Catalejo

Acerca del caleidoscopio religioso guatemalteco

Mario Antonio Sandoval

Los acontecimientos relacionados con el pastor Carlos Cash Luna, localmente han despertado interés por conocer, al menos en sus generalidades, los significados reales de las iglesias católica y no-católicas. No utilizo el término cristianas, porque la totalidad lo son. Es necesario utilizar un término general, pues las palabras evangélicos, protestantes y otras tienen significados específicos por los cuales tal tarea casi se imposibilita. Se debe pensar en este tema con serenidad y sin colocarse en posiciones dogmáticas ni emotivas o irreflexivas. A grandes rasgos, el caleidoscopio religioso guatemalteco comienza desde el siglo XVI, con la llegada tanto de los conquistadores de oro como de los pescadores de almas, quienes pronto entran en contacto con las religiones politeístas locales.

Ocurre el fenómeno llamado sincronismo: los dioses aborígenes tienen ahora la figura de los santos de los conquistadores. Esa es la razón principal —por ejemplo— de las flores en los altares. Se ha mantenido por cuatro siglos y medio y ha permitido la convivencia pacífica. Históricamente coincide su inicio con la revolución luterana, a partir de la cual el término católico (universal) ya no es sinónimo de cristiano, al abrirse la posibilidad a grupos cristianos no necesariamente católicos. Surgen las ahora conocidas como iglesias evangélicas históricas, caracterizadas por sus semejanzas de forma con el catolicismo. Los luteranos y anglicanos, por ejemplo, tienen rituales similares en la forma, y las diferencias radican en la interpretación de los textos.

Por causas políticas, el enfrentamiento religioso intercristiano da origen a guerras religiosas muy sangrientas, inusitadas y prolongadas, durante unos dos siglos y medio. Se debe mencionar a la política, desde la separación de los príncipes alemanes opuestos al poder de Roma, ciertamente desbordado y con numerosas muestras de corrupción material, y personal de las autoridades religiosas. Al llegar el siglo XIX, en el horizonte político mundial surge un país potencialmente poderoso: Estados Unidos, donde nacen otros grupos religiosos, como los llamados mormones, y se multiplican aquellos encabezados por nuevos intérpretes muy suigéneris de la Biblia y sus mensajes. A finales de ese siglo en Guatemala se abre la libertad de cultos y llegan iglesias evangélicas históricas.

Sus integrantes son valientes, al llegar a un país católico y con gran influencia de las etnias indígenas, caracterizadas por su afianzado factor religioso propio, al cual se ha agregado el impuesto por los misioneros. La convivencia se mantiene, y políticamente el catolicismo es aliado del status quo, los evangélicos actúan poco en este campo. La Union Church, en la Plaza España, recibe a feligreses de todas las denominaciones, en un caso ejemplar de unidad entre ellas y de coexistencia con el catolicismo. La aceptación es mutua y nadie habla de divisiones, hasta el aparecimiento de la Teología de la Liberación, una interpretación suigéneris al acercar el mensaje de Cristo a las teorías de Marx.

Está en su apogeo la guerra interna, y en las áreas rurales obliga en muchos casos a los campesinos a identificarse como protestantes como forma de salvar su vida. El informe Rockefeller, de 1969, había señalado la urgencia de Estados Unidos en apoyar la protestantización latinoamericana como forma de evitar las exigencias sociales católicas. La lógica militar señala: católico, proguerrillero; evangélico, persona confiable. De ese país emana el dinero para financiar a las numerosas agrupaciones. Paralelamente se presenta el interés de estos grupos religiosos por participar políticamente. Se manifiesta primero con Ríos Montt y luego con Serrano, ambos excatólicos. Pasa el tiempo y toca el turno a las nuevas tendencias estadounidenses: las megaiglesias. Ese es el tema del próximo artículo.