De mis notas
Fumando espero
Se mueren más por tabaco que por guerras.
“Fumando espero la muerte que no quiero” podría ser el eslogan del Día Mundial Sin Tabaco. Viene a mi memoria esa letra por el famoso cuplé que cantaba Sarita Montiel: “Fumando espero al hombre que yo quiero”.
“Fumando espero la muerte que no quiero”.
La primera oración está atiborrada de verdad. Esperemos la muerte mientras fumamos… Derechito al ataúd, sin pasar por home. Es decir, nuestro hogar, el que abandonaremos por haber sido incapaces de dejar el hábito.
Me acuerdo del día que lancé la última chenca por la ventana del automóvil. “Papi, fumar es malo”, exclamó mi hijo Stefan, de apenas 4 años, mientras me observaba encender un cigarrillo. “Sí, hijo, tienes toda la razón”, le contesté. Y en un arranque de iluminación, con cierto dejo de rabia por la insistencia del chamaco —no era la primera vez que me lo decía—, me invadió una ola de inspiración que hasta el día de hoy perdura.
¿Cuál es esa fuerza misteriosa que penetra el juicio, invade el corazón y motiva al alma a dejar un hábito tan penetrante e invasivo? ¿Por qué unos pueden dejarlo y otros no? ¿Será tan simple como decir “falta de fuerza de voluntad”? Yo opino que es simplemente “falta de voluntad”. O sea, no queremos dejarlo, pues.
Un vicio capaz de desestimar el consejo médico, desoír la vocecita interna y hasta enfrentar la muerte con tal de gozar un placer efímero y pasajero debe poseer una cualidad intrínseca infernal y diabólica. Es mi tesis.
Han pasado los años desde que escribí originalmente estas líneas y las cifras cambiaron. El problema, desgraciadamente, no. La Organización Mundial de la Salud calcula hoy que el tabaco mata a más de siete millones de personas cada año. Más de 1.6 millones ni siquiera fuman: mueren por enfermedades asociadas a la exposición al humo ajeno.
Y Don Tabaco se modernizó. Ahora también se viste de vapeador, cigarrillo electrónico y tabaco calentado. Cambió el humo por aerosol, agregó sabores, lucecitas y aparatos de diseño. Pero modernizar el envoltorio no convierte la nicotina en vitamina. Muchos vapeadores contienen nicotina, altamente adictiva, y sus aerosoles pueden contener sustancias tóxicas, metales y compuestos potencialmente cancerígenos. De sus efectos a muy largo plazo todavía queda mucho por conocer. Eso no significa que sean inofensivos.
El impacto económico tampoco es pequeño. Las estimaciones internacionales sitúan el costo mundial del tabaquismo, entre atención sanitaria y pérdida de productividad, en alrededor de US$1.4 billones anuales. Además, el tabaco enferma y mata a muchas personas durante sus años productivos, dejando detrás familias, gastos médicos y pérdida de ingresos.
No es una guerra o una revolución. No es hambre ni escasez de alimentos. Es el pinche tabaco llevándose prematuramente a millones de personas cada año. Y ahora encontró nuevas presentaciones para continuar haciendo el negocio.
Conozco a una persona cuya muerte la precipitó un enfisema infame que le robó la oportunidad de vivir algunos años más con sus hijos y nietos. Mi padre.
Y tengo queridos amigos que, aun mientras escribo esta columna, desoyen obstinadamente el consejo. Parecen seguir fascinados y en sintonía con aquel famoso cuplé: “Fumando espero la muerte que no quiero…”.