LA BUENA NOTICIA

¿Generosidad, dijo?

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Avanzando hacia el final del Año Litúrgico cristiano, la Buena Noticia ofrece hoy un “punto de examen obligado” para quienes se dicen seguidores de Aquel que se dio completamente a sí mismo, con aquella característica que alaba el proverbio árabe: “Dar antes de que a uno le pidan”.

Hoy se invita a evaluar la “generosidad” que como vocablo procede de “gen” (= generar, producir) y el sufijo “dad” (= una virtud, cualidad): quien produce, quien va más allá de sí mismo: es decir, la superación del egoísmo, de los intereses personales y hasta de la propia conveniencia. Hoy, esa generosidad tiene muy acertadamente “rostro de mujer”, tanto por la ciudadana anónima del poblado fenicio de Sarepta como por otra innombrada adoradora del templo de Jerusalén. Ambas “generosas” coinciden en aspectos que cuestionan toda conciencia: 1) Son casos extremos, graficados en modo dramático por los autores sagrados: una viuda y su pequeño hijo pobrísimos, en la situación extrema de tener los ingredientes para “el último pan de su vida” y seguir luego un programa de muerte, literalmente: “Lo comeremos y luego moriremos”. Y, sin embargo, hasta eso les es pedido, nada menos que por un extranjero “exigente” en cuya palabra, sin embargo, la mujer cree.

El caso de la pobre viuda del templo no es mejor: también ella da “todo lo que tenía para vivir”. De este tipo de “generosidad” diría otra mujer digna de mención, posiblemente pronta a ser canonizada por el papa Francisco, Teresa de Calcuta: “Es que hay que dar hasta que duela, y cuando duela, dar todavía más”. De este tipo de generosidad, pues, entra en discusión un mundo que “se reserva cada vez más el derecho a no dar” como una libertad que en el fondo, o teme perder, o se arraiga en lo material, por lo que bien vale la reflexión de San Felipe Neri (1515 – 1521): “El generoso no exige sus derechos”; 2) Con sus acciones, ellas, mujeres símbolo del genio femenino que todo lo multiplica en las condiciones más precarias, abren un futuro insospechado a la vida: a partir del día en que la viuda de Sarepta comparte con un extranjero “ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó”. De hecho, muchas de las grandes obras del actuar humano que han salvado vidas no han pasado por “la justicia” y el “derecho a conservar lo propio” (¡aferrándose, quizás, demasiado a ello!): se han debido al poner, incluso, en riesgo la propia comodidad o hasta la vida, como testimonia el Diario de Ana Frank (1929-1945): “Ante la posibilidad de salvar a alguien, lo demás no cuenta”.

El espíritu humano es tal, y no se confunde con lo animal, vegetal o mecánico (metafóricamente) porque haya “más alegría en dar que en recibir” (Hechos 20,35), pero también porque no olvida algo muy serio: “Es más fácil ser generoso con alguien en un momento que tratarlo diariamente con justicia” (A. Graf, 1848-193). En esa ecuación se resuelve el indudablemente espíritu generoso de los guatemaltecos, comprobado positivamente siempre en las catástrofes y que en este mes recuerda a los que “dieron o no dieron, pero ya no están”: los difuntos de noviembre. Mientras dure la vida, por tanto, y mientras tantos se debaten por ser más que los demás, vale la pena recordar que “la única grandeza humana es la que brilla en la generosidad” (L. Beethoven, 1770-1827).

ESCRITO POR:

Víctor Hugo Palma Paul

Doctor en Teología, en Roma. Obispo de Escuintla. Responsable de Comunicaciones de la CEG.