Civitas

Otra vuelta al reloj

El gobierno que prometía el futuro terminó ejecutando los planos del pasado.

¿Por qué cada gobierno que llega jurando ser distinto termina pareciéndose tanto al que acaba de irse? Cada cuatro años los partidos políticos presentan un plan de gobierno, lo presentan en foros con luces y aplausos, lo resumen en lemas que caben en una valla o que puedan decir en un video de 15 segundos en alguna red social. Después llega la toma de posesión y ese documento se va a dormir a alguna gaveta de la casa presidencial, junto a los planes de todos los que vinieron antes.


Guatemala parece vivir con un reloj que da vueltas sobre sí mismo. Cada elección nos regresa a la misma fecha, con la misma esperanza en enero y el mismo desencanto antes de llegar a la mitad del período. Cambian los rostros, los colores y los eslóganes, mientras los pasillos del poder conservan intactas las excusas, como si fueran parte del inventario que un gobierno le entrega al siguiente junto con las llaves y el mobiliario.


El gobierno de Arévalo llegó presentándose como la ruptura con ese ciclo. Su plan, “Por un país para vivir”, contenía 92 compromisos literales y la promesa de que esta vez la historia tendría otro final. Puesto frente a lo ejecutado, el avance real apenas alcanza el 21.8%. Solo una promesa puede darse por cumplida, 34 nunca arrancaron y las otras 55 viven entre el anuncio y la obra a medias.


Donde más se nota el reloj es en infraestructura. El gobierno de Semilla-Raíces ofrecía 500 kilómetros de carreteras primarias, 1,820 de secundarias, 1,500 de caminos rurales y hasta la primera fase de un metro subterráneo. Sin embargo, la Dirección General de Caminos pasó 2024 y 2025 sin adjudicar una sola obra nueva, y los proyectos incluidos en 2026 salieron de los escritorios del gobierno anterior. El gobierno que prometía el futuro terminó ejecutando los planos del pasado.

Romper ese círculo exige tratar el plan de gobierno como un compromiso público que se mide.


En educación se prometieron ocho institutos regionales de excelencia, con becas de Q3,600 mensuales. En agosto de 2026 todavía no había uno solo en pie. Lo único publicado en Guatecompras son unas prebases para seis institutos más pequeños, en su mayoría lejos de los municipios ofrecidos, y de las becas nadie sabe nada. La meta de bajar 10% la desnutrición crónica sigue sin un estudio independiente que demuestre algún avance, y al 5 de septiembre de este año el Ministerio de Salud reportó 15 mil casos de desnutrición aguda en menores de 5 años.


Lo más caro del incumplimiento rara vez se ve reflejado en una auditoría. Cada promesa que se queda en papel la paga el ciudadano, porque el presupuesto crece año con año mientras la carretera, el aula o el centro de salud siguen esperando. La culpa siempre es del Congreso, del gobierno anterior o de la falta de tiempo, excusas que cada funcionario repite con la convicción de quien las acaba de inventar, y la cuenta regresiva hacia la siguiente elección arranca antes de que el plan salga de la gaveta.


Romper ese círculo exige tratar el plan de gobierno como un compromiso público que se mide. Cada promesa necesita una meta verificable, un responsable y un plazo, y cada candidato que pida el voto en 2027 debería explicar con datos qué hará, cómo y cuánto costará. Contrastar lo dicho con lo hecho devuelve valor a la palabra de quien gobierna y recuerda el principio más sencillo de una República, el poder rinde cuentas a quienes se lo prestan.


¿Será que el poder transforma a todos los que llegan o será que todos llegan sabiendo que nadie les cobrará lo prometido? Mientras esa respuesta siga pendiente, el reloj continuará dando vueltas y en enero de 2028 volveremos a estrenar una esperanza con fecha de vencimiento.

ESCRITO POR:

Pablo Escobar Guerra

Abogado y notario egresado de la Universidad de San Carlos de Guatemala, locutor y actualmente coordinador de Participación Ciudadana del Movimiento Cívico Nacional