Nota bene
¿En qué momento olvidamos a la escuela de Salamanca?
¿Qué aportan los escolásticos a nuevas generaciones?
Una reacción común al encontrarse por primera vez con autores como Francisco de Vitoria, Juan de Mariana y Francisco Suárez es: ¿por qué nunca había oído hablar de la escuela de Salamanca? ¿Cómo es posible que entre el siglo XVI y XVIII tuvieran tan claras nociones sobre el comercio, la teoría del valor subjetivo y los derechos humanos, entre otros temas, y que no gocen de mayor reconocimiento? ¿En qué momento pasaron al olvido?
Durante el coloquio “Eco de Salamanca”, realizado por el Instituto Fe y Libertad del 11 al 13 de octubre, un grupo de empresarios y académicos ponderó estas preguntas. Coincidimos en que el motivo del olvido no es territorial, pues estos autores eran docentes en Salamanca, París, Coímbra y el Nuevo Mundo, y escribieron en latín, entonces la lengua franca. De hecho, dejaron un corpus de manuscritos dispersos, muchos de los cuales aún no han sido traducidos al español u otro idioma, y por ello no han sido suficientemente estudiados.
¿Existen vínculos entre Salamanca y Escocia?
Otra posible explicación tiene que ver con la teología y el método. La escuela de Salamanca se tfundamenta en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino. Vitoria utilizaba la Suma teológica como manual de estilo, aunque estaba abierto a reinterpretar al maestro si la razón o la evidencia así lo requería. La metafísica tomista continuó enseñándose en muchos centros católicos por varios siglos. Sin embargo, a partir de los siglos XVII y XVIII, las universidades europeas dejaron de organizar sus enseñanzas alrededor de la teología. La filosofía política, la economía, el derecho y las ciencias naturales adquirieron mayor autonomía. El filósofo inglés Francis Bacon (1561-1626), por ejemplo, criticó el escolasticismo y promovió el uso de un método experimental e inductivo que partía de la observación de la naturaleza. René Descartes (1596-1650), nombrado padre de la filosofía moderna, abogó por la duda metódica, y afirmó que solo se podía aceptar como verdadero lo que soportara el escrutinio de la razón. El advenimiento de la Ilustración, por tanto, desplazó la centralidad de la teología y el pensamiento tomista en favor de nuevas formas de conocimiento. El hecho de que en 1879 el papa León XIII publicara la encíclica Aeterni Patris, donde exalta los aportes de Aquino y clama por la restauración de la filosofía cristiana, es una indicación de que la metodología tomista había caído en descrédito y debía ser revalorada.
Por otra parte, por lo menos en lo que respecta a la economía, el filósofo escocés Adam Smith se llevó las palmas pese a que, años antes, los autores asociados con la escuela de Salamanca describieron acertadamente muchos aspectos de la vida económica. Los libros de texto designan a Smith como el padre de la economía, y con razón, pues sistematizó el pensamiento económico en su famoso tomo La riqueza de las naciones, que, dicho sea de paso, cumplió 250 años de publicación en marzo de este año. Existe evidencia para concluir que el mentor de Smith, Francis Hutcheson, conoció a los escolásticos a través de sus lecturas de Samuel Pufendorf y Hugo Grotius. Pufendorf y Grotius son vistos como un puente entre Salamanca y Escocia. Por tanto, Smith y sus colegas constituyen una especie de continuación o reconducción de la escolástica.
Los esfuerzos contemporáneos por digitalizar y traducir más documentos de los autores asociados con la escuela de Salamanca nos brindarán luces sobre cuán amplias fueron sus exploraciones e intereses. Al día de hoy, estos autores nos iluminan sobre la relación entre la historia, la moral y la realidad social, el valor del conocimiento interdisciplinar, y la relevancia de cultivar un sentido de asombro frente a la Creación.