La buena noticiaOrgía de los disolutos

Víctor M. Ruano

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Se acabó la orgía de los disolutos, denuncia en tono enérgico el profeta Amos, al constatar la actitud irresponsable de los ricos y poderosos de su tiempo, que embriagados por las delicias del poder y la ostentación de sus riquezas eran ciegos e insensibles frente a las desgracias de sus hermanos.

Su crítica se dirigía a funcionarios del palacio real que asumían un estilo de vida lujoso, en contraste con las condiciones infrahumanas de la inmensa mayoría de la población. Aquella era una sociedad injusta que acentuaba sus desigualdades por la manera depravada con que se manejaban los asuntos públicos y por la conducta de sus líderes.

Ellos, dice Amos, viven tumbados en camas de marfil, banquetean espléndidamente, consumen perfumes costoso y viven hartos de los mejores licores. A sus orgías dionisíacas y lascivas unen el abandono del pueblo y el desprecio a los pobres. Viviendo de ese modo eran incapaces de ver la realidad que golpeaba a los pobres y de solidarizarse con ellos.

La clase política de este país reproduce vergonzosamente ese modelo. Ciegos que no se dan cuentan que están conduciendo al país a la catástrofe, malos políticos que explotan a su pueblo, sólo pensando en derrochar. El ejercicio del poder los convierte en cínicos y ambiciosos, en crueles y despiadados ante el dolor y sufrimiento de todo un pueblo postrado en la miseria.

Esa gente que hoy también vive en los palacios de gobierno y entre los ricos y famosos de del mundo, queda retratada en la parábola del llamado rico epulón que Jesús contó a los fariseos. (Lucas 16, 19-31) Ese hombre cuyo nombre se ignora, se vestía de púrpura y lino, banqueteaba espléndidamente cada día. Prototipo del hombre embelesado en la orgía de sus vicios.

A su lado vivía un pobre llamado Lázaro cubierto de llagas y con hambre, acompañado solo por los perros que lamían sus heridas. Es evidente el contraste del modo de vivir entre ambos así como el desenlace final. La orgía de los disolutos, que son pocos, contrasta con la miseria de los pobres, que son muchos.

El propósito de Jesús al contar esa parábola, no es condenar la riqueza, pues la riqueza en sí misma no es pecado. El pecado está en la ceguera del hombre rico que no le permite ver a su propio hermano que vive a la puerta de su casa, pobre, cubierto de llagas y hambriento. El pecado está en la insolidaridad de unas personas que toleran que unos derrochen, mientras otros mueren de hambre y de miseria.

La orgía de los disolutos sigue campante. A nivel nacional, lo demuestra la catástrofe de Camotán y Jocotán, enfrentada con responsabilidad por la sociedad civil y con indiferencia por las máximas autoridades del país.

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