De mis notas
Narcopolítica y Washington
Una cosa es sobornar al poder; otra, formar parte de él.
Hay amenazas a las cuales no hay que darles muchas vueltas. Rodrigo Arenas, presidente editor de República, denunció un plan para asesinarlo después de la cobertura que su medio ha venido haciendo sobre la penetración del narcotráfico en la política guatemalteca. Nuestra solidaridad con Rodrigo Arenas.
El narcopolítico procura instalarse dentro del poder, con traje, corbata y credencial.
Prensa Libre ha sufrido en carne propia. Isidoro Zarco, uno de sus fundadores, fue abatido a balazos; Pedro Julio García y Álvaro Contreras Vélez, también fundadores, fueron secuestrados. Otros medios también pagaron: Alejandro Córdova, fundador y director de El Imparcial, fue asesinado en 1944, y Jorge Carpio Nicolle, director de El Gráfico, corrió la misma suerte décadas después. Cambian las épocas y los verdugos, mas no el propósito: meter miedo y hacer que el próximo periodista piense dos veces antes de publicar.
Hoy la amenaza es la misma con otro ropaje. Ya sabemos cómo se llama: narcopolítica. No hablamos de algo que podría suceder en 2027. Ya ocurrió. Prensa Libre advirtió ayer sobre candidatos ligados al narcotráfico y recordó casos que dejaron de ser simples señalamientos: excandidatos presidenciales y exdiputados condenados en Estados Unidos por narcotráfico. Hoy mismo hay señalamientos sobre diputados, alcaldes y candidatos. La penetración está vivita, coleando y creciendo. Y eso, en Guatemala, ya dejó de ser una sospecha.
El narco ha aprendido a comprar policías, funcionarios y políticos; esa lección la sabe de memoria. Ahora quiere algo más práctico: convertirse en político, con oficina propia, presupuesto, influencia y hasta escolta oficial.
El criminal tradicional busca corromper al Estado. El narcopolítico procura instalarse dentro de él, con traje, corbata y maletín. Desde una alcaldía o una diputación se puede influir, proteger rutas, mover contratos, colocar gente, frenar investigaciones y construir redes. Una cosa es sobornar al poder; otra, formar parte de él.
Importa lo que están viendo en Wa-
shington. Parecen haber entendido que perseguir cargamentos, capos y sicarios sirve de poco si las estructuras que los protegen permanecen intactas. La embajada habló de cero tolerancia con los narcotraficantes y con quienes les dan cobertura política. Eso altera el cálculo de quienes creían que una curul, una alcaldía, un partido o una candidatura ofrecían protección. Ahora Washington mira también a quienes hacen posible el negocio desde la política.
La penetración del narcotráfico no comienza en 2027. Lo que viene es la lucha de esas estructuras por conservar el poder que ya tienen y ocupar nuevos y mayores espacios. Ahí está el riesgo de las próximas elecciones: ampliar su presencia aprovechando partidos débiles, controles insuficientes y electores cansados que votan por cualquier politiquero que prometa arreglarlo todo, a lo Santa Claus.
Mientras algunos se pierden en discusiones bizantinas, las estructuras criminales no pierden tiempo: financian, pactan, presionan, amenazan y avanzan. Y mientras nosotros discutimos definiciones, ellos construyen poder real, territorial y político. Creer que aquí tenemos un sistema electoral plenamente democrático, transparente y funcional es una crasa ingenuidad.
Y por eso la prensa estorba en ese negocio. Sigue el dinero, descubre nombres, hace preguntas y publica. Amenazar o eliminar periodistas manda un mensaje para todos los demás: mejor callarse. Por eso, defender a Rodrigo Arenas, o a cualquier otro periodista perseguido, es defender el derecho de los guatemaltecos a saber quién está detrás de quienes pretenden gobernarnos.
Washington ya entendió que el problema está dentro. Sería conveniente que “ todos” nosotros también. Y convendría hacerlo antes de volver a las urnas.