Criterio urbano
Necesitamos sistemas que incentiven más gerentes en lo público
Se requieren personas que hagan que las cosas pasen.
Cada vez que nombran a alguien en un cargo público en Guatemala, salta la misma pregunta: ¿sabe del tema que va a manejar o no? Es una duda válida; nadie va a decir que el conocimiento no importa, pero casi siempre se nos olvida algo que pesa todavía más: si esa persona sabe o no dirigir.
Los recursos y el conocimiento solo valen cuando alguien los ordena hacia un mismo propósito.
Pero nuestro sistema de servicio civil ¿realmente incentiva a que los mejores gerentes ingresen en lo público? Algunas de las últimas leyes aprobadas y de las que están en el Congreso han creado instituciones descentralizadas o desconcentradas, que precisamente buscan eso, pero ¿cómo logramos una reforma al servicio civil y a la ley del Organismo Ejecutivo que promueva mejores gerentes en las instituciones públicas?
Y es que estar al frente de una institución, ya sea como ministro o director es mucho más que dominar una materia. Es poner orden en las prioridades, armar un buen equipo, administrar bien los recursos, decidir a tiempo, lidiar con gente que no se pone de acuerdo y no perder de vista lo único que importa: que las cosas les lleguen a las personas. Para la parte técnica ya están los viceministros, los subdirectores y los asesores. Lo que se le pide al que manda es que convierta todo ese conocimiento en resultados de verdad. Dicho fácil: que gerencie.
Mucho escuchamos que la inversión pública en Guatemala es apenas 1.6% del PIB, lo cual nos lleva a pensar que tal vez no estamos incentivando que los mejores gerentes lleguen a las instituciones públicas.
¿Y por qué pasa esto? No hay misterio. Se repite todos los años: trámites que no avanzan, instituciones que no se hablan entre sí, proyectos mal formulados y dinero que se queda sin usar. Nada de eso se arregla metiendo a otro experto en el tema. Se arregla con buena gestión, con alguien capaz de juntar los procesos, los sistemas y la gente para empujar a todos hacia el mismo objetivo. Cada punto de inversión que no se ejecuta es una carretera que no se hizo, una escuela sin equipar, un servicio que nunca llegó.
Por suerte, el perfil del que dirige está cambiando justo en esa línea. Hoy no basta con saber de dónde viene, se espera que lidere, que tenga visión, que vaya tras resultados y, sobre todo, que sepa rodearse de gente buena. Nadie se las sabe todas en una organización grande. La gracia está en saber detectar el talento, darle espacio para que rinda y armar un ambiente donde la meta sea cumplir, no quedar bien en el papel.
Y hay algo más que nunca debería perderse: que el ciudadano es el centro de todo. Cuando una institución se olvida de a quién sirve, el trámite se vuelve más importante que el resultado y la burocracia se come el propósito. Detrás de cada papel, cada política y cada obra hay personas esperando una respuesta. Hay niños esperando educación, personas esperando salud y comunidades enteras esperando más conectividad.
Que quede claro: nada de esto significa que la parte técnica no importa. Al contrario. La carrera administrativa, los buenos sistemas y la gente capacitada son la base para que el Estado funcione año tras año. Pero una institución sólida por dentro también necesita un timón. Los recursos y el conocimiento solo valen cuando alguien los ordena hacia un mismo propósito.
Para Guatemala esto pesa, y mucho. El grado de inversión que perseguimos, la certeza jurídica que pide quien invierte y las obras grandes que el país necesita dependen menos del sector del que venga cada funcionario y más de cómo gestione. La diferencia entre una institución que avanza y una que se queda atrás casi nunca está en el título del que la dirige. Está en cómo la gerencia.