A la vista de lo sucedido en Santa Catarina Pinula, en pocos días se podrá saber de qué fibra están hechas las iglesias, cuya prédica insiste clamorosamente en el amor al prójimo y en la obligación moral y espiritual de ayudar a los necesitados. Lo mismo cabe decir para las organizaciones sociales de beneficencia, no oficiales.

Todas están animadas de un sentimiento de la solidaridad hacia las personas. Pero, hay otra solidaridad igualmente importante. La que existe o debe existir entre los pueblos.

Pensemos en los sobrevivientes de la inmensa tragedia en Santa Catarina Pinula. No solo en los que viven y perdieron a sus familiares, sepultados estos bajo toneladas de arena y lodo, sino también en los habitantes indemnes de otras viviendas que no fueron alcanzadas por el deslizamiento. Muchos de ellos sin duda necesitan salir de ese lugar que, por lo visto, quedará convertido en una inmensa tumba con cientos de cadáveres.

Porque en situaciones como la de los habitantes en ese fatídico lugar, se necesita una solución para la cual son necesarios varios elementos, comenzando con el dinero; le sigue, en un estricto orden, la responsabilidad de los funcionarios del Estado, organizado como instrumento para reafirmar la primacía de la persona humana como sujeto y fin del orden social y, por último, una actitud inteligente para estimular el flujo de la ayuda internacional, que siempre está lista para acudir a los lugares donde la necesitan.

La recepción de la ayuda internacional es un deber insoslayable. No podemos darnos tufos de autosuficiencia, ni apartarnos de tópicos filosóficos acerca de las necesidades de los pueblos sufridos y hundidos en limitaciones económicas asfixiantes.

Téngase presente que la solidaridad internacional es uno de los valores fundamentales y universales en que deben basarse las relaciones entre los pueblos.

Para afianzar ese sentimiento, la Asamblea General de las Naciones Unidas, con el voto de todas las delegaciones, incluida la de Guatemala, proclamó el 20 de diciembre de cada año Día Internacional de la Solidaridad Humana, decisión que tiene dedicatoria inocultable a pueblos pobres, como el nuestro, cuyos gobiernos viven tan limitados de recursos económicos que, algunas veces, no tienen ni para pagar, en tiempo, sueldos a los funcionarios y empleados públicos, incluidos los diplomáticos.

La solidaridad internacional tiene, además, como objetivo específico erradicar la pobreza y promover el desarrollo humano y social de las grandes mayorías, sumidas por siempre en el abandono administrativo. Por eso abre un espacio hacia las víctimas de los desastres.

Hasta ahora ningún Gobierno guatemalteco ha podido hacer frente, en forma pronta y suficiente, a las consecuencias de esos fenómenos destructivos.

Este octubre se cumplen diez años —véase esto como ejemplo— de la tragedia nacional causada por la tormenta tropical Stan. Las poblaciones afectadas todavía no han sido atendidas adecuadamente por las autoridades guatemaltecas, las cuales, aquellos días terribles, ni siquiera tuvieron capacidad para reparar los pozos que surtían de agua a miles de familias de campesinos, y que fueron dañados por las lluvias torrenciales. Fue gracias al Sistema de Naciones Unidas y muy particularmente por la actividad del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) de esa organización mundial que diez mil pozos fueron limpiados y reparados.

Guatemala debería sumarse con entusiasmo a la agenda de centrar su trabajo en las personas y en el planeta, agenda que se sustenta en los derechos humanos y se apoya en una alianza mundial decidida a liberar a las personas de la pobreza, el hambre, la enfermedad y de las consecuencias de los desastres naturales, que debe ser construida —según palabras del secretario general de la Organización de las Naciones Unidas— sobre los cimientos de la cooperación y la solidaridad mundiales.

Por supuesto, el ideal máximo es que algún día podamos valernos por nosotros mismos.

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