Reflexiones sobre el deber ser

Cuarenta y tres años de docencia universitaria

Los discípulos son la biografía del maestro.

En 1984 fui invitado, por primera vez, a impartir una cátedra universitaria. Recuerdo que, además de que me sentí honrado por la designación, me sentí abrumado por el desafío que aquello entrañaba. Y no era para menos, porque si no daba la talla no solo defraudaría a quienes me confiaron la responsabilidad docente, sino que también fallaría a los estudiantes con quienes compartiría en el proceso educativo.


Este año, 2026, se cumplen 43 años desde que me inicié como profesor universitario. Año tras año, he venido renovando mi compromiso con la educación, a través de la cual se accede a las fuentes del saber (ciencia y técnica), así como se ejercitan la comunicación eficaz, el pensamiento crítico y cooperación inteligente, que son herramientas básicas para el desarrollo personal y profesional. Carlos Fuentes sostiene: “El capital productivo no crecerá sin el capital social y este no aumentará sin el capital educativo”.


El docente debe actualizarse en conocimientos y tecnología educativa, en función de que el proceso educativo se renueve y los alumnos se nutran de nuevos enfoques, criterios, experiencias y desarrollos. Al efecto, la disciplina, el estudio y la reflexión son deberes del educador.


Por otro lado, el maestro debe ser un agente renovador, para que la educación sea un factor de aceleración del cambio socioeconómico, político y cultural. Al respecto, Carl Sagan afirma: “La ciencia puede ser el camino dorado para que las naciones en vías de desarrollo salgan de la pobreza y el atraso”. Por lo tanto, una sociedad que apuesta al futuro, que no desea rezagarse de este, debe invertir en educación; y, asimismo, garantizar a la población calidad educativa y acceso seguro a las fuentes del saber. Además, la educación vitalicia debe incentivarse, porque es absurdo que los profesionales no se actualicen en un mundo cambiante.

Un proverbio hindú dice: “Con mis maestros he aprendido mucho; con mis colegas, más; con mis alumnos, todavía más”.


La educación debe ser universal, no elitista ni excluyente, así como pertinente. Todos deben tener derecho a la educación y no solo unos pocos. Una sociedad exitosa apuesta por la educación, por lo que sus líderes no escatiman esfuerzos en capacitación y especialización, así como en asegurar que el proceso de enseñanza-aprendizaje no esté supeditado a ideologías o sectarismos. No son los recursos naturales los que hacen rica a una nación, sino su gente capaz de imaginar, crear, hacer, cuestionar, competir y reinventarse.


El mayor reto de un profesor no es proyectar su talento, conocimiento y experiencia, ni su éxito se traduce en transmitir sus valores y virtudes a los alumnos, sino en ser ejemplo de vida, modelo a seguir y fuente de inspiración. Turgot dice: “El principio de la educación es predicar con el ejemplo”, en tanto que Domingo Faustino Sarmiento afirma: “Los discípulos son la biografía del maestro”.


Mi proyección social más edificante ha sido interactuar con estudiantes, así como sembrar en ellos el amor al estudio y el espíritu crítico. Confieso que no solo he enseñado, sino he aprendido con mis alumnos. En ese sentido, un proverbio hindú dice: “Con mis maestros he aprendido mucho; con mis colegas, más; con mis alumnos, todavía más”.


En esta brega de eternidades me he guiado por el consejo de Plutarco, que reza: “Los cerebros no son vasos que hay que llenar, sino lámparas que hay que encender”. La iluminación de conciencias es vital en la construcción del espíritu democrático y en la lucha contra la intolerancia, la corrupción, el oscurantismo, el crimen organizado y el despotismo, cuyos apologistas se empeñan en atacar el ejercicio de las libertades de expresión y de cátedra.

ESCRITO POR:

Mario Fuentes Destarac

Abogado constitucionalista