La antorcha
América Latina, irrelevante en la ONU
América Latina llega en este contexto fragmentada, disminuida e irrelevante en su incidencia global.
El proceso para elegir al sucesor del actual secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el socialista António Guterres, cuyo segundo mandato concluye el 31 de diciembre, aún no se dilucida entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad con poder de veto: Estados Unidos, China, Rusia, Reino Unido y Francia (P5).
La ONU como mera caja de resonancia
Por práctica no escrita de rotación regional, corresponde a América Latina y el Caribe presentar candidaturas. Las propuestas que han estado sometiéndose a una examinación minuciosa privilegian perfiles tecnocráticos y de paridad de género con experiencia en el sistema de las Naciones Unidas, como es el caso de Rebeca Grynspan, destacada economista costarricense de amplia experiencia internacional a quien conozco personalmente. Sin embargo, su candidatura no ha logrado consenso en el P5.
Se aprecia una desconexión entre los perfiles de las candidaturas y los desafíos reales y complejos de la ONU. El mundo atraviesa una transición y transformación acelerada, que incluye la superinteligencia artificial, sin que se haya asentado una nueva visión compartida entre las potencias establecidas y las emergentes. América Latina llega en este contexto fragmentada, disminuida e irrelevante en su incidencia global. Sus candidaturas, aunque meritorias, no ofrecen el perfil que hoy exige el cargo: más cercano a un exjefe de Estado o canciller con acceso directo a los centros de poder incluyendo a las corporaciones tecnológicas de vanguardia, que a un tecnócrata de reconocida carrera profesional.
El sistema internacional actúa en polos multilaterales regionales, dejado a la ONU, la máxima representación mundial, como mera caja de resonancia.
En ese escenario, las potencias con mayores capacidades económicas, tecnológicas y militares, que son parte del Consejo de Seguridad, están involucradas directa o indirectamente en guerras de desgaste de un alto costo humanitario, económico y político de graves repercusiones globales, como la guerra de Rusia contra Ucrania que ha arrastrado y comprometido indirectamente a otros actores, así como las guerras en Medio Oriente de los últimos años. La más reciente es la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán, que ha afectado no solo a los actores del Golfo Pérsico sino a prácticamente a todos y cada uno de los países del mundo. Estas guerras han evidenciado nuevamente los límites del uso unilateral de la fuerza. En esas circunstancias, la Secretaría General no ha podido o no la han dejado ejercer el rol preventivo y de mediación que le asigna la Carta. Esa es una de sus funciones básicas incumplidas que debilita a la ONU.
Es indispensable un acuerdo previo entre los líderes, Donald J. Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin, que representan a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de mayor peso económico, avance tecnológico y militar del mundo, reconociendo que tienen sus propios y serios desafíos internos. Mantienen la disposición a establecer negociaciones, que siempre son complejas, pese a sus diferencias ideológicas, y guardando con extremo recelo sus intereses fundamentales geoestratégicos. Reino Unido y Francia si bien son también miembros permanentes del Consejo de Seguridad no tienen en estos momentos la incidencia global de EE. UU., China y Rusia.
Por supuesto, el consenso en el Consejo de Seguridad es una condición sine qua non, no solo para elegir al nuevo secretario general de la ONU sino para darle el mandato y respaldo necesarios de reformar y hacer más eficiente y transparente a la organización y devolverle capacidad para cumplir los objetivos de su Carta constitutiva.