Aleph

El sabor de la igualdad

Hoy, las mujeres en Afganistán no pueden estudiar ni trabajar.

Si todas las mujeres accedieran, en todas las sociedades, a las mismas oportunidades y espacios que los hombres, si nacieran con los mismos derechos y posibilidades que ellos, me atrevería a decir que no se necesitaría luchar por la igualdad. Sin embargo, las mujeres hemos nacido en un mundo donde las leyes de Dios (Biblias) y de los hombres (Constituciones) han sido hechas por hombres, para regular el orden que hemos de seguir las mujeres, las niñas, los niños y demás seres vivos del planeta.

A las mujeres, el voto nos debería permitir no solo elegir, sino ejercer una ciudadanía plena.

En Guatemala, por ejemplo, apenas en 1945 fue reconocido el sufragio femenino en nuestra Constitución; inicialmente, de manera restringida porque solo las mujeres alfabetas podían votar. Casi 20 años después, el voto se amplió a todas las guatemaltecas. En Estados Unidos, la Decimonovena Enmienda reconoció el derecho al voto femenino a nivel federal en 1920. Hoy, un movimiento ultraconservador en aquel país busca impedir que las mujeres voten. El nacionalismo cristiano (un voto por hogar, con el marido tomando la decisión final), el manosphere y algunos círculos ultraconservadores son los que intentan regresar a una concepción patriarcal de la ciudadanía. Y forman una corriente que cuestiona toda igualdad política entre mujeres y hombres y revindica la división tradicional de roles.

Ya lo decía Simone de Beauvoir: “No olviden jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, deben permanecer vigilantes toda su vida”. Otra clara muestra de ello es el gobierno actual de los talibanes, en Afganistán. Ese país fue uno de los primeros en reconocer el voto femenino en 1919, y desde 1950 las mujeres podían ir a la universidad y trabajar. Esto se tradujo en millones de mujeres profesionales, ministras, juezas, profesoras, periodistas, parlamentarias, médicas y estudiantes.

En 2021, los talibanes regresaron al poder luego de que el presidente Ashraf Ghani huyera del país y concluyera la retirada estadounidense. Los talibanes habían ocupado antes el país (1996 a 2001), pero luego de su primera salida del poder, la Constitución de 2004 estableció de nuevo la igualdad entre hombres y mujeres y reservó para ellas un 27% de los escaños del Parlamento. En ambos periodos, los talibanes han restringido severamente los derechos de las mujeres, pero lo peor ha sucedido a partir del 2021. Hoy, las mujeres en Afganistán no pueden estudiar ni trabajar, no pueden salir de sus casas sin un hombre de su familia, han sido eliminadas de la vida política y prácticamente las han borrado de todos los espacios públicos, impidiéndoles usar su voz, sus saberes y su voto.

Sin las luchas sostenidas de los movimientos de mujeres, de las feministas y de varios hombres solidarios, muchas mujeres de hoy no podríamos firmar un contrato, tener una cuenta bancaria, entrar a una biblioteca, divorciarnos, estudiar, conducir, elegir cuándo y cómo vivir nuestra maternidad y nuestra sexualidad y, por supuesto, tampoco podríamos votar o ejercer un puesto público. Pero el sistema aún favorece, como dicen por allí, “que se odie a la prima feminista y no al tío violador”, aunque sepamos que más del 89% de las violaciones suceden en el entorno cercano de las mujeres (Osar). El hecho de que algunas hayamos tenido la posibilidad de saborear una casi-igualdad en nuestros hogares y nuestras vidas no quiere decir que no abramos los ojos a la realidad de millones de mujeres en el mundo que aún luchan, no por ser iguales a los hombres, sino por saborear en igualdad las oportunidades que ellos sí tienen y ellas no. La desesperanza no es una opción ante los nuevos fascismos y propuestas ultraconservadoras. A las mujeres el voto nos debería permitir no solo elegir, sino ejercer una ciudadanía plena y, a partir de allí, construir sociedades más justas.

ESCRITO POR:

Carolina Escobar Sarti

Doctora en Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad de Salamanca. Escritora, profesora universitaria, defensora de DDHH por la niñez, adolescencia y juventud, especialmente por las niñas