CH.P.Elizabeth Bianchi
Eduardo José Cofiño, el Gringo Perdido, me envió hace poco una nota por internet. Me dijo que ?en este viaje de la vida se detenía un momento para enviarme un saludo?. La breve nota de ?el Chiqui? me cayó de perlas: me recordó, otra vez, que lo más importante en la vida es saber pasar ese mensaje de armonía y amor a quienes están subidos en el mundo en este momento, y en especial a aquellos por quienes sentimos en verdad algo. Las pocas palabras de ese ?mail? me trajeron a la mente muchos buenos, bellos e importantes momentos de lo que me ha tocado vivir. Por aparte, esta época es idónea para pensar y comunicar la esencia de este ?trip?.
Dentro de ese marco y recuperando el ambiente de Héroes Anónimos, la oportuna actividad que ha venido desarrollando acertadamente BANCAFE y Naciones Unidas, decidí utilizar mi columna para extender mi corazón, y saludar con todo mi cariño a una de las mujeres más extraordinarias que he conocido: Elizabeth Bianchi de Ligorría.
La primera vez que la vi fue al inicio de los años 70. Iba toda de blanco y el contraste que su vestido hacía con el color de su pelo negro era imposible de no admirar. Una cara preciosa y una sonrisa divina, reflejo de su espíritu, marcaron aquel momento. Salía de la casa de las hermanas Fernández (María del Carmen, Paty y Diana) en la zona 9.
Pregunté quién era. ?Es Elizabeth Bianchi, la novia de Julio Ligorría? , respondió alguno de los amigos que me acompañaban y que junto conmigo veía como aquella mujer tan linda se subía en el automóvil que la había llegado a recoger. Desde entonces la encontré y la admiré en cada ocasión que tuve la oportunidad de verla, siempre al lado del afortunado Julio, mi gran y querido amigo, quien -por si a alguien se le pudo haber olvidado- era ?y es- un tipo con una personalidad magnética, simpático, cuadrado y muy bien parecido. Los admiré también bailando en varias fiestas de colegios y quince años; eran el centro de atracción.
Pasaron los años y me enteré que se habían casado; muy jóvenes por cierto. La relación que mantuvieron fue siempre bastante refrescante, alegre, jovial, dulce, cariñosa y muy respetuosa. Pocos años después de su boda pasaron momentos difíciles, duros y complicados, en especial cuando arrancaba el proceso democrático en Guatemala, porque Julio, en su afán de hacer patria y aportarle Democracia a nuestro país, fue objeto de amenazas y atentados (hasta un bombazo que destruyó su casa) que hicieron que la pareja, con sus tres hijitos, se fuera al exilio.
Así aterrizaron en Miami en los años 80. El hombre tuvo que ir a trabajar muy duro (incluso limpiar cuartos en algunos hoteles de aquella ciudad) y a veces, a escondidas, sólo ante los ojos de su compañera, lloró amargamente. Ella compartió y vivió el dolor de su marido, pero también lo cuidó, lo fortaleció y lo apoyó en su lucha por levantarse. Y vaya que lo hizo. ¡Lo hicieron! Estando en aquella ciudad floridense llegó el huracán Andrew, que azotó fuertemente el área donde estaba la casa de los Ligorría Bianchi, la cual quedó destartalada por los vientos. En esa oportunidad Julio estaba en Guatemala y por teléfono mantuvo contacto con su Elizabeth, quien le relataba cómo todo alrededor se iba volando y ella protegía a sus pequeños de aquella tormenta encerrándose en el baño. Fueron momentos terribles para mi amigo, aunque la solidez de su esposa le permitió sobrevivirlos como se pueden sobrevivir esas circunstancias asfixiantes. Con los años, el éxito empresarial de Julio Ligorría Carballido llegó muy lejos, cruzó fronteras y lo ubicó al lado de los dos o tres más grandes consultores políticos del mundo. Y en el proceso para instalarse tan alto, Elizabeth participó. Todos los clientes, amigos, compañeros y hasta los enemigos de él, la adoran a ella. No me extrañaría que existiera ya un club de admiradores de la señora Bianchi de Ligorría. Una mujer ejemplar, excelente esposa, adorable madre, grandiosa amiga. En ella se entiende fácil y rápidamente ese refrán que dice que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Y en el caso de Elizabeth se puede agregar que además, bella, sumamente bella e inteligente, fuerte y sólida.
Hace mucho debí haber dicho esto y más a mi dilecta amiga, pero lo cierto es que no me había atrevido. Simplemente no me había atrevido. Elizabeth regresó a Miami junto con Julio y sus hijos hace algunos meses. Otra vez a Miami a enfrentar otra situación difícil y dura. Regresó a Miami a verse la cara, de nuevo, con la vida. Ella, no me cabe la menor duda, lo está haciendo con clase, con dulzura con fuerza y con Julio. Sus hijos con ellos.