Meta humanos
Guatemala, la sociedad de las moscas
Fácil es tirar la basura en la calle. Difícil es soportar las inundaciones que luego provoca cuando tapa las alcantarillas.
La basura, que debería estar en una bolsa, en una línea de reciclaje y luego en un proceso de reducción que minimice su capacidad de ensuciar y contaminar, hoy invade calles, recorre cientos de kilómetros en los ríos, navega en lagos y, muchas veces, se acumula en los bosques, como si su hábitat natural fuera cualquier lugar excepto donde realmente debe estar.
La diferencia con otros grandes problemas de este país es que la basura no tiene un único rostro o un solo apellido. Tiene miles, millones.
Pero ¿por qué ocurre esto?, ¿quién lleva esa basura hasta allí? La respuesta más común que se escucha es: “A saber, uno siente que las calles ya están llenas de basura”. Lo curioso es que muchas veces esa frase se acompaña del gesto de alguien sacando sigilosamente una envoltura de dulce del bolsillo para tirarla al suelo.
La verdad es simple: los desechos sólidos no nacen de la nada ni brotan de la tierra como las plantas. Tienen responsables, y esos responsables somos todos.
La diferencia con otros grandes problemas de este país es que la basura no tiene un único rostro o un solo apellido. Tiene miles, millones. Está en los niños que al comer una galleta no han sido educados para guardar la envoltura en el bolsillo hasta encontrar un basurero. Está en los adultos que, sin pensarlo dos veces, bajan la ventana del vehículo o del bus para lanzar una botella plástica, un envase de comida o una colilla de cigarro. Está en los hogares donde todavía cuesta clasificar la basura y entender que separar los residuos es un acto de responsabilidad social.
Y sí, el rostro más visible también es el de las autoridades. Aquellos a quienes les corresponde generar orden y normativas, pero que prefieren postergar porque “implica un costo político” o un riesgo de impopularidad. Como si a alguien realmente le gustara vivir rodeado de basura y moscas, como si educar en la clasificación de desechos fuera un lujo o un capricho.
La sociedad de las moscas tiene su lógica. Fácil es tirar la basura en la calle. Difícil es soportar las inundaciones que luego provoca cuando tapa las alcantarillas. Simple es cerrar la ventana del carro para no ver los basureros clandestinos. Difícil es explicarles a los niños por qué el mundo está como está y por qué, en lugar de mejorar, lo estamos destruyendo. Sencillo es decir “nadie va a cambiar”. Difícil es asumir que no habrá país distinto si nosotros no cambiamos primero.
Podríamos esperar a que exista una normativa nacional de clasificación de desechos, como ya ocurre en muchos países de la región. Pero incluso sin esa ley, podemos empezar en nuestros hogares. Separar plásticos, cartón, vidrio y orgánicos no requiere más que voluntad. Es un acto pequeño, pero multiplicado por miles de familias se convierte en un paso gigantesco para dejar de ser la sociedad de las moscas.
La ausencia de una regulación efectiva para la separación de residuos permite que papel, cartón o metales, que podrían reciclarse, se mezclen con materia orgánica en descomposición, volviéndose irrecuperables.
Por último, conviene recordarlo: la responsabilidad es compartida, las autoridades tienen la obligación de legislar, de implementar políticas públicas efectivas y de garantizar que existan sistemas de gestión de residuos. Pero nosotros, como ciudadanos, tenemos la obligación de exigirlo, cumplirlo y practicarlo.
La sociedad de las moscas la hacemos nosotros, con cada bolsa mal dispuesta, con cada colilla tirada en la calle, con cada indiferencia frente al basurero clandestino. Y es que nosotros podemos decidir transformar nuestra sociedad como un basurero permanente o en una sociedad de la conciencia, del respeto y de la dignidad ambiental.