La fiesta de Cristo Rey que hoy celebran las comunidades cristianas cierra el Año Litúrgico y expresa la centralidad de Jesucristo para la Iglesia, en el cosmos y en la existencia del ser humano.

En efecto, Cristo es el centro de la historia y, según una bella expresión de Juan Pablo II, en Novo Millennio Ineunte, Cristo es ?confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino?.

Ciertamente, hacia Él se encamina la humanidad entera y toda la creación. Todos están llamados a formar parte de su reinado y a vivir bajo su soberanía, incluso aquellos que no lo conocen, pero lo buscan con sincero corazón.

Por eso, la Iglesia en su liturgia de hoy proclama que el reinado de Jesús es eterno y universal, es un reinado de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz.

Es decir, que la realeza de Cristo no se expresa en el poder o esplendor de la Iglesia y sus jerarcas, sino que se visibiliza en el compromiso por la justicia, en la entrega servicial promotora de vida y en la vivencia de la caridad.

Tampoco el reinado de Cristo es equiparable a las prepotentes monarquías de antaño ni a las desteñidas de hoy; no se fundamenta en las estructuras de poder, opresivas y dominantes, propias del hombre que vive bajo la inspiración del Adán, que en la reflexión paulina es el responsable de la irrupción de la muerte en el mundo. (1 Corintios 15, 20-28).

Más bien, Cristo está reinando desde el acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección con la finalidad de poner a todos los enemigos debajo de sus pies, derrotando hasta el último que es la muerte y sometiendo todo el universo a su designio de amor y salvación.

Pablo presenta a Cristo como primicia de nuestra resurrección. Es, entonces, el primero de la serie, el primer fruto de una gran cosecha y la garantía cierta de la misma; además, Él está ligado a todos los que vienen detrás; de ahí que la solidaridad con Cristo es la clave de nuestra salvación.

Pablo tiene también una perspectiva muy dinámica del señorío de Cristo: el Reino de Cristo no está conquistado del todo. Vencerá progresivamente todo mal y, al final de los tiempos, entregará a su Padre el Reino completo, con todos los que han creído en él.

Mientras llega ese momento esperado y definitivo de la historia, vivamos bajo la soberanía de Cristo asumiendo ?una nueva comprensión teológica de la persona humana, del cosmos, de la historia, de la Iglesia y, por su puesto, del mismo Dios que se hace cercano y accesible en su misterio? (Documento de Participación, V Conferencia del episcopado latinoamericano, 42); y despleguemos todo nuestro entusiasmo y creatividad en el anuncio del Reino hasta que Dios sea todo para todos.

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