Suiza es sinónimo de montañas, bancos, estabilidad política y una de las democracias directas más consolidadas del mundo.
También es, desde 1291, una república en la que la idea de un rey no tiene cabida.
Al menos, no oficialmente.
En 2019, Jonas Lauwiner, de 32 años, se autoproclamó monarca en una pomposa coronación que despertó curiosidad en Suiza y el resto de Europa.
Desde entonces, Jonas I, como se hace llamar, ha construido un creciente “imperio” tras “conquistar” 149 parcelas dispersas por Suiza, que en conjunto suman cerca de 117.000 metros cuadrados.
Buena parte de ellas las adquirió sin pagar un solo franco. Dice que lo hizo amparándose en una ley que existe desde hace 2.000 años.
“Me llaman el rey de Suiza. No es que me levante cada mañana y me lo repita frente al espejo. Pero la gente así me conoce, así me llaman”, le dice a BBC Mundo Lauwiner desde su residencia oficial, o “palacio”, ubicada en la comuna de Burgdorf, en el cantón de Berna.
Su “imperio” comenzó en 2014, cuando Lauwiner cumplió 20 años y su padre le regaló una pequeña parcela de tierra.
“No era para construir nada, solo estaba destinada a la agricultura. Era algo simbólico, para sentir lo que significa tener una propiedad”, cuenta.
“Fue una gran sensación”, prosigue.
Cuando quiso expandir su parcela comprando los terrenos adyacentes, se encontró con algo inesperado.
La parcela justo al lado de la suya no tenía propietario.
No sabía si debía comprársela al gobierno o al municipio y, tras investigar, descubrió una antigua figura legal que, según explica, permite reclamar tierras sin propietario.
Ese hallazgo le daría un vuelco a su vida.
“Es una ley de hace más de 2.000 años. Si encuentras un terreno que no pertenece a nadie, puedes reclamarlo. Ya estaba recogido en el derecho romano. Lo ves, lo reclamas y pasa a ser tuyo. Es muy interesante”, afirma.
Lauwiner rechaza que se trate de un vacío legal.
“Es una ley antigua y está ahí por una razón. La tierra debe pertenecer a alguien. El problema es que cuando alguien se beneficia demasiado, la gente se molesta y se pone celosa”.
El jurista Peter Hänni, profesor emérito de Derecho en la Universidad de Friburgo (Suiza), describe el caso como “inusual, pero no ilegal”, aunque dice que hay matices.
“El punto de partida es el Código Civil suizo, que establece que los bienes sin dueño están bajo la soberanía del cantón en cuyo territorio se encuentran”, le dice a BBC Mundo.
“Hay ciertos tipos de terreno que no pueden ser de propiedad privada en absoluto, como las aguas públicas o las tierras no aptas para el cultivo —rocas, canchales, glaciares o manantiales—, salvo que se demuestre lo contrario”, añade.
Pero el elemento clave está en quién regula estos casos.
“Los cantones tienen la facultad de regular la apropiación de tierras sin dueño, pero no están obligados a hacerlo. Eso puede dejar un vacío legal”, señala el jurista.
Esa falta de regulación es precisamente la que habría permitido a Lauwiner apropiarse de estas parcelas.
El proceso es simple. Busca en el registro de la propiedad terrenos sin dueño. Si encuentra alguno, presenta una solicitud de ocupación ante el municipio correspondiente y, posteriormente, solo tiene que pagar las tasas de registro y tramitación para convertirse en su propietario.
“Como Napoleón”
Jonas Lauwiner afirma que la experiencia de ir adquiriendo tierras lo hizo sentirse como un rey.
“Me sentía como Napoleón, porque obtuve todos esos territorios y terrenos, y no eran pequeñas parcelas. No eran simplemente tierras agrícolas para cultivar tomates. Eran espacios estratégicos: casas, calles, terrenos”.
Según recuerda, le sorprendió haber conseguido todo eso sin pagar un solo centavo.
“Si hubiera comprado todo eso, sería simplemente un agente inmobiliario. Pero no lo compré. Lo ‘conquisté’. Por eso me vino esa idea: que en realidad estaba conquistando territorio”, sostiene.
Añade que ese fue el momento en el que le vino la idea de que, si estaba “conquistando” territorio, tenía sentido adoptar el título de rey.
En 2019, Lauwiner fue “coronado” simbólicamente en la iglesia de Nydegg, en Berna.
Posteriormente, los medios de comunicación comenzaron a referirse a él primero como el “rey de Burgdorf” y, más tarde, como el “rey de Suiza”.
Pero su título es puramente simbólico y él lo reconoce.
“En la Constitución de Suiza no existe la figura de un rey. Pero también soy político: soy concejal en la ciudad donde vivo, así que ya tengo cierto poder político”, añade.
“Es un título simbólico que ahora existe porque yo lo creé, pero, por supuesto, sin poder político”, insiste.
“La gente piensa que soy malo”
Lauwiner cuenta que al principio nadie lo tomó en serio.
“La gente se reía de esto. Pensaban que era una gran broma”, dice.
Pero, a medida que acumulaba más terrenos y visibilidad, la reacción cambió.
Las risas se fueron convirtiendo en curiosidad e inquietud.
El año pasado, las autoridades locales suizas expresaron preocupación ante la posibilidad de que Jonas Lauwiner comenzara a exigir pagos por el uso de algunos caminos de los que se ha apropiado.
Tras hacerse con la calle Rosenweg, en el municipio de Geuensee —una vía cuyos vecinos se estaban organizando para definir sus derechos— el diario Luzerner Zeitung informó que Lauwiner ofreció a los residentes tres opciones para “recuperarla”.
La primera era rebautizarla como Lauwinerweg, en honor a su nombre. La segunda, intercambiarla por otro terreno de valor equivalente. Y la tercera, que el propio municipio comprara la vía.
Janine Wapf, jefa del departamento de Construcción e Infraestructuras, declaró al mismo periódico que Lauwiner llegó a exigir entre 80.000 y 150.000 francos suizos (US$96.000 a US$181.000) por la calle.
Wapf añadió que esas cantidades eran inasumibles. “Nos ha tomado el pelo”, dijo.
En marzo de este año, Lauwiner anunció que subastaría la calle y que los beneficios netos se destinarían a la organización Childhood Cancer Switzerland.
Finalmente, un residente la compró por 8.500 francos (unos US$10.300)
Lauwiner se defiende de las críticas y se describe a sí mismo como una buena persona.
“No intento quitarle nada a nadie. No robo tierras ni tampoco cobro peajes por utilizar las calles. La gente utiliza mis calles gratis”, señala.
“Simplemente, por supuesto, tengo que hacer mantenimiento de las carreteras, y las personas que utilizan las carreteras tienen que pagar las tarifas de mantenimiento. Es como lo hace cada Estado: recaudan impuestos para pagar el mantenimiento de la infraestructura”, explica.
De acuerdo con el profesor Peter Hänni, una vez que eres el nuevo propietario de un terreno que no tenía dueño, tienes “todos los derechos” de un propietario ordinario.
“Si eres propietario de un camino privado, en determinadas circunstancias puedes cobrar a las personas que lo utilizan”, añade.
Según Lauwiner, ha habido malentendidos.
“La gente piensa que soy malo, que bloqueo las carreteras y cosas así, pero eso es lo que dicen las personas a las que no les caigo bien. Yo no soy así”, asegura.
Añade que ahora las autoridades han intentado modificar las leyes para limitar este tipo de adquisiciones.
Pero él cree que han llegado tarde e interpreta los cambios legales como una respuesta directa a su caso.
“Yo ya he tomado todo lo que podía. En cierto modo, para mí es un honor que estén creando una ley por mí”, asegura.
El profesor Hänni señala que “sería difícil revertir los casos pasados si se ajustaron a la ley vigente en su momento”.
“Hacerlo implicaría reconocer que las autoridades no regularon algo que tenían la facultad de regular”, explica.
Pero subraya que el campo de acción está en lo que ocurra a partir de ahora.
“Los cantones pueden introducir normas para evitar un uso más amplio o incluso masivo de este mecanismo”.
El jurista suizo además advierte que “por ahora no es un fenómeno generalizado, pero podría convertirse en un problema si otras personas siguen el mismo camino”, y apunta que “probablemente existen otros terrenos sin un propietario claro”.
Un “reino” sin fronteras claras
Jonas Lauwiner nació en Untersen el 15 de septiembre de 1994, hijo de padre suizo y madre marroquí. Tiene la nacionalidad de ambos países.
Recuerda una infancia feliz en Interlaken, un codiciado destino turístico enclavado entre los lagos de Brienz y Thun, y rodeado de montañas.
“Era un lugar idílico para crecer de niño, y me siento muy afortunado de haber tenido la infancia que tuve”, dice.
El proyecto de Lauwiner no se parece a un Estado convencional.
No tiene reconocimiento internacional, ni moneda oficial en el sentido clásico, ni instituciones comparables a las de un país.
Pero él ha creado símbolos. Habla de una moneda propia, el “Empire Vellar”, y de órdenes honoríficas, como las que existen en una monarquía tradicional.
También asegura contar con seguidores, algunos de ellos organizados en lo que describe como una especie de “legión” de seguridad privada.
“Es como un pequeño ejército que está aquí para garantizar mi seguridad, no para llevar a cabo acciones ofensivas. Hay personas que quieren unirse, pero no puedo incorporarlas a todas, alimentarlas, contratarlas y pagarles”.
Más allá de esas estructuras, su meta es “estabilizar todos sus territorios”.
“Quiero desarrollarlos, generar ingresos pasivos a partir de ellos y tener una familia, quizá dos o tres hijos y criarlos bien”, afirma.
“El que haya reclamado una gran cantidad de tierras no significa que sea una mala persona. Pero mucha gente lo interpreta así, quizá porque en el pasado los reyes actuaban de esa manera”.
Una de las metas de Lauwiner es escalar más alto en la política, hasta llegar al Consejo Nacional o al Consejo Federal.
“Ahora mismo estoy en la política regional, en el Parlamento regional de una ciudad, y eso se me queda un poco pequeño. Tengo que llegar al Parlamento nacional para tener realmente una voz que cuente para todo el país. Ese es mi plan para el futuro”, explica.
“De lo contrario, simplemente soy el rey simbólico de Suiza. Represento a Suiza a mi manera, como suizo”.
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