De mis notas
El último mundial de Messi
Ni los comentaristas, ni su propio entrenador, ni la Fifa, nadie le dijo adiós a Messi en su último mundial.
Terminó la final del Mundial 2026. España se quedó con la copa; Argentina se quedó con la sensación de que algo más grande que un resultado se cerraba esa noche.
Esta crítica no es por banderas. Es por el futbol y el mejor futbolista de todos los tiempos.
Y, en el silencio que siguió, nadie dijo lo que todos sabíamos: que ahí, sacándose los botines por última vez en un mundial, se despedía el jugador que más le dio a este deporte en su historia reciente.
Ni el entrenador. Ni los comentaristas. Ni la organización que le deben media década de audiencia global. Nadie paró la maquinaria un segundo para decirlo en voz alta.
Y es que lo que hizo este jugador fue grande. Casi 20 años siendo el mejor del mundo —no el mejor de una temporada ni el mejor de una racha de buena suerte, sino el mejor récord sostenido, año tras año, con una regularidad que la propia crónica futbolera no siempre sabe cómo premiar—.
Se retira siendo el máximo goleador en la historia de los mundiales, con 21 goles, un récord que le arrebató a Miroslav Klose, otro grande a quien la historia siempre recordará. Ganó la única copa que le faltaba en Catar 2022, después de años en que el futbol pareció empeñado en negársela.
Y volvió, 10 años después de haber fallado aquel penal en el mismo estadio de Nueva Jersey y de haber renunciado a la selección con la voz quebrada, a jugar otra final ahí mismo.
Volvió al lugar exacto donde todo pareció romperse, y lo transformó en el escenario de su despedida como capitán del bicampeonato. Ni el mejor guionista de Hollywood se hubiera animado a escribir ese epílogo.
Y después está lo que hizo fuera de las canchas de los mundiales, que quizás sea lo más difícil de repetir: agarró un país entero que trataba al futbol como un deporte escolar y lo obligó a mirarlo con otros ojos.
No lo hizo con una campaña de marketing de la Fifa. Este hombrecito de cuerpo menudo, nacido en Rosario, decidió mudarse a Miami para ser un mejor padre de familia y para seguir haciendo magia con el balón, pero de otra forma.
De un día para el otro hubo estadios llenos en ciudades que nunca habían llenado un estadio por este deporte. Camisetas vendidas en lugares que hace tres años no sabían ni pronunciar su apellido. Jóvenes en Ohio aprendiendo a hacer un “caño” o túnel.
Un logro que, más que talento, es alguien a quien el juego le importa más que el trofeo o la bandera que le tocó. Esta expansión de la popularidad el futbol se ha convertido en el deporte de mayor crecimiento en los Estados Unidos.
Escribo esta reflexión para enfatizar lo que el futbol le debe a quien lo engrandeció más que nadie en su historia, y lo triste e incómodo que resulta comprobar que ese reconocimiento, tan obvio, tan merecido, simplemente no llegó cuando se subieron a la tarima y se repartieron medallas.
Un pequeño gesto del presidente de la Fifa, unos comentarios cariñosos de los periodistas habrían sido lo justo. La historia juzgará estos egos que piensan en millones y en las letras de sus nombres.
A pesar de que el futbol dejó ir a su jugador más importante de todos los tiempos sin mirarlo, su leyenda permanecerá para siempre.
¡Eres grande, Messi!