Meta Humanos
El poder ciudadano
Construir futuro exige algo más profundo que cambiar nombres en los cargos públicos. Exige revisar las reglas del juego.
Los ciudadanos salimos perdiendo en este juego al que llamamos democracia. Y lo más frustrante no es perder; lo más frustrante es sentir que, cada vez que al fin metemos gol, alguien encuentra la forma de anularlo. Nos dicen que juguemos, que participemos, que votemos, que confiemos en las instituciones. Pero cuando la ciudadanía se organiza, cuando empieza a mover el marcador, aparece una revisión interminable, una decisión tomada en otro lugar, lejos de la cancha y lejos de la gente. ¿Por qué pasa esto? El juego parece diseñado para que perdamos. La cancha está inclinada desde el inicio. De poco sirve tener a los mejores jugadores si el árbitro ya tomó una decisión de quién debe ganar. Nos dejan jugar, pero no nos dejan ganar.
Nos acostumbraron a creer que la democracia consiste únicamente en votar cada cuatro años. Nos dijeron que el ciudadano debía ser espectador, no jugador. Que nuestra función era aplaudir, reclamar desde la grada, indignarnos un rato y luego volver a casa. Un país no cambia si sus ciudadanos se quedan viendo el partido desde fuera. Un país cambia cuando la gente entiende que la cancha también le pertenece. Durante años nos han convencido de que no tenemos fuerza, que estamos solos, que nada cambia, que cualquier intento de transformación está condenado al fracaso. Esa es quizá la trampa más peligrosa: la resignación de que nada puede ser diferente, un pueblo resignado no necesita cadenas; aprende a quedarse inmóvil.
Construir futuro exige algo más profundo que cambiar nombres en los cargos públicos; exige revisar las reglas del juego. Como joven, me alegra ver que la ciudadanía está evolucionando. Veo en mis círculos sociales que circulan preguntas importantes. Y esto es esencial, porque: ¿queremos seguir jugando en una cancha inclinada o queremos atrevernos a nivelar?
¿Qué hemos aprendido? ¿Qué cambios necesitamos? ¿Cómo los provocamos?
Nuestra Constitución cumple 40 años, y hoy podemos ver atrás y reconocer qué cosas funcionan y cuáles no. Podemos comprender qué cambios son necesarios en un futuro cercano para hacer posibles resultados diferentes. Al hacer este análisis, me encuentro prestando especial atención al sector justicia. Son cambios en este sector los más importantes, porque es necesario que los puestos judiciales sean nombrados por carrera y no por intereses políticos. En Guatemala todo pasa por los jueces, y por medio de esta reforma se puede garantizar que sean jueces independientes y justos.
Porque sin justicia independiente no hay partido limpio. Sin árbitros confiables nadie quiere sumarse al juego. Podemos elegir nuevos jugadores, cambiar uniformes, llenar estadios y celebrar discursos, pero si el árbitro sigue comprado, si las reglas siguen torcidas y si la cancha sigue inclinada, el resultado será el mismo de siempre. Guatemala necesita ciudadanos que no solo se quejen del árbitro, sino que exijan reglas claras. Ciudadanos que entiendan que la democracia no se defiende desde la comodidad, sino desde la participación. Cada ciudadano enfrenta una decisión: verse como ajeno al juego o reconocer su poder ciudadano. Si eres de los que elige reconocer su poder, te invito a que esta semana le dediques tiempo a leer la Constitución y a continuar la reflexión que arrancó con esta columna.
¿Qué hemos aprendido? ¿Qué cambios necesitamos? ¿Cómo los provocamos? Te dejo estas tres preguntas. Es importante recordar que la Constitución no pertenece únicamente a los políticos o a los abogados. Pertenece también a los jóvenes, a los ciudadanos y a quienes todavía creen que Guatemala puede construirse de otra manera.