Aleph

El soberano

Ejercitamos cada cuatro años el voto, pero votamos pocos y los que votamos, la mayoría de las veces, no elegimos.

El artículo 141 de la Constitución Política de la República de Guatemala establece, de forma directa, que la soberanía radica en el pueblo. Dice, también, que el pueblo soberano delega su ejercicio en tres organismos del Estado: el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial. Para garantizar la independencia de poderes, está prohibida la subordinación entre estos tres organismos. Traducción: el presidente, los jueces y los diputados no son los amos del poder, son apenas los depositarios de un poder cuya fuente es el pueblo, que constituye la autoridad máxima que tiene un Estado al momento de tomar sus propias decisiones, crear sus leyes y administrar su territorio. Otra ficción que nos ha tocado vivir.

Si confiáramos más en nuestras autoridades y en nuestras instituciones, el soberano podría dedicarse más a ejercer su ciudadanía.

Pueblo soberano no quiere decir un pueblo que gobierna directamente todos los días, sino que tiene la autoridad política originaria y la ejerce mediante las elecciones y otros mecanismos de participación ciudadana. Pero en un país plagado de corrupción y net centers como Guatemala, con más del 70% de pobreza y un casi 13% de analfabetismo, el voto, como mecanismo de la democracia por excelencia, nunca cumple por sí mismo el propósito de expresar la voluntad del soberano.

Ejercitamos cada cuatro años el voto, pero votamos pocos y los que votamos, la mayoría de las veces, no elegimos. Solo descartamos lo que consideramos peor del cartón de lotería. De allí en adelante, poco o nada decide el soberano, que hasta puede ver a sus representantes en la cárcel o el exilio por no estar de acuerdo con la clase política de turno, como sucedió durante uno de los peores gobiernos que hemos tenido: el del Giammattei. Por cierto, ya se nos olvidó lo de la alfombra mágica, las vacunas, la corrupción descarada y centralizada, la justicia selectiva, entre mucho más, porque el soberano también olvida, no porque quiera, sino para no enloquecer.

Recientemente, un chico de 15 años, a quien conozco, le preguntó a ChatGPT cuándo podría ser Guatemala como Noruega, Suecia, Finlandia, Dinamarca u otros países desarrollados. La respuesta, según leímos, fue: “Si Guatemala continúa avanzando aproximadamente al ritmo de las últimas décadas, no alcanzaría ese nivel en este siglo. Pero con una transformación institucional y educativa profunda, podría acercarse considerablemente entre 2055 y 2080. El punto de partida: en 2025 el PIB per cápita de Guatemala, ajustado por poder adquisitivo, fue de unos US$15,200. Para comparar, Noruega ronda los US$111,500 en PPP”.

 Sin embargo, nos hicimos también la pregunta de ¿quién dice que Guatemala necesita ser uno de esos países y que el problema es solo el PIB o una cuestión de riqueza? Guatemala es un país reconocido por ser naturalmente bello y socialmente obsceno en términos de su corrupción y desigualdad. Aquí lo que necesitamos son instituciones sólidas, confianza social y capital humano, productividad, educación pública de alta calidad, salud, seguridad, justicia, menor desigualdad, infraestructura y un Estado capaz de prestar buenos servicios al soberano.

Si confiáramos más en nuestras autoridades y en nuestras instituciones, el soberano podría dedicarse más a ejercer su ciudadanía y a desarrollarse más plena e integralmente. Pero, por ahora, el soberano va desnudo. Nos han vendido la idea de que llevamos un traje invisible que hasta tiene corte constitucional y nos han dicho que solo algunos pueden verlo. En este caso, solo lo ven la clase política tradicional y el pacto de corruptos. No queremos admitir, como sociedad, que el soberano va desnudo, sin instituciones sólidas e independientes, ni representantes dignos. Habrá que escuchar más a las juventudes, a las voces necias de esta sociedad y a los pueblos originarios que, más de una vez, han expresado la verdad y han dicho: “El rey va desnudo”.

ESCRITO POR:

Carolina Escobar Sarti

Doctora en Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad de Salamanca. Escritora, profesora universitaria, defensora de DDHH por la niñez, adolescencia y juventud, especialmente por las niñas