La antorcha
Arévalo: ausente e irrelevante
Guatemala se está perfilando como un país en la región nuevamente vulnerable.
En los márgenes del deslucido 81 período de sesiones de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en la que Guatemala tuvo una anodina e intrascendente intervención, se celebró la segunda reunión de mandatarios latinoamericanos y caribeños del denominado Escudo de las Américas, una coalición multinacional que ha priorizado la lucha regional coordinada contra las redes transnacionales del narcoterrorismo, promovida por el presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump.
Guatemala se adentra en estos momentos en una encrucijada.
En este grupo de países, de gobiernos electos en procesos democráticos y afines en la prioridad de seguridad, convocados por los Estados Unidos, participa la mayoría de miembros del Sistema de la Integración Centroamericana (Sica): El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá y República Dominicana. Ha sido notoria desde la primera reunión de mandatarios de estos países la ausencia del presidente de Guatemala, Bernardo Arévalo de León, a quien lo han deliberadamente excluido, quizá por considerarlo irrelevante.
La agenda del Escudo de las Américas ha avanzado a tal punto que en Nueva York se acordó iniciar, en el marco de la Organización de Estados Americanos (OEA), un proceso que conduzca a la activación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (Tiar) frente a las nuevas amenazas del narcoterrorismo. Redes que están presentes y actuando coordinadamente en todos y cada uno de los países de la región, violando la soberanía de los Estados, y que en Guatemala se expresan, como bien lo sabemos y lo sufrimos los guatemaltecos, en crimen organizado, maras, sicariato, lavado de recursos, trata de personas, extorsión, cooptación institucional, control territorial, corrupción e impunidad.
El Tiar, que entró en vigencia en 1948, fue concebido en la Guerra Fría como un mecanismo de defensa mutua frente a la expansión soviética. Ese andamiaje jurídico sirvió para aislar, en 1954, al gobierno de Jacobo Árbenz Guzmán, pese a la defensa internacional de su canciller, Guillermo Toriello. Hoy, el Tiar se plantea bajo otra lógica principal, el narcoterrorismo transnacional como amenaza a la soberanía, pero la línea original geopolítica e ideológica no ha desaparecido del todo: Estados Unidos, además de priorizar la seguridad hemisférica, mantiene y ha endurecido la presión sobre los dos regímenes comunistas que persisten en la región, Cuba y Nicaragua. Además, se ha manifestado con claridad que el hemisferio occidental debe estar libre de influencias malignas de carácter geopolítico.
La OEA y el Tiar son, en esas vertientes, las instancias multilaterales oportunas.
Si bien el Escudo de las Américas prevé profundizar las consultas, la colaboración, la cooperación, la coordinación y el apoyo mutuo en situaciones en que se vulneran las soberanías de los Estados, Guatemala se adentra en estos momentos en una encrucijada.
Las graves circunstancias y los sucesos trágicos ocurridos en Huité, Zacapa, son hechos que pusieron en entredicho la efectividad de la institucionalidad del sistema de seguridad nacional. Guatemala se está perfilando como un país en la región nuevamente vulnerable, en el que el crimen organizado tiene al parecer en jaque al Gobierno.
El presidente Arévalo no solo no es tomado en cuenta en la instancia de mandatarios del Escudo de las Américas, sino que su rol como comandante general de las Fuerzas Armadas del país está siendo seriamente cuestionado. Luce, en estas circunstancias, ausente e irrelevante, cuando se agudizan las amenazas de los poderosos tentáculos del narcoterrorismo transnacional.