Con otra mirada
La estupidez, más peligrosa que la maldad
El malvado actúa solo, necesita esconderse, mentir.
Dietrich Bonhoeffer, pastor, teólogo y uno de los pocos líderes religiosos alemanes que se opuso abiertamente a Hitler, desde el principio escribió: “La estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad”.
Divagación de pensamientos que resultan ejemplares para Guatemala, de cara a las elecciones de 2027.
Conspiró para asesinarlo, fue arrestado, encerrado en un campo de concentración y ejecutado en abril de 1945, tres semanas antes de la terminara la II Guerra Mundial. Tenía 39 años.
Pero lo que escribió en esa celda sigue siendo lo más lúcido que se ha dicho sobre por qué el mundo funciona como funciona. Lo escribió en 1943, desde la prisión de Tegel, viendo algo que lo perturbaba más que la crueldad de los guardias. Veía cómo Alemania entera: médicos, profesores, pastores, gente educada, gente religiosa, gente que había ido a la universidad y leído libros y criado hijos, había aplaudido a Hitler.
Y la pregunta que lo obsesionaba no era ¿cómo fue posible el mal? Era ¿cómo fue posible que gente buena lo aplaudiera? Esa distinción lo cambia todo.
Enunció: contra la maldad puedes luchar, denunciarla, resistirla, encerrarla; tiene una lógica: quiere algo, y porque quiere algo, puedes anticiparla. Pero contra la estupidez no tienes defensa; porque la persona estúpida, y aquí viene lo importante, no es alguien con poca inteligencia, es alguien que ha renunciado a usar su propio juicio, alguien que ha entregado su capacidad de pensar a un líder, a una ideología; y una vez que eso ocurre, no puedes convencerla con hechos o apelar a su razón, porque ya no tiene razón propia; tiene la razón de otro.
Bonhoeffer no estaba hablando de personas ignorantes. Decía que la estupidez ocurre más en personas que acaban de adquirir poder social o que pertenecen a grupos con mucho poder colectivo: cuanto más poderoso es el grupo, más fácil es dejar de pensar por sí mismo, porque el grupo da identidad, seguridad, respuestas y, pensar por tu cuenta, de repente tiene un coste que antes no tenía: el rechazo de los tuyos.
El malvado actúa solo, necesita esconderse, mentir, tiene límites; pero el estúpido es instrumento de otros y, lo peor, no sabe que lo es. Se siente convencido, ser parte de algo grande, estar del lado correcto.
No fueron monstruos quienes destruyeron Alemania. Fueron millones de personas normales que entregaron su criterio a un movimiento y dejaron de hacerse preguntas; no eran malvados, eran algo peor: eran obedientes sin pensamiento propio. Personas que dejaron de pensar por sí mismas, ¡y no lo saben, ese es el problema! El estúpido nunca se reconoce; se siente informado, más listo que los demás y eso lo hace imposible de alcanzar.
En su opinión, la estupidez no se cura con educación, información o mejores argumentos, porque el problema no es que la persona no sepa; el problema es que prefirió dejar de pensar solo, a pensar acompañado, pero sin pensar; decidió, consciente o inconscientemente, que la aprobación de su grupo vale más que su propio criterio, y eso solo se cura desde dentro, con un acto de coraje, no de inteligencia.
Bonhoeffer escribió para que alguien, algún día, entendiera qué había pasado. Y lo que pasó no fue que un monstruo tomó el poder; lo que pasó fue que millones de personas decidieron que pensar por sí mismas era demasiado incómodo. *
Lucubraciones de un pastor alemán en 1943, viendo cómo el mal tomó el poder en su país, con los resultados harto conocidos para la humanidad. Divagación de pensamientos que resultan ejemplares para Guatemala, de cara a las elecciones de 2027, en las que prevalecerá un alto grado de conciencia cívica, fortalecido por movimientos ciudadanos.
*Tomado de Julia Aumüller / artista visual en Instagram