Estado, empresa y sociedad

Aniversario 250

Estados Unidos, aun con su poder económico, científico y militar, enfrenta tensiones profundas.

En 2026, los Estados Unidos de América conmemoran 250 años de independencia. Guatemala conmemora 205. Dos fechas separadas por el tiempo, la geografía y el peso de la historia, pero unidas por una pregunta que no envejece: ¿de qué sirve proclamar la libertad si no se convierte en vida digna para los ciudadanos?

Ninguna relación madura se construye solo sobre intereses; necesita confianza, respeto y memoria.

La independencia no cabe en un acta ni se agota en una ceremonia. Es una promesa exigente. En 1776, la revolución norteamericana encendió una idea poderosa: que un pueblo podía gobernarse a sí mismo y que todos los hombres son creados iguales, dotados por el Creador de derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; aunque esa libertad, proclamada con solemnidad, haya tardado generaciones en ensancharse para incluir a todos.

Cuarenta y cinco años después, en 1821, previniendo “las consecuencias que serían temibles en caso la proclamase de hecho el mismo pueblo”, los principales de Guatemala decidieron proclamar la independencia del Reino de España; sin embargo, muchas de sus viejas cadenas —la desigualdad, la exclusión, la debilidad del Estado— siguieron pesando sobre la vida nacional. La historia recuerda, una y otra vez, que no basta cambiar de bandera (como hizo Gabino Gaínza), si no cambia también la vida de la gente.

La relación entre Estados Unidos y Guatemala, establecida formalmente en 1849, también forma parte de esta reflexión. Ha sido cercana, intensa y, por momentos, áspera, pasando por haber tumbado en 1954 al gobierno izquierdista de Árbenz, por encargo de la United Fruit Company (operación PBSUCCESS de la CIA), hasta haber sido el país que más ayudó para el terremoto de 1976, además de otras colaboraciones entre naciones que se consideran amigas, aliadas y socias.

Nos unen el comercio, la cooperación, las inversiones, la seguridad, la migración, la educación y muchísimos lazos familiares. Pero también debemos mirar de frente las asimetrías, los episodios difíciles y los desafíos compartidos: defender la democracia, combatir la corrupción, crear oportunidades y poner la dignidad humana por encima del temor. Ninguna relación madura se construye solo sobre intereses; necesita confianza, respeto y memoria.

Estos aniversarios no son vitrinas para admirar el pasado; son espejos incómodos del presente. El abolicionista Wendell Phillips, en 1852 dijo: “Vigilancia eterna es el precio de la libertad; el poder siempre está robando de muchos a unos pocos” (erróneamente atribuida a Thomas Jefferson); pero la frase conserva vigencia cuando las democracias se debilitan por indiferencia, polarización o abuso de poder.

Estados Unidos, aun con su poder económico, científico y militar, enfrenta tensiones profundas sobre cohesión social, confianza institucional y destino democrático. Guatemala, con una república más joven y una memoria todavía herida, continúa buscando que la independencia formal se traduzca en ciudadanía real: justicia que llegue, educación que abra puertas, seguridad que no sea privilegio y oportunidades que no dependan del lugar donde se nace.

Conmemorar la independencia no debería ser un acto de nostalgia, sino de responsabilidad. Para los Estados Unidos, el cuarto de milenio puede ser ocasión para renovar su pacto democrático. Para Guatemala, los 205 años deben ser un llamado a no resignarse al desencanto. Entre ambos países hay historia, interés y vecindad; debería haber, también, respeto, corresponsabilidad y esperanza. Al final, la libertad no se hereda como una medalla ni se guarda como reliquia: se ejerce, se cuida y se honra todos los días. Enhorabuena por los estadounidenses.

ESCRITO POR:

José Alejandro Arévalo

Profesional, especialista en banca y finanzas. Profesor universitario. Consultor independiente.