Civitas
El lobo dejó de soplar… ¿y ahora quién será el culpable?
Y en esa guerra permanente, el oficialismo encontró algo extraordinariamente útil para su gestión, que fue una explicación universal disponible para cualquier ocasión.
Todos crecimos con la historia de los tres cerditos. Era la excusa perfecta para no construir bien, para vivir asustados, para echarle la culpa al lobo de todo lo que no funcionaba en el bosque. Mientras el lobo soplara contra las paredes, cualquier casa mal hecha tenía justificación. La paja se caía por culpa del lobo, la madera se rompía por culpa del lobo y hasta las cosechas malas se explicaban porque el lobo andaba merodeando. Lo curioso de aquella historia es que nunca nos preguntamos qué pasaría el día en que el lobo finalmente se fuera del bosque, porque la respuesta es incómoda, ya que ese día los cerditos tendrían que construir de verdad.
Después de ocho años, Consuelo Porras dejó oficialmente la jefatura del Ministerio Público (MP), y con su salida también se marchó el argumento que durante dos años sirvió para explicar cada estancamiento de este gobierno. Conviene recordar cómo llegamos hasta aquí. Durante la campaña, Bernardo Arévalo prometió que sacar a la fiscal general sería una de sus primeras acciones de gobierno y, una vez en el poder, intentó cumplirlo por varias vías que terminaron sin éxito. Se comprometió a exigir la renuncia de Porras como uno de sus primeros actos e intentó reformar la ley que le impedía despedirla, pero su petición fue ignorada por el Congreso. Lo que finalmente retiró a Porras del cargo no fue una decisión presidencial ni una gestión política exitosa, sino el simple cumplimiento del período constitucional que la ley siempre tuvo previsto.
Esa distinción importa porque revela el verdadero costo de estos dos años de enfrentamiento institucional. Ese pulso permanente desgastó a las dos instituciones, ya que es difícil que estas funcionen con normalidad cuando el presidente y la fiscal general están en guerra. Y, en esa guerra permanente, el oficialismo encontró algo extraordinariamente útil para su gestión, que fue una explicación universal disponible para cualquier ocasión. Cada obra postergada, cada promesa de campaña diluida en el tiempo encontraba refugio en la misma explicación, donde el MP aparecía como el obstáculo que impedía gobernar con normalidad.
El nuevo fiscal general asumió con un discurso de independencia y modernización institucional que el propio Ejecutivo celebró como el inicio de una nueva etapa.
Hoy, ese argumento ya no existe, porque el nuevo fiscal general asumió con un discurso de independencia que el propio Ejecutivo celebró como el inicio de una nueva etapa. La pregunta legítima que los guatemaltecos tienen derecho a formularse en voz alta es si efectivamente comenzará ahora la ejecución que tanto se prometió, con resultados visibles en seguridad, infraestructura, salud, educación e inversión pública, o si en cambio aparecerá pronto un nuevo personaje en la narrativa oficial que ocupe el lugar que dejó vacante el conflicto con Porras.
La historia que viene puede contarse de dos maneras igualmente plausibles, y prefiero dejar al lector la decisión sobre cuál considera más probable. En la primera versión, el Gobierno asume que el cambio en el MP representa una oportunidad real para concentrarse en gobernar, y los próximos meses traen resultados medibles. En la segunda versión, en algunas semanas comenzará a perfilarse un nuevo antagonista, posiblemente el Congreso, posiblemente el sector empresarial, posiblemente alguna otra figura que permita mantener viva la historia del asedio permanente contra un gobierno que se presenta como víctima estructural del sistema.
Quienes creemos en la República exigimos coherencia entre las palabras de campaña y los hechos de gobierno. El lobo ya no está rondando la casa. Las paredes que sigan cayéndose a partir de ahora tendrán que explicarse de otra manera, porque la fábula ya cambió de capítulo y el bosque entero está esperando ver si los cerditos por fin saben
construir.