“No fue por falta de preocupación por la humanidad, sino por esa preocupación. Quizás ese fue el pecado”.
Treinta años después de su participación en el bombardeo atómico de Nagasaki el 9 de agosto de 1945, el físico estadounidense Philip Morrison habló con franqueza con la BBC sobre las decisiones que se tomaron en los días y semanas previos a esa explosión nuclear sin precedentes.
Morrison desempeñó un papel clave en el Proyecto Manhattan, el programa aliado ultrasecreto para desarrollar las primeras armas nucleares, trabajando en el laboratorio de Los Alamos. El laboratorio estaba dirigido por su antiguo profesor, J. Robert Oppenheimer.
Presente en la prueba Trinity de la primera bomba atómica el 16 de julio de 1945, Morrison llevó su núcleo de plutonio en su regazo en el carro rumbo a Nuevo México. Posteriormente viajó a la pequeña isla de Tinián, al sur de Saipán, para ayudar a ensamblar la bomba de plutonio “Fat Man” utilizada en Nagasaki, y supervisar su carga en un avión B-29 el 9 de agosto, tan solo tres días después del bombardeo de Hiroshima.
Fue en Tinián donde las fuerzas estadounidenses construyeron lo que Morrison describió como el “aeropuerto más grande del mundo”.
“Una gran cresta de coral fue nivelada parcialmente para rellenar una llanura accidentada y construir seis pistas… cada una de casi dos millas (unos 3 kms) de largo”, dijo en su testimonio ante un comité del Senado en diciembre de 1945.
La magnitud de la destrucción
En su testimonio, Morrison también reveló la magnitud de los preparativos para los bombardeos incendiarios de ciudades japonesas.
“Al puerto llegaban a diario buques cisterna cargados con miles de toneladas de gasolina de aviación… Por las grandes pistas despegaban los enormes aviones… Cada 15 segundos, otro B-29 despegaba. Esto se repetía durante una hora y media… Mil B-29, una y otra vez, incendiaban kilómetros cuadrados de una ciudad en un solo ataque”.
En cambio, explicó, “la bomba atómica era otra cosa”.
“No había cargamentos de bombas incendiarias. En lugar de todos los artificieros y sus depósitos de bombas, había unas 25 personas de Los Álamos, unas cuantas barracas Quonset [de acero corrugado prefabricado] transformadas en laboratorios de pruebas y un edificio barricado.
“El ataque comenzó después de medianoche. El campo estaba desierto… Un avión rugió por la pista, despegó y puso rumbo a las ciudades del enemigo”, dijo.
Aunque las estimaciones varían, se cree que 40.000 personas murieron a causa de la detonación inicial en Nagasaki, mientras que más de 100.000 muertes fueron directamente atribuibles al bombardeo durante los cinco años siguientes.
En Hiroshima, al menos 80.000 personas murieron instantáneamente, y el número total de fallecidos ascendió a aproximadamente 140.000 debido a quemaduras graves, lesiones y síndrome de irradiación aguda.
Posteriormente, Morrison evaluó la devastación catastrófica en las dos ciudades japonesas como parte del equipo oficial de evaluación científica de daños, y recordó un momento en Hiroshima en particular.
“Un funcionario japonés estaba entre los escombros y nos dijo: ‘Todo esto por una sola bomba; es demasiado'”, contó.
“Un solo avión, con una sola bomba, había destruido muchos kilómetros cuadrados de una ciudad, destruyéndola aún más completamente y con aún menos posibilidades de resistencia o escape que el ataque de 1.000 aviones”.
Sin embargo, él había esperado que la bomba atómica no tuviera que usarse en combate, y había liderado un grupo de jóvenes físicos de Los Alamos que abogaban por una demostración pública de la bomba antes de cualquier uso en Japón.
Morrison, que tenía 30 años cuando supervisó el montaje de “Fat Man” en Tinián, quería “invitar a una delegación internacional al desierto”, según le contó a Melvyn Bragg de la BBC en 1975.
“Pero dadas las circunstancias de la guerra, eso era una ilusión”.
Sin vuelta atrás
El físico describió la sensación de que ya no había vuelta atrás, incluso cuando quedó claro que los nazis serían derrotados. Sin embargo, explicó: “La guerra todavía estaba en curso. Marchábamos hacia una batalla tremenda en el Pacífico…, así que habría sido imposible detenerse”.
Morrison creía que el único que podría haber cambiado el porvenir era el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, quien murió en abril de 1945.
“La única posibilidad de modificar drásticamente la postura estadounidense, diría yo, habría sido la supervivencia de Roosevelt… [quien] murió en medio del desarrollo, antes de que supiéramos que la bomba funcionaría, antes de que se determinara cómo usar las bombas”, señaló el físico.
“Creo que era la única persona que tenía tanto el prestigio como la influencia dentro del Gobierno necesarios para frenar aquel terrible impulso”, afirmó.
Cuando Harry S. Truman asumió la presidencia, ni siquiera estaba al tanto del proyecto; se enteró de él solo horas después de jurar el cargo. Tras poco más de tres meses, debía dar la orden de los bombardeos.
“Es cierto que él tomó la decisión, pero creo que es justo decir que la decisión lo marcó”, sostuvo Morrison. “Habría sido una decisión muy atrevida que cambiara el rumbo después de tantos años y lo frenara… esa oportunidad se esfumó prácticamente con la muerte de Roosevelt”.
Según Morrison, la misma fuerza inamovible influyó en la decisión de lanzar dos bombas consecutivamente.
“No se consideró lanzar primero una y luego, otra. La órden para los comandantes fue: ‘Lancen la primera bomba y luego la segunda tan pronto como puedan’. Habría hecho falta un hombre con carácter en Washington para comprender los graves efectos de la primera bomba y decir: ‘Esperemos antes de lanzar la segunda’. Habría requerido una gran capacidad de análisis, la habilidad de comprender las complejas conexiones y transmitir las órdenes correctas a los generales adecuados”, afirmó.
Así que los dos bombardeos se llevaron a cabo, y se planearon más, reveló Morrison.
“La decisión original era que seguiríamos lanzando estas bombas durante un año, de ser necesario… Me pidieron que elaborara un plan para ello”, le dijo a Bragg.
“Tenía un plan, un esquema, un cronograma, un hombre para reemplazarme y los arreglos necesarios para ir y venir”.
El fin del mundo
Es incierto si habría podido continuar haciéndolo una vez que él y los demás científicos de Los Alamos presenciaron las consecuencias.
“Conocíamos muy bien, intelectualmente, tanto los efectos a corto plazo como los temidos efectos a largo plazo. Pero eso era solo gracias a la lectura de un libro y al análisis de las cifras”, le dijo a Bragg.
“Pero la diferencia entre las cifras y ver la realidad viva, la realidad de la muerte, es enorme para todos, para el mundo entero. Así que creo que lo sabíamos, pero no lo sentíamos”.
Recordó la reacción en la base de la isla del Pacífico la noche del bombardeo de Hiroshima.
“Hubo una gran fiesta esa noche, pero la mayoría de los científicos no fueron. Los de la Fuerza Aérea, los soldados, bebieron. Sabían que la guerra estaba llegando a su fin. Parecía, se sentía, una tremenda victoria”. Sin embargo, Morrison recordó que los científicos “estaban sentados, con semblante sombrío, pensando… en el fin del mundo”.
Pero en los meses previos a los bombardeos, Morrison no sintió que tuviera que retirarse del Proyecto Manhattan. “A pesar de mi oposición firme y persistente, no veo cómo podría haber hecho las cosas de otra manera. Nunca pensé en abandonar el proyecto”.
Cuando se le preguntó si los Aliados habrían lanzado una bomba atómica sobre Berlín si hubiera estado lista antes de la derrota de los nazis, respondió: “Absolutamente, en un abrir y cerrar de ojos… Principalmente le temíamos a los alemanes, y ellos eran nuestros enemigos”, dijo Morrison.
Tras la guerra, Morrison se convirtió en profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), donde hizo campaña contra la proliferación nuclear a la vanguardia del movimiento “No a la tercera bomba”.
“Sobra decir que, como la mayoría de los científicos del proyecto, estoy completamente convencido de que no se puede permitir otra guerra”, declaró en su testimonio ante el Senado en 1945.
Y creía que los Aliados deberían haber hecho una cosa en particular.
“Creo firmemente que se debería haber dado una advertencia adecuada”, dijo. “En retrospectiva, no hay justificación para no haber dado una advertencia apropiada y oportuna”.
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* Este artículo fue publicado originalmente en inglés en BBC Culture. Si quieres leer más de su contenido, haz clic aquí
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