ARCA DE ESPEJOS – El sueño de los justos (II)
Leer la historia en forma no- velada ha sido la primera escuela que hemos tenido aquellos que nutrimos nuestro conocimiento patrio en las obras de don José Milla y Vidaurre, pues sus libros fueron textos de cabecera en los hogares guatemaltecos, en especial en aquellos tiempos en que la lectura no conoció la competencia de la televisión.Se nota una desigualdad en el medio de entrega, porque, para nuestros pesares, parece que la cultura de la imagen es más impactante que la letra, aunque muy efímera, de manera que en la mesa de noche de muchos jóvenes, en lugar de un rimero de libros, gobierna su mundo un aparatito de control remoto que recoge el tema de su ilusión, ya que cuentan con algunos canales de cable que muestran hechos científicos, históricos, artísticos y demás, pero no son muchos, por cuanto que tienen que competir con la cursilería, el mal gusto y la chabacanería de la mayor parte. En fin, de todo provee el Señor en este tiempo pródigo en oportunidades.He tenido esto en mente al proseguir la lectura de la interesante novela de Pérez de Antón, que se ubica en la etapa final del régimen conservador, arrasado por la revolución liberal encabezada por Miguel García Granados y secundada por el caudillo Justo Rufino Barrios, entreverando en esos acontecimientos un drama de amor que se resuelve de manera noble por el sacrificio del varón que lo mismo que honra sus ideales políticos se dignifica salvando la vida de su contendiente en las lides del corazón.La novela tiene el desarrollo magistral de la intriga y el enredo, por lo que mantiene al lector pendiente del desenlace, y aunque algunas circunstancias son conocidas, la forma narrativa permite que se las explique en sus dimensiones sicológicas y sociales de unas personalidades complejas y difíciles. Por ejemplo, demuestra agudeza el enfoque comparativo entre la actitud moderada y serena de García Granados frente a la impulsiva y frenética de Barrios, situaciones que se han reproducido en nuestra historia, o sea que cada conductor pudo asumir su liderazgo según su temperamento, y es bien claro que si uno pudo haber sido lento, pero con perspectivas de madurar, el otro fue precipitado, pero efímero. En el libro encontramos una crítica dura contra prácticas de dominación y de poder, tanto política como religiosa. También se revelan las corruptelas de la intriga, la conspiración, las delaciones, los sobornos y las hipocresías. Es decir, un resumen del quehacer de una política cimarrona y caníbal que, con una civilización a cuestas, todavía persiste en el ahora y parece proyectada para el mañana.Como debe ser, la novela tampoco tiene obligación de agotar todos los sucesos del período, y menos ser apologista ni difamadora de los hechos, algunos de los cuales tiene que retratar con el recurso imaginario, pero que, por lo que se ha visto, muchas veces es superado por la realidad. Balance no lo hay, porque no es el propósito del novelista hacer ciencia, pero sí hace justicia a la revolución del 71, en cuanto apertura al modernismo de su tiempo, a pesar del alto costo que hubo de pagarse por los derechos humanos desquiciados. Barrios sale mal parado por su violencia, pero algo se deja entrever de su afán por cambiar una sociedad estratificada en clases.Así se retratan los horrendos fusilamientos en la plaza pública, ejecutados para escarmentar a los conspiradores y para ablandar a los adversarios, en escuela de represión que no ha dejado de tener discípulos corregidos y aumentados. pinto_flores@hotmail.com