gana-gana, y buscan la excelencia. Son empáticos, respetuosos, confiables, puntuales, solidarios, comprometidos y honrados. Se saben individuos, porque son singulares, independientes e indivisibles, pero también se saben parte de una especie, de una empresa, de una familia, de una comunidad. Reconocen la dignidad del otro.
Vemos, por tanto, que hay una acepción del individualismo que es razonable. Es posible defender la independencia personal y la autosuficiencia mientras, simultáneamente, se defiende la integridad de una comunidad. El liberalismo clásico, por ejemplo, ha sostenido tradicionalmente que cada persona posee derechos inalienables y tiene un valor moral propio. Plantea el concepto de la “autopropiedad”, puesto que, cara al hombre (no cara a Dios), somos dueños de nosotros mismos, de nuestros talentos y del fruto de nuestro trabajo. La libertad personal es resguardada por un Estado de derecho que garantizan la vida, la libertad y la propiedad privada. Adicionalmente, este marco da sustento a una convivencia social pacífica y engendra la prosperidad. La persona es una unidad moral básica que forja lazos de cooperación y amistad con otras personas.
El economista, a su vez, recurre al individualismo metodológico. Estudia cómo las personas se trazan metas y toman decisiones, y cómo millares de decisiones se conjugan en el dinámico ecosistema del mercado. Actúan las personas en lo individual; no actúan entes colectivos abstractos, como la “nación” o el “gobierno”. Nótese que el lente económico difiere del lente ético, pero no lo rechaza o contradice, sino lo complementa. El primero analiza qué hacen concretamente los tomadores de decisiones, el otro determina lo que deberían hacer. Desde el individualismo metodológico se puede estudiar no solo la cooperación mercantil, sino también la cooperación en esferas gubernamentales, religiosas y sociales.