CABILDO ABIERTOPeregrina de la desesperanza
Como la mayoría de los Estados pobres, Guatemala es un país expulsor de sus ciudadanos; con ellos emigra el sentido de patria y nuestra mayor riqueza: población y cultura. Ese es el precio que pagamos por adherirnos, como vagón de cola, al proyecto excluyente de globalización.
Eulalia Miguel, la joven canjobal de 16 años acusada en EE.UU. de matar a su hija, es la víctima que será sacrificada en el altar de la exclusión, donde se rinde culto a una posmodernidad de la cual no somos dignos.
?Me permito remitirle a la interfecta, sospechosa de homicidio, con las agravantes de ser indocumentada, pobre, mujer e india?; así rezaría, en español, el parte judicial de Eulalia, si ahora no cuidaran el lenguaje para aparecer como políticamente correctos, que es el eufemismo con el que hoy día se le denomina a la tendencia de seguir haciendo lo mismo, pero con discreción y recato.
Ignoro si la joven canjobal asfixió o no a su hija, al intentar ocultar su preñez y su parto, temerosa de ser expulsada de la casa y del país en los que era considerada paria. Sin embargo, no puedo olvidar que el Informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico da cuenta del doloroso testimonio de mujeres que, presas del mismo temor que Eulalia, asfixiaron involuntariamente a sus hijos al taparles la boca para acallar su llanto, cuando se ocultaban de la persecución de los soldados y de los patrulleros de autodefensa civil.
En ese contexto, dos asuntos tengo por ciertos: que los principales responsables de la muerte de la recién nacida son aquellos que han legitimado un mundo sin justicia, en aras del derecho ilimitado al lucro, y que sobre ella caerá todo el peso del racismo, del clasismo, del machismo y del espíritu de superioridad de quienes creen que EE.UU. es el gendarme del mundo, y que no le perdonarán haber burlado su frontera y haber cometido, presuntamente, un delito en su territorio.
Eulalia Miguel no tiene marido ni una familia integrada; es indocumentada, menor de edad, mujer e indígena; carece de dinero y trabajo; no entiende inglés y mal habla el español; no pertenece a ninguna organización y es ciudadana de un Estado que la ha abandonado a su suerte y con el cual EE.UU. está de pleito.
En otras palabras, es la víctima ideal para que los burócratas, que confunden la ley con la Justicia, lancen un mensaje de escarmiento a los migrantes pobres que, al pasar ilegalmente la frontera, dejan en ridículo a los sistemas de seguridad estadounidenses, empeñados en hacernos creer que son los únicos que pueden librarnos de la amenaza del terrorismo.
Por supuesto que ya nadie quiere recordar que la migración de Eulalia, como la de millones de latinoamericanos pobres, tiene su origen en las guerras que los distintos gobiernos de EE.UU. financiaron, y en un injusto sistema económico diseñado para favorecer a la metrópoli. La indígena canjobal será juzgada por un sistema legal punitivo, diseñado para castigar infractores, no para readaptar seres humanos ni entender sus motivaciones.
De entrada, se han violado sus derechos al mantenerla en una prisión para adultos y al no haberle provisto un intérprete canjobal para rendir su declaración; la Fiscalía ya anunció que pedirá que le impongan una pena de 30 años de cárcel, y el Jurado estará compuesto por ciudadanos anglófonos, que no saben ni dónde está ubicada Guatemala, que desconocen nuestras miserias y el racismo que sufren los indígenas, y que no entienden las razones que empujan a los pobres a migrar a un país que los trata como criminales.
Eulalia Miguel emigró del territorio Canjobal, que se ha reducido a las inhóspitas tierras altas de los Cuchumatanes, en Huehuetenango, uno de los departamentos más pobres de Guatemala: en 19 de sus 31 municipios se padece desnutrición crónica y los índices de pobreza alcanzan hasta un 95%.
Altísimas tasas de mortalidad infantil, analfabetismo, desempleo e insalubridad son la norma en una región de la cual huyen todos los que pueden, en dirección al norte.
Si algo le queda de dignidad y vergüenza al Canciller, debería asistir con todos los recursos del Estado a Eulalia Miguel, quien se ha convertido en una víctima de la injusticia globalizada, en una peregrina de la desesperanza.