El presidente de China, Xi Jinping, llegará este miércoles a Washington DC en la que será su primera visita de Estado a Estados Unidos en 11 años.
Pero su primer contacto con ese país se dio mucho antes de que se convirtiera en el líder más poderoso de China en generaciones.
Cuatro décadas atrás, Xi era un funcionario de un condado del norte de China y visitó el Medio Oeste de Estados Unidos durante un viaje de estudios.
En aquel entonces pasó varios días en Iowa aprendiendo sobre agricultura, visitando granjas y alojándose con una familia local.
Los medios estatales chinos destacaron su estancia en aquel hogar y su amistad con Terry Branstad, por entonces gobernador de Iowa y posteriormente embajador de Washington en China durante la presidencia de Donald Trump, para destacar los vínculos personales de Xi con Estados Unidos.
Hoy, la relación entre Estados Unidos y China poco tiene que ver con la de entonces. Ahora está marcada por la competencia entre ambas naciones por la influencia global, los aranceles recíprocos, los controles tecnológicos y la rivalidad militar.
Además, a sus 73 años, Xi ya no es un funcionario de bajo rango. En sus casi 14 años al frente de China, ha transformado al Partido Comunista y el papel de este país en el mundo.
El “príncipe” que lo perdió todo
La historia de Xi comenzó con privilegios.
Nacido en Pekín en 1953, fue el sexto hijo de Xi Zhongxun, un revolucionario comunista que contribuyó a la fundación de la República Popular China. Su padre llegó a convertirse en un alto dirigente del Partido Comunista y viceprimer ministro.
Durante su infancia, Xi asistió a escuelas de élite y disfrutó de muchos privilegios que estaban fuera del alcance de la mayoría de las familias chinas.
Pero la situación dio un giro cuando la política se volvió contra su familia.
A comienzos de la década de 1960, su padre fue acusado de formar parte de una supuesta “facción antipartido” y terminó siendo enviado al campo para trabajar en una fábrica, además de ser expulsado del Partido Comunista.
Como hijo de una persona considerada “contrarrevolucionaria”, Xi fue enviado por la fuerza a un programa de reeducación.
Atendiendo al llamado del entonces líder Mao Zedong para que los jóvenes fueran al campo y aprendieran de los campesinos, Xi, a los 15 años, fue trasladado a una zona rural junto con millones de estudiantes procedentes de las ciudades.
Al describir esa experiencia en una entrevista de 2004, recordó: “Todos en el tren lloraban. Yo era el único que sonreía. Si no hubiera salido de ahí, habría llorado. Si me hubiera quedado, ni siquiera sé si seguiría vivo”.
Terminó en la remota aldea de Liangjiahe, en la provincia occidental china de Shaanxi, donde vivió durante siete años en un yaodong, una vivienda excavada en la ladera de una colina, donde hizo tareas agrícolas, transportó estiércol y cavó zanjas.
“Los vegetales encurtidos se convirtieron en mi comida favorita”, dijo sobre esa etapa. “Incluso hoy los recuerdo con cariño”.
Según contó, al principio quedó “asombrado” por la dureza del trabajo y sufrió hambre y picaduras de pulgas, aunque encontraba algo de alivio en las pausas para fumar antes del almuerzo.
Ascenso al poder
A los 22 años, Xi dejó el campo para estudiar ingeniería química en la Universidad de Tsinghua, una de las instituciones académicas más prestigiosas de China.
Tras graduarse, trabajó como funcionario local lejos de Pekín, en las provincias costeras de Fujian y Zhejiang, que se convirtieron en algunas de las regiones más prósperas del país tras la apertura económica de la década de 1980.
La rehabilitación política de su padre después de la muerte de Mao ayudó a Xi a acceder a puestos en el gobierno central y en las Fuerzas Armadas, comenzando a tejer relaciones dentro del Partido Comunista.
Muchos de esos funcionarios pasarían después a integrar su círculo más cercano de confianza.
Xi se casó en 1979 con su primera esposa, Ke Lingling, hija de un exembajador de China en Reino Unido. Sin embargo, el matrimonio terminó en divorcio tres años después.
Luego, un amigo en común le presentó a su actual esposa, Peng Liyuan, una cantante de música folclórica del Ejército que ya era una figura muy conocida en China gracias a sus presentaciones en las galas televisadas del Año Nuevo Lunar, seguidas cada año por millones de espectadores.
Para muchos chinos durante las décadas de 1980 y 1990, Peng era más reconocida que el funcionario provincial con el que contrajo matrimonio.
