La buena noticia
Como a ti mismo
La igual dignidad del ser humano no es un concepto puramente abstracto o teológico.
El ser humano posee un valor absoluto en sí mismo, una cualidad que desde la tradición ontológica y personalista se define bajo el concepto de dignidad. Por ello, ninguna persona debe ser tratada jamás simplemente como un medio o instrumento útil al servicio de otros fines. Esta dignidad no es un mérito que se gana ni un estatus que se adquiere; se fundamenta en sí misma: en la capacidad humana para usar la razón, discernir el bien del mal, ejercer la libertad y actuar con responsabilidad moral.
La igual dignidad del ser humano no es un concepto puramente abstracto o teológico; ha sido el pilar de la convivencia humana. Ha quedado reconocida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, documento que afirma que la dignidad es un atributo inherente, inalienable y preexistente a cualquier ordenamiento jurídico. En otras palabras, los derechos y el valor del individuo no son un privilegio otorgado de forma benévola por el Estado o los gobiernos, sino una realidad anterior que las leyes civiles tienen la obligación de reconocer, proteger y garantizar.
Para las tradiciones judeocristianas, este concepto adquiere una profundidad aún mayor. Aquí, la dignidad del ser humano emana de un vínculo íntimo con Dios, al entender que cada persona participa de la realidad divina. Bajo esta realidad trascendental, cualquier barrera u obstáculo queda superado. Ninguna condición social, origen étnico, situación económica o capacidad física tiene el poder de disminuir esta condición ontológica. Así, la dignidad permanece inalterable ante la realidad de la enfermedad, la crudeza de la marginación social o cualquier situación de vulnerabilidad existente. El valor del ser humano es inmune a las circunstancias del mundo.
“Trata a los demás como quieres ser tratado”.
A la luz de estas verdades, la invitación del evangelio de este domingo adquiere un sentido apremiante: amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos. Esto no es un simple sentimentalismo, sino una llamada urgente a practicar el bien de manera activa y deliberada. Existe un dinamismo asombroso en el acto de hacer el bien: el amor practicado hacia el prójimo, al mismo tiempo que reconoce y custodia la dignidad de ese “otro”, dignifica en igual medida a quien lo practica. De la misma forma, las acciones orientadas al mal degradan en primera instancia a su autor. Los actos injustos son indignos porque corrompen la vida moral de quien los comete. Por lo tanto, el amor auténtico al prójimo se convierte en la forma más pura y paradójica de amarnos a nosotros mismos.
La naturaleza humana guarda una “contradicción” íntima que conviene analizar: nadie desea conscientemente el mal para sí mismo. Incluso cuando realizamos actos equivocados que atentan contra nuestra propia integridad lo hacemos bajo el engaño de percibir en ellos un beneficio inmediato o un bien aparente. Si aplicamos esta lógica de forma universal, nadie debería desear el mal para los otros. El daño infligido al prójimo trae como consecuencia directa la degradación moral y psicológica de quien lo practica, traduciéndose en su propio mal. Por esta razón, la sabiduría popular acuñó la regla de oro que reza: “Trata a los demás como quieres ser tratado”.
El bien hecho al otro, además de asegurar una vida más pacífica y sana, nos permite amar al Creador. Así lo afirma Santo Tomás de Aquino: cuando es amado el hombre, es amado Dios, ya que el hombre es imagen de Dios.
Como podemos apreciar, la práctica del bien al prójimo nos lleva a ejercer acciones de trascendencia, porque se trata de amar a otros que son distintos a mí, pero no son más que yo, y amar a un Otro que no solo es distinto a mí, sino que, además, es más que yo. “Hagamos el bien sin mirar a quién”.