Aleph
Pensar, ¿un bien en extinción?
En Guatemala, seguimos pensando en los próximos títeres que ocuparán las sillas más altas de nuestro narcoestado.
Estamos viendo un mundo morir y otro surgir. No estamos siendo únicamente testigos del salto civilizatorio, sino sujetos situados en la intersección de todas las circunstancias que nos plantea este cambio de era. Incluso un nuevo mapa del mundo, mucho más realista y fiel al tamaño de los países y continentes, ha sido recientemente aprobado y adoptado, con 164 votos a favor, por la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Aprender a pensar es una competencia transversal para la vida, y acá hace mucha falta.
Frente a este escenario tan complejo, ¿alcanzan los viejos modelos políticos, educativos, militares, económicos y sociales para darle respuesta a una humanidad que siente la velocidad de los cambios? En Guatemala, seguimos pensando en los próximos títeres que ocuparán las sillas más altas de nuestro narcoestado, mientras el país vuelve a quedar en el último lugar de América Latina y uno de los últimos del mundo en las pruebas del programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos (Pisa) de la Ocde. Estas pruebas miden la aplicación de los conocimientos a la vida real, para resolver los problemas de un entorno tan incierto y cambiante como el actual. Hay muchos responsables por esto y, si bien no fuimos el único país que bajó sus números, estamos en el vagón de la cola.
¿Nuestro modelo educativo actual favorece el pensamiento crítico, creativo, sistémico, analítico, reflexivo y ético? No. Definitivamente no. Además, aún tenemos casi un 13% de analfabetismo real en el país, sin contar el analfabetismo formal de los que saben leer y escribir pero no entienden nada. Aprender a pensar es una competencia transversal para la vida, y acá hace mucha falta. ¿Cómo enfrentaremos la inteligencia artificial sin inteligencia real? ¿O es que tenemos que comenzar a cambiar los instrumentos de medición? ¿Cómo elegimos a nuestros gobernantes si las reglas del juego han cambiado y no tenemos la capacidad de pensar orgánicamente frente a la maquinaria de un internet que sabe exactamente cómo mover el voto de cada persona y que nos conecta, uno a uno, con los deseos de quien tiene más poder para hacerse elegir?
El modelo Ocean, por ejemplo, fue diseñado para describir la personalidad a través de cinco grandes dimensiones. Usando ese modelo, a partir de 68 likes que demos en cualquier red, pueden conocernos mejor que nuestra propia familia, nuestros amigos y nuestra pareja. ¿Un algoritmo puede conocernos mucho mejor que, incluso, nosotros mismos? Eso lo descubrieron los partidos políticos desde el 2010, cuando se dieron cuenta de que el internet los conectaría más “personalmente” con cada potencial votante.
En las elecciones de Estados Unidos 2018 funcionó muy bien. Compañías expertas en identificar lo que la gente piensa, sobre todo lo que piensan los votantes indecisos, entran en juego. ¿Y si la gente ya no piensa? ¿Quién vota, quién elige, de qué democracia hablamos, qué sociedades construimos si el pensamiento está en extinción? ¿La educación sirve, entonces, para la vida y la mejora real de una sociedad? La capacidad de entrar a toda una sociedad y moverla según la decisión de unos pocos, ahora funciona con nuestra colaboración, casi sin que nos demos cuenta. Analizar población, encontrar sus puntos débiles y entrar por allí a través de las redes sociales ya no precisa políticos entrando en caballo a las comunidades. Estas empresas llegan a millones de personas para influir no solo las elecciones más importantes del mundo, sino todas. Entienden todo de cada persona y envían eslóganes y mensajes individuales. Cambian las reglas del juego, porque una campaña política diseñada así, le habla a la emocionalidad de una persona. Frente a esto, ¿nos dejamos llevar o nos atrevemos a pensar?