Con frecuencia, Peng ha acompañado a Xi en sus viajes al extranjero, rompiendo con la imagen discreta que tradicionalmente habían mantenido las primeras damas chinas.
Su única hija, Xi Mingze, nació en 1992. Se sabe poco sobre ella, salvo que estudió en la Universidad de Harvard en Estados Unidos.
En 2007, tras un breve periodo como máximo dirigente de Shanghái, Xi ingresó en el Comité Permanente del Buró Político, el principal órgano de toma de decisiones de China.
Y, cinco años después, sucedió a Hu Jintao como líder del Partido Comunista.
Como máximo dirigente del país, Xi transformó el sistema económico y político de manera que solo unos pocos habían imaginado.
La China de Xi
Durante sus casi 14 años en el poder, China se ha mostrado cada vez más segura de sí misma.
En el ámbito internacional, Xi amplió la presencia global de China mediante proyectos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, al tiempo que presentó a Pekín como un defensor del llamado Sur Global.
Al mismo tiempo, las relaciones con muchas democracias se volvieron más tensas, con el aumento de las disputas en el mar de China Meridional, una mayor presión sobre Taiwán y una competencia cada vez más intensa con Estados Unidos.
Sin embargo, el legado de Xi también está marcado por un mayor control político dentro de China.
Bajo su liderazgo, el país ha puesto mucho más énfasis en la seguridad y la estabilidad política, aplicando medidas represivas en regiones como Xinjiang, Tíbet y Hong Kong. Según sus partidarios, esto ha restaurado el orden. Para sus críticos, han restringido de forma significativa las libertades civiles.
Xi también impulsó una doctrina política que lleva su nombre, el “Pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas para una nueva era”, algo que sus dos predecesores no lograron incorporar de la misma forma a la estructura ideológica del Partido Comunista.
Además, eliminó de la Constitución el límite de mandatos presidenciales, lo que le permite permanecer en el cargo más allá de dos periodos.
Aunque los medios estatales chinos suelen presentarlo como una figura seria, Xi también ha mostrado ocasionalmente una faceta más distendida.
El mandatario ha hablado de su afición por el fútbol, incluso bromeando con un primer ministro tailandés sobre los malos resultados de la selección masculina china.
Además, ha compartido una cerveza con el exprimer ministro británico David Cameron y llegó a bromear con un presidente surcoreano sobre la conveniencia de revisar si los teléfonos Xiaomi fabricados en China tenían alguna “puerta trasera” antes de aceptarlos como regalo.
¿Amigos o rivales?
Las relaciones de Xi con líderes extranjeros han atravesado distintas etapas, reflejando las prioridades cambiantes de la política exterior china.
Ningún líder extranjero tiene una relación más estrecha con él que el presidente ruso, Vladimir Putin. Desde que Xi llegó al poder, ambos se han reunido en más de 40 ocasiones, y el dirigente chino ha llegado incluso a describir a Putin como su “confidente más cercano”.
La relación con Donald Trump es más compleja.
Aunque Trump inició una guerra comercial con China durante su primer mandato, con frecuencia ha hablado en términos elogiosos sobre Xi, a quien ha llamado amigo y cuya fortaleza política ha destacado en varias ocasiones.
Con el primer ministro de India, Narendra Modi, Xi apostó inicialmente por una intensa diplomacia personal.
Ambos mantuvieron encuentros informales destinados a resaltar la cooperación entre las dos potencias asiáticas. Sin embargo, los enfrentamientos fronterizos de 2020 llevaron las relaciones bilaterales a su punto más bajo en décadas.
A diferencia de otros líderes conocidos por su carisma personal o su capacidad de improvisación, Xi rara vez antepone las relaciones individuales a los intereses del Estado.
Cuando llegue esta semana a Washington DC, Xi ya no será el curioso funcionario local que recorrió las granjas de Iowa de hace cuatro décadas, sino una de las figuras políticas más influyentes del siglo XXI.
- Descarga la nueva app del BBC World Service. Elige BBC News Mundo y recibe alertas de noticias, documentales y análisis, todo en un solo lugar. Importante: la nueva aplicación no está disponible en Reino Unido ni Estados Unidos.
- También puedes seguirnos en YouTube, Instagram, TikTok, Facebook, X y en nuestro canal de WhatsApp.
- Y no olvides suscribirte aquí a nuestro newsletter para recibir cada viernes una selección especial de nuestro mejor contenido.