Meta humanos
Cuando vivir se convierte en sobrevivir
Quizá también necesitamos aprender que una sociedad no puede vivir permanentemente en modo sobrevivencia.
Hay algo que hemos normalizado como sociedad: vivir cansados. Corremos de una responsabilidad a otra, llenamos nuestros días de pendientes y aprendemos a medir nuestro valor por cuánto hacemos. Descansar parece un premio que llegará después. Tener tiempo para respirar, hacer ejercicio, salir a la naturaleza o simplemente detenerse se ha convertido en un lujo. Y quizá el problema está precisamente ahí: hemos empezado a tratar como lujos algunas de las cosas que necesitamos para vivir bien.
Hace algunos artículos hablé sobre la importancia de no quemar el motor. De tomar pausas, de no acelerar tanto que termines destruyéndote por dentro. Pero hoy quiero escribir algo que no dije entonces: ¿qué pasa cuando el motor ya se quemó? ¿Qué pasa cuando ya estás perdido y no sabes desde dónde volver a empezar? Porque una cosa es hablar de evitarlo, otra es saber qué hacer cuando ya ocurrió.
Yo soy una persona autoexigente, es mi debilidad y mi fortaleza al mismo tiempo. Y esa autoexigencia muchas veces me ha llevado a creer que tengo que hacer todo bien, que todo tiene que salir bien, que no hay espacio para el error ni para la pausa. Que si me pierdo, si dudo, si no sé qué hacer, es porque algo está mal en mí. Que no tengo tiempo para esto. Que tengo que seguir adelante sin importar cómo me sienta por dentro.
Y creo que no soy el único. Vivimos en una época que premia la claridad. Tener un plan, saber hacia dónde vas, ser productivo, avanzar. Cuando alguien se detiene, cambia de rumbo o simplemente no sabe qué quiere, lo interpretamos como que se está quedando atrás. Las redes sociales lo hacen peor. Todos parecen tener éxito, dinero, dirección. Uno se compara. Tienen mi edad y tienen más que yo. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Por qué ellos sí y yo no?
El problema es que esta lógica de vivir siempre hacia delante no afecta únicamente a quien la experimenta. Afecta también la forma en que convivimos. Un padre agotado llega a casa con menos paciencia. Un educador que vive bajo presión tiene menos espacio para escuchar. Un estudiante que siente que siempre debe rendir, fácilmente pierde el gusto a aprender. Un trabajador que nunca se detiene termina creyendo que descansar es fallar.
Vivimos en una época que premia la claridad.
Y así, poco a poco, la sobrevivencia se convierte en una forma de vida. Nos acostumbramos a funcionar cansados, a comer rápido, a dormir cuando se puede, a dejar el ejercicio para después, a pasar poco tiempo al aire libre. No porque no sepamos que estas cosas nos hacen bien, sino porque sentimos que siempre hay algo más urgente que hacer.
Pero una persona no puede dar indefinidamente desde un lugar vacío. Quizá necesitamos dejar de pensar que detenernos es algo que hacemos únicamente cuando ya no podemos más. La pausa también es parte del camino. La serenidad también es productiva, aunque no produzca algo que podamos medir. El ejercicio no debería ser solamente una forma de cambiar nuestro cuerpo. La naturaleza no debería ser un escape ocasional. Respirar profundamente no debería ser algo que recordamos cuando estamos al límite. Son espacios que nos permiten recuperar algo que el ritmo de vida muchas veces nos quita: la capacidad de estar presentes.
Y cuando una persona tiene ese espacio, algo cambia. Cambia la manera en que piensa, aprende, trabaja, educa y se relaciona con los demás.
Quizá también necesitamos aprender que una sociedad no puede vivir permanentemente en modo sobrevivencia. Que nuestros padres, educadores, estudiantes y trabajadores necesitan algo más que exigencia para poder dar lo mejor de sí mismos. Necesitan espacios para detenerse, recuperar el aire, moverse, descansar y volver a encontrarse.