Imagen es percepción
Detrás de bambalinas de la elección del contralor
Con una firma, el próximo contralor podrá abrir o cerrar el camino hacia las elecciones de 2027.
En los próximos meses, Guatemala elegirá a un nuevo contralor general de Cuentas. Para muchos ciudadanos será una noticia más dentro del interminable calendario político. Sin embargo, pocas decisiones tienen un impacto tan profundo sobre el funcionamiento del Estado como la designación del funcionario encargado de vigilar el uso del dinero que pertenece a todos los guatemaltecos.
El contralor rara vez ocupa titulares por las razones correctas. Su trabajo transcurre lejos de los reflectores, supuestamente entre auditorías e informes. Pero precisamente ahí reside su importancia, pues esta persona debería ser, en cierto sentido, el auditor “independiente” del Estado. Pero no olvidemos que los verdaderos accionistas del país son los contribuyentes, que sostienen el presupuesto con el fruto de su trabajo. Cuando esa vigilancia falla, aparecen las obras sobrevaloradas, los hospitales sin medicamentos, las escuelas inconclusas. Detrás de cada quetzal desperdiciado hay una oportunidad perdida para mejorar la vida de miles de personas.
Pero el contralor no solo mira hacia atrás. También tiene, sin que la mayoría lo sepa, la llave de quién puede aspirar al futuro. Cada persona que quiere inscribirse como candidato necesita el “finiquito”. La constancia de que no arrastra procesos abiertos por manejo indebido de fondos públicos. Es un trámite administrativo que, en la práctica, funciona como filtro de entrada a la política guatemalteca. Quien dirija la Contraloría en los próximos años va a decidir, con la firma de un documento, quién puede competir en las elecciones de 2027 y quién queda fuera antes incluso de empezar.
El contralor tiene una importante doble función, fiscalizar el gasto público y, de paso, abrir o cerrar la puerta electoral.
Esa doble función —fiscalizar el gasto público y, de paso, abrir o cerrar la puerta electoral— es lo que convierte esta elección en algo que merece más atención de la habitual. El mecanismo de selección involucra a rectores, decanos y colegios profesionales, que en conjunto entregan al Congreso una nómina de candidatos. Ya en esta primera etapa han surgido señales de que ciertos actores, con procesos judiciales pendientes ante la propia Contraloría, buscan ganar espacio en las instancias que definirán al próximo titular. Quien necesita resolver su situación legal tiene interés en influir sobre quién ocupará, mañana, esa silla. Por ahora, esos intentos no han logrado imponerse, pero el proceso apenas comienza.
Guatemala ya conoce, por experiencia reciente, lo que ocurre cuando los procesos de selección de altos cargos terminan capturados por intereses ajenos al mérito. Guatemala necesita una contraloría técnicamente competente, jurídicamente sólida y, sobre todo, independiente. La independencia no es un atributo decorativo; es la condición indispensable para fiscalizar con objetividad, incluso cuando las conclusiones resulten incómodas para quienes administran los recursos públicos. La Constitución la concibió como uno de los principales mecanismos de control del Estado, no para obstaculizar la gestión pública, sino para protegerla de los abusos y fortalecer la confianza ciudadana. Una administración honesta no debería temer una auditoría rigurosa; debería verla como la mejor prueba de que actúa correctamente.
Dentro de algunos años, pocos recordarán el día exacto en que fue elegido el próximo contralor general de Cuentas. Lo que sí permanecerá será la calidad de las decisiones que adopte durante su mandato. Porque, al final, la fortaleza de un país no depende únicamente de quienes gobiernan, sino también de quienes tienen el deber de vigilarlos. Allí radica la verdadera importancia del centinela de los quetzales. Por esto es importante que los guatemaltecos fiscalicemos esta elección del inicio hasta el final.