Estado, empresa y sociedad

La IA surgió para quedarse

Nuestro reto no es frenar la innovación, sino orientarla con responsabilidad.

Durante el presente año se han exacerbado denuncias y predicciones catastróficas sobre la proliferación desbocada de la Inteligencia Artificial (IA), que avanza vertiginosamente a pasos agigantados en su desarrollo e incorporación a virtualmente todas las actividades y facetas de la vida humana, no solo como una eficaz herramienta que facilita, potencia e impulsa la capacidad de máquinas y personas, sino como un riesgo latente por la dependencia e, incluso, transformación destructiva de nuestra civilización, si llega a salirse de control.

“Debemos asegurar que la IA siempre esté gobernada, supervisada y al servicio de los seres humanos, y no al revés”.

En marzo de este año defendí una tesis doctoral sobre la IA aplicada a la dirección y gestión de recursos humanos, con un enfoque ético y transformacional, siendo una de sus conclusiones que “debemos asegurar que la Inteligencia Artificial siempre esté gobernada, supervisada y al servicio de los seres humanos, y no al revés”.

La IA puede ampliar nuestras capacidades, mejorar decisiones y transformar positivamente a la sociedad; sin embargo, su avance debe estar acompañado de leyes, principios éticos y controles claros, oportunos y efectivos. Sus decisiones, especialmente cuando afectan la vida, los derechos o las oportunidades de las personas, deben poder explicarse, revisarse, corregirse y, cuando sea necesario, detenerse; pero la supervisión humana no puede ser simbólica. Quien vigila estos sistemas necesita autoridad, información y conocimientos suficientes para cuestionarlos.

Aprobar automáticamente sin mayor razonamiento crítico lo que una máquina recomienda no es ejercer control: es renunciar a él. Y allí nace una ciega y peligrosa dependencia. La tecnología debe servir al bienestar de las personas, respetando siempre su dignidad, sus derechos y su autonomía. La IA puede apoyarnos y potenciar nuestro trabajo, pero la responsabilidad moral, jurídica y social debe permanecer en manos humanas.

En mayo recién pasado, el Papa León XIV, en el 135 aniversario de la Rerum Novarum, emitió la encíclica Magnifica Humanitas, centrada en la gobernanza responsable de la tecnología mediante un llamado a proteger la dignidad humana frente a los desafíos éticos, sociales, culturales y espirituales que plantea la IA, que por su propio desarrollo tiende a reforzar un poder digital concentrado que puede llegar a influir en la libertad, la democracia, la comunicación y el trabajo humano, por lo que recomienda que estas tecnologías estén encaminadas por la ética, la justicia social, la libertad y el humanismo cristiano.

Nuestro reto no es frenar la innovación, sino orientarla con responsabilidad. El futuro de la IA debe construirse con las personas, para las personas y bajo control de las personas, de manera que la IA sea diseñada, gobernada y supervisada de manera responsable y contribuya eficazmente al bienestar del ser humano, respetando siempre su dignidad, sus derechos y su autonomía.

Aunque sabemos que la punta de lanza en el desarrollo más avanzado de la IA se la disputan los Estados Unidos de América y la China, son precisamente estos países hegemónicos quienes deben ejercer su influencia para asegurar la gobernanza ética y mesurada de su desarrollo, fijando desde ahora mismo los límites y salvaguardas internacionales y nacionales para asegurar que nunca lleguen a convertirse en realidad las apocalípticas profecías que están pronosticando algunos expertos.

Al mismo tiempo, la correcta y oportuna utilización de la IA en nuestro país es indispensable para asegurar la capacidad y competitividad de las personas, escuelas, universidades, empresas, organizaciones, e instituciones de Gobierno.

ESCRITO POR:

José Alejandro Arévalo

Profesional, especialista en banca y finanzas. Profesor universitario. Consultor independiente.