Civitas

¿Qué elijo creer?

No hace falta creer del todo un mensaje para empezar a repetirlo, basta con que todos a nuestro alrededor lo estén repitiendo también, y entonces la repetición se disfraza de verdad colectiva.

Hoy es la final de la Copa del Mundo, y desde hace varios días circulan señalamientos polémicos que ya se dan por hechos. “A Argentina le van a regalar la copa”, dicen unos. “El árbitro ya está comprado”, aseguran otros. “Le tocaron equipos fáciles”, sentencian otros. Nadie ha mostrado una sola prueba concreta, pero la conclusión ya se repite como si fuera un hecho consumado.


Lo curioso es que los números sí están disponibles para cualquiera que quiera revisarlos. Messi tiene 39 años y atraviesa la mejor versión de sí mismo en un mundial, 8 goles en este torneo, 21 goles acumulados en su historial mundialista que lo convierten en el máximo goleador de la competencia, y 12 asistencias que lo hacen también el máximo asistidor histórico. Ningún favor arbitral explica esa hoja de vida. Pero esa opinión sobre el favoritismo casi nunca nace de revisar esos números, nace de un video de quince segundos que llegó tres veces esta semana, con un tono de indignación que sonaba a certeza.


Ese comportamiento tiene nombre y lleva décadas de estudio dentro de la psicología cognitiva. El primer mecanismo es el sesgo de confirmación, esa tendencia estructural del cerebro a procesar con más facilidad la información que confirma una creencia previa, y a exigirle mucho más rigor a la que la contradice, casi como si aplicáramos dos varas distintas sin darnos cuenta. El segundo es la heurística de disponibilidad, un atajo mental que usamos para no tener que evaluar cada dato desde cero, entre más accesible y repetida está una idea en la memoria, más probable la juzgamos, sin que eso tenga ninguna relación con qué tan verificada esté. El tercero es el efecto de mera exposición, un hallazgo clásico de la psicología social, según el cual la exposición repetida a un mismo estímulo, sin ningún argumento adicional, basta para generar una actitud más favorable hacia él, el cerebro confunde familiaridad con veracidad. Y el cuarto es la conformidad social, ese ajuste de creencias y comportamientos hacia la norma percibida de un grupo de referencia, que ocurre incluso cuando la persona sabe, en el fondo, que la evidencia no respalda del todo esa postura, porque el costo social de disentir pesa más que el costo cognitivo de estar equivocado.

Detenerse a verificar lo que creemos es, hoy, un ejercicio ciudadano urgente.


En Guatemala, estos mismos mecanismos no se quedan en el fútbol, se trasladan directo a la coyuntura política. No hace falta creer del todo un mensaje para empezar a repetirlo, basta con que todos a nuestro alrededor lo estén repitiendo también, y entonces la repetición se disfraza de verdad colectiva. El bando que logra instalar mejor su narrativa termina ganando la conversación pública, más allá de qué tan sólidos sean sus argumentos, porque gana adeptos para su causa, sea cual sea, simplemente por ocupar más espacio en la cabeza de la gente.


Ese mecanismo no distingue ideologías, cualquier bando puede usarlo, y cualquier ciudadano puede caer en él sin darse cuenta. La pregunta incómoda depende de qué tanto de lo que defiendes realmente lo pensaste, y qué tanto simplemente lo escuchaste tantas veces que dejó de sentirse ajeno.


La salida tampoco requiere convertirse en experto en nada, basta con una pausa antes de compartir, repetir un mensaje o hacer un señalamiento, preguntarse si de verdad lo creemos, si alguna vez lo verificamos, o si solo lo repetimos porque todos lo hacen. Repetir consignas prestadas puede sentirse inofensivo, pero un país entero tomando decisiones sobre esa base termina decidiendo con los mensajes de otros, no con criterio propio.

ESCRITO POR:

Pablo Escobar Guerra

Abogado y notario egresado de la Universidad de San Carlos de Guatemala, locutor y actualmente coordinador de Participación Ciudadana del Movimiento Cívico Nacional