Rincón de Petul
El poder de Trump, a las urnas
Si este martes los demócratas no recuperan importantes espacios, ellos lo sentirán como una derrota.
Pasado mañana se llevan a cabo las elecciones de medio término en EE. UU. La convocatoria, que se da en aquel país cuando el presidente va por la mitad de su mandato, no es pequeña cosa. En contienda están las 435 curules del Congreso, como llaman coloquialmente a la cámara baja de su Legislativo. También 35 de las cien curules del Senado, es decir, más de una tercera parte de su cámara alta. Y entran a elección 36 de los cincuenta gobernadores, que encabezan el gobierno ejecutivo de cada estado. Como si fuera poco, a ellos se suman el 83% de los diputados estatales y numerosos cargos de gobiernos locales. Una elección de gran magnitud que, en aquel país, suele llevar un aire de plebiscito sobre la actuación del presidente de turno.
Al final, particularidades estatales pueden imponerse sobre las tendencias nacionales.
Siempre es una elección trascendental. Pero con Donald Trump en la Casa Blanca, ha adquirido un sentido de urgencia excepcional. Sus acciones son inusualmente frontales. Pero, además, preocupa que esté en juego algo más que la sola orientación de la política pública. Preocupa la solidez del propio modelo republicano de gobierno, con sus contrapesos. Y es que, desde que tomó posesión, sorprendió que la mayoría republicana se allanara a su poderío político. Bajo la presión de Trump y de una base electoral alineada con él, cedieron terreno incluso en sus facultades de fiscalización. Ejemplo de esto fue cuando el Congreso bloqueó mecanismos de control para cuestionar los controversiales aranceles. La mano absolutista se extendió a otros organismos e instituciones independientes.
Sin rodeos, si este martes los demócratas no recuperan importantes espacios, ellos lo sentirán como una derrota. Aunque el movimiento del péndulo no puede ser observado solo desde aquel aire de plebiscito específicamente a Trump. De hecho, hace décadas, lo usual es que el partido del presidente pierda escaños en el Legislativo al medio término. En promedio, desde hace 80 años, el partido oficial pierde unos 26 escaños en el Congreso, y unos 4 en el Senado. Ojo, desde ese tiempo, solo dos lograron ampliar en ellas espacios en el Congreso. Pero aquí viene lo crucial: Desde 1946, solo cuatro presidentes —Truman, Eisenhower, Clinton y Bush hijo— vieron a sus partidos perder simultáneamente el control de ambas cámaras en elecciones intermedias. Una lista a la que Trump detestaría unirse.
A pesar de lo dicho, en este tipo de comicios debe entenderse algo fundamental. Por mucha que sea su trascendencia nacional, en las boletas los candidatos son personas de carne y hueso, con fortalezas y debilidades propias. Despiertan simpatías o antipatías personales que pueden producir resultados inusuales. Un caso ilustrativo es Texas, que no elige a un demócrata al Senado desde 1988. Pero hoy, James Talarico disputa estrechamente una curul que históricamente ha favorecido a los republicanos. Algo parecido, aunque a la inversa, ocurre en Maine, estado de inclinación demócrata, donde la actual senadora republicana —Susan Collins— ha logrado reelegirse, en parte, gracias a su perfil moderado. Al final, particularidades estatales pueden imponerse sobre las tendencias nacionales.
En EE. UU., al presidente en sus últimos años se le llama “pato cojo”, por la pérdida progresiva de su poder. Para Trump, esto debería precipitarse si pierde el Legislativo. Pero las consecuencias para países como Guatemala tienen sus matices. En migración, por ejemplo, incluso una victoria demócrata podría producir pocos cambios. Hay poderes ejecutivos y amplios recursos ya aprobados. Además, los demócratas pagaron caro en 2024 su política fronteriza. Dudo que quieran poner a prueba nuevamente esa lección.