Construyendo ideas
Cuando el pacto se volvió consenso
Hasta que necesitaron hacer lo mismo. Entonces el pacto se volvió consenso.
Durante años, la política guatemalteca encontró una frase para explicar cualquier acuerdo incómodo: “pacto de corruptos”. Si determinadas bancadas negociaban, era pacto; si conseguían los votos, había algo oscuro detrás; y si partidos distintos coincidían, la explicación era automática: se habían puesto de acuerdo para proteger intereses. Hasta que llegó el momento de necesitar los votos.
Lo ocurrido esta semana con Jonathan Menkos retrata esa contradicción. Menkos dejó el Ministerio de Finanzas para asumir la Presidencia del Banco de Guatemala, y el 1 de octubre fue juramentado. Ocho días después, la Corte de Constitucionalidad suspendió provisionalmente su nombramiento, al considerar incompatible su calidad de diputado con la presidencia del banco central.
Menkos volvió entonces al Congreso y prácticamente llegó para volver a irse. El 13 de octubre, el pleno le concedió un nuevo permiso para regresar al Ministerio de Finanzas. La autorización obtuvo 119 votos. En un Congreso fragmentado, alcanzar esa cantidad requiere negociar y sumar apoyos de fuerzas distintas. Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿dónde quedó el “pacto de corruptos”?
Aclaremos algo. Negociar no es corrupción, y construir mayorías tampoco. La democracia exige acuerdos, y cualquier gobierno que no tenga mayoría necesita buscar votos. Ese no es el problema. El problema es la doble vara con la que durante años se juzgó esa misma práctica cuando la realizaban otros.
Se intentó convencer a los guatemaltecos de que cuando determinados partidos negociaban existía un pacto oscuro. Las alianzas eran sospechosas y los acuerdos entre adversarios se presentaban como componendas. Pero ahora, cuando esos mismos votos son necesarios para una decisión que favorece al oficialismo, aquello que antes se condenaba parece llamarse consenso. Lo que ayer era pacto, hoy es gobernabilidad; lo que ayer era componenda, hoy es construcción de acuerdos; y lo que ayer generaba indignación, hoy parece ser simplemente política.
La política funciona con acuerdos: los diputados negocian, los gobiernos buscan mayorías y las bancadas pueden enfrentarse hoy y coincidir mañana.
No porque quienes votaron a favor de Menkos sean corruptos ni porque exista algo ilegal en que el Congreso conceda una licencia contemplada por la Constitución. Convertir cada votación en una acusación de corrupción sería repetir el error que estamos cuestionando. La discusión es otra: ¿qué habría ocurrido si la misma secuencia hubiera sucedido durante un gobierno anterior?
Un funcionario sale de un ministerio, llega al Banco de Guatemala, su nombramiento es frenado por la Corte, vuelve al Congreso y pocos días después consigue más de cien votos para regresar al Ejecutivo. ¿Habríamos escuchado la palabra consenso? Tengo mis dudas. Probablemente habríamos escuchado nuevamente aquella expresión que durante años sirvió para dividir la política entre buenos y malos: “pacto de corruptos”.
Por eso tal vez llegó el momento de jubilarla. No porque la corrupción haya desaparecido, Guatemala sigue teniendo enormes desafíos de transparencia e institucionalidad, sino porque la realidad dejó claro que negociar votos no convierte automáticamente a nadie en corrupto. La política funciona con acuerdos: los diputados negocian, los gobiernos buscan mayorías y las bancadas pueden enfrentarse hoy y coincidir mañana.
La diferencia es que algunos construyeron su discurso señalando esa práctica como prueba de corrupción cuando la realizaban sus adversarios. Hasta que necesitaron hacer lo mismo. Entonces el pacto se volvió consenso.
En lugar de seguir preguntando quiénes son los buenos y quiénes los malos, deberíamos exigir las mismas reglas para todos: transparencia, legalidad, coherencia y rendición de cuentas. Al final, el problema nunca fue sentarse a negociar. El problema fue hacernos creer que solo era pecado cuando negociaban los otros.