Godot ha llegado
China, Estados Unidos y la disputa por el siglo XXI
La competencia entre Estados Unidos y China definirá el nuevo orden mundial del siglo XXI.
Durante las últimas décadas el orden internacional se organizó en torno a un centro de gravedad que ha sido Estados Unidos tanto en lo económico, tecnológico y militar. Hoy dicho centro está siendo retado por China que dejó de ser “la maquila del mundo” para convertirse en un actor que disputa la primacía comercial, tecnológica y militar que Estados Unidos daba por garantizada. Lo que presenciamos no es un conflicto pasajero, sino una competencia estructural de carácter geopolítico que que definirá el nuevo orden internacional.
El resto del mundo, y en particular América Latina, no es un espectador pasivo.
La dimensión económica es la más visible. China se ha convertido en el principal socio comercial de decenas de países en desarrollo, especialmente a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Washington, por su parte, ha respondido con aranceles, controles a la exportación de semiconductores y una política industrial para revitalizar su manufactura interna. El resultado es una economía mundial cada vez más fragmentada, donde el concepto de desacoplamiento (cuando el crecimiento económico de un país se separa o “desaclopa” de la crisis de otro mercado global) dejó de ser una hipótesis académica para convertirse en una política de Estado. El caso latinoamericano es el más notorio puesto que en los últimos años China se ha convertido en el principal socio comercial de la mayoría de países de Sudamérica.
La tecnología es, quizás, el frente más decisivo. La inteligencia artificial, los semiconductores avanzados y las telecomunicaciones 5G se han transformado en activos estratégicos comparables a los recursos energéticos del siglo pasado. Estados Unidos mantiene ventaja en diseño de chips y modelos de inteligencia artificial de frontera, pero China avanza con rapidez, apoyada en inversión estatal masiva y en un ecosistema industrial capaz de escalar producción a un ritmo que Occidente no siempre logra igualar. Cada restricción impuesta por uno genera, casi de inmediato, una respuesta de sustitución o represalia del otro.
En el plano militar, la competencia se concentra en la región de los océanos Índico y Pacífico. La modernización naval china, el fortalecimiento de alianzas como la de Australia, Reino Unido y Estados Unidos y la presión sobre Taiwán y el Mar de China Meridional configuran un escenario donde un cálculo erróneo podría tener consecuencias catastróficas. A diferencia de la Guerra Fría, ambas economías están profundamente interconectadas, lo que reduce ciertos riesgos pero complica cualquier desescalada limpia.
Sin embargo, sería un error reducir esta rivalidad a un simple choque bipolar. El resto del mundo, y en particular América Latina, no es un espectador pasivo. Muchos países buscan beneficiarse de la competencia sin alinearse por completo con ninguno de los dos bloques, negociando inversión china en infraestructura mientras mantienen lazos comerciales y de seguridad con Washington. Esta actitud pragmática podría convertirse en la característica definitoria de una nueva guerra fría pero bajo estás res características: economía, tecnología y poder militar.
Lo cierto es que ni China desplazará a Estados Unidos de la noche a la mañana, ni Washington logrará contener indefinidamente el ascenso chino. La pregunta relevante no es quién ganará, sino si ambas potencias sabrán gestionar su rivalidad sin arrastrar al planeta a una confrontación abierta. De esa gestión, más que de cualquier tratado o cumbre, dependerá la estabilidad del orden internacional en las próximas décadas. Sobre este tema y su impacto para Guatemala profundizaré en el XXI Congreso Industrial como ponente en el panel Geoeconomía y Nuevo Entorno Global el próximo viernes 11 del mes en curso. ¡Feliz domingo